7. El pasillo
El eco del último timbre de la tarde resonó en las paredes de hormigón del instituto, transformando el bullicio de los pasillos en una marea apresurada de estudiantes que ansiaban llegar a casa.
Las puertas de las aulas se abrieron casi al mismo tiempo. Los alumnos salieron hablando a gritos, riéndose y empujándose mientras recogían sus mochilas y buscaban a sus amigos. Algunos ya planeaban qué hacer durante la tarde; otros se quejaban de los deberes o de los exámenes de la semana siguiente.
Para la mayoría, era el final de una jornada rutinaria.
Para Manoplas, era el momento crítico de la supervivencia diaria.
Consciente de que los minutos posteriores al cierre de clases eran los más peligrosos, esperó deliberadamente en su asiento hasta que el aula quedó casi vacía. No quería coincidir con los grupos que acostumbraban a reunirse cerca de las escaleras, y mucho menos cruzarse con Lolo y sus amigos.
Guardó sus cuadernos con cuidado, cerró la mochila y se aseguró de que las mangas de la sudadera cubrieran sus manos. Después permaneció sentado unos segundos más, escuchando cómo las voces se alejaban por el pasillo.
Cuando consideró que era el momento adecuado, se levantó.
Salió del aula con pasos discretos y comenzó a caminar hacia la salida principal.
Su plan era sencillo: atravesar el corredor, bajar las escaleras y llegar a la calle antes de que alguien pudiera detenerlo.
Lo había hecho otras veces.
A veces funcionaba.
Sin embargo, el destino en aquel instituto rara vez jugaba a favor de los omegas.
Apenas había recorrido la mitad del largo corredor cuando escuchó unas zapatillas arrastrándose por el suelo y varias risas amortiguadas a sus espaldas.
Se quedó inmóvil.
No necesitó girarse para saber quiénes eran.
Reconocía aquellas voces demasiado bien.
El corazón le dio un vuelco violento en el pecho. Sus instintos le exigían girar sobre sus talones, buscar una escalera secundaria o esconderse en los baños, pero ya era demasiado tarde.
—Miren nada más quién sigue aquí intentando escabullirse como una rata.
La voz de Lolo cortó el pasillo con una precisión quirúrgica.
Manoplas tragó saliva y aceleró el paso. Se obligó a mirar al frente, fijando los ojos en las dobles puertas de cristal del fondo, que reflejaban la luz anaranjada del atardecer.
Solo tenía que llegar hasta allí.
Unos cuantos metros más.
No quería problemas. No quería discutir. Ni siquiera quería que Lolo se fijara en él.
Solo quería volver a casa.
Pero el alfa no tenía la menor intención de dejarlo marchar tan fácilmente.
Con un par de zancadas largas, Lolo acortó la distancia que los separaba. No necesitó correr; su sola presencia bastaba para que los alumnos que todavía quedaban en el corredor se apartaran discretamente.
—Te dije que caminabas muy lento, torpe.
Manoplas frenó en seco.
Lolo había aparecido frente a él, bloqueándole por completo el camino hacia la salida. Tenía las manos metidas en los bolsillos y una sonrisa de suficiencia dibujada en el rostro.
—Perdona... —murmuró Manoplas, intentando apartarse.
—¿Perdona qué?
El omega no contestó.
Intentó moverse hacia la izquierda, pero Lolo se deslizó en la misma dirección. Probó hacia la derecha y recibió exactamente la misma respuesta.
El alfa estaba jugando con él.
—¿Qué pasa? ¿No sabes por dónde se sale?
Desde atrás llegaron las risas de Iván y Marcos.
—Quizá necesita un mapa —comentó uno de ellos.
—O que alguien lo lleve de la mano —añadió el otro.
Lolo soltó una carcajada.
—No seáis malos. A lo mejor está esperando a que venga alguien a rescatarlo.
Manoplas apretó las correas de su mochila.
—Tengo que irme...
—¿Ah, sí?
—Sí. Por favor, déjame pasar.
La expresión de Lolo cambió apenas un instante. No porque sintiera compasión, sino porque había encontrado otra oportunidad para divertirse.
—¿Me estás dando órdenes?
—No... Yo solo...
—Pues no lo parece.
Lolo dio un paso hacia delante y Manoplas retrocedió hasta chocar con la hilera de casilleros. El metal frío le presionó la espalda a través de la sudadera.
El aroma del alfa, intenso y dominante, invadió el pequeño espacio entre ambos. Manoplas contuvo la respiración, intentando controlar la reacción involuntaria que le provocaba aquella cercanía.
—¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó Lolo—. ¿Es que mamá te espera con la leche caliente?
Sus amigos estallaron en carcajadas.
—¡Déjalo, Lolo! Que se le enfría la merienda —dijo Iván.
Manoplas sintió que las mejillas le ardían.
No sabía qué contestar. Cada palabra que se le ocurría parecía demasiado débil, demasiado fácil de convertir en otra burla.
Bajó la mirada y se concentró en una pequeña grieta del suelo.
—Mírame cuando te hablo —ordenó Lolo.
El omega no se movió.
—¿No me has oído?
Manoplas levantó los ojos lentamente.
Lolo sonrió, satisfecho de haber conseguido incluso eso.
—Mucho mejor. ¿Ves? Tampoco es tan difícil.
Uno de los alumnos que pasaba por el extremo del corredor miró la escena. Durante un momento pareció dudar, pero cuando Lolo giró la cabeza hacia él, continuó caminando sin decir nada.
Manoplas lo vio marcharse.
Aquella pequeña esperanza desapareció tan rápido como había aparecido.
—Bueno, ¿qué hacemos con él? —preguntó Marcos.
—Dejadme pensar —respondió Lolo, fingiendo estar considerando algo importante.
Manoplas sintió que el estómago se le encogía.
No quería saber qué se le había ocurrido.
—Podríamos dejarlo aquí hasta que cierren el instituto —propuso Iván.
—No sería mala idea.
Los tres volvieron a reír.
Manoplas apretó los puños dentro de los bolsillos hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. El miedo seguía paralizándolo, pero empezaba a mezclarse con una sensación distinta.