El último pacto

8- El despertar bajo la tormenta

8. El olor de la lluvia

La tarde había cambiado en cuestión de minutos. El cielo, que poco antes conservaba un azul pálido y tranquilo, se había derrumbado bajo un manto espeso de nubes grises. Parecía que alguien hubiera extendido una enorme sábana de plomo sobre el instituto, apagando poco a poco la luz del día.

El viento del norte comenzó a soplar con fuerza, sacudiendo las ramas desnudas de los árboles del patio y arrastrando por el suelo algunas hojas secas. Las primeras gotas, pesadas y frías, empezaron a golpear contra los cristales con un repiqueteo irregular. Al principio fueron unas pocas, pero enseguida se convirtieron en una cortina de agua que borró los edificios del otro lado de la calle.

Noviembre había llegado para quedarse.

Para cuando sonó el timbre de la salida, la tormenta ya se había desatado con furia. Los estudiantes abandonaron las aulas entre conversaciones, risas y empujones. En el vestíbulo se formó el caos habitual: paraguas que se abrían a trompicones, mochilas apretadas contra el pecho y alumnos que corrían hacia la puerta intentando evitar el agua.

Manoplas caminaba despacio entre todos ellos, procurando no llamar la atención. Llevaba la mochila colgada de un solo hombro y las manos escondidas dentro de las mangas de su sudadera. Había pasado el último tramo de la jornada deseando que llegara aquel momento, aunque salir del instituto tampoco significaba encontrar un lugar seguro.

Al llegar a la entrada principal, se detuvo bajo el dintel de la puerta.

Miró hacia fuera.

El agua caía con tanta fuerza que apenas podía distinguir la acera de enfrente. Los charcos crecían sobre el asfalto y las alcantarillas comenzaban a desbordarse. El viento empujaba la lluvia de lado, haciendo que incluso quienes llevaban paraguas tuvieran dificultades para avanzar.

Manoplas bajó la mirada hacia sus zapatillas.

No llevaba paraguas.

Tampoco tenía una chaqueta impermeable. Solo aquella sudadera, que ya había conocido demasiados lavados y que apenas conseguía protegerlo del frío.

Suspiró.

Nunca se acordaba de esas cosas. O quizá su cabeza estaba demasiado ocupada en otros asuntos: recordar qué pasillos debía evitar, qué alumnos podían convertirse en un problema y en qué momento convenía apartarse para no recibir un golpe. A veces, sobrevivir al instituto le ocupaba tanto espacio en la mente que olvidaba las pequeñas cosas de la vida cotidiana.

Tendría que caminar hasta casa bajo la lluvia.

Se encogió un poco más dentro de la sudadera y se preparó para salir.

—Vaya, vaya... Pero ¿qué tenemos aquí?

La voz le llegó desde un lado.

Manoplas se quedó inmóvil.

No necesitó girarse para reconocerla.

—Mira quién está esperando a que deje de llover —continuó Lolo, acercándose con una sonrisa burlona—. ¿Qué pasa, gatito? ¿Tienes miedo de mojarte?

Sus dos amigos aparecieron detrás de él, riéndose antes incluso de que Lolo terminara de hablar.

El alfa llevaba una chaqueta impermeable sobre la cabeza, aunque parecía más interesado en divertirse que en protegerse de la tormenta. Tenía el pelo ligeramente revuelto por el viento y aquella expresión de suficiencia que Manoplas había aprendido a temer.

—No llevo paraguas —murmuró Manoplas.

—¿Qué has dicho? —preguntó Lolo, inclinándose un poco hacia él.

Manoplas apretó los labios.

—Nada.

—Eso pensaba.

Iván soltó una carcajada mientras Marcos miraba al omega de arriba abajo.

—Parece que va a echarse a llorar —comentó uno de ellos.

—A lo mejor espera que alguien venga a rescatarlo —añadió el otro.

Lolo sonrió.

—¿Y quién iba a querer rescatarte a ti?

Manoplas no respondió. Se quedó mirando el suelo, deseando que los tres desaparecieran de una vez. No quería discutir. No quería darles motivos para quedarse más tiempo.

Solo quería llegar a casa.

—Bueno, gatito, no te quedes ahí toda la tarde —dijo Lolo—. La lluvia no va a parar por ti.

Sin esperar respuesta, le dio un empujón displicente en el hombro.

No fue especialmente fuerte, pero bastó para desequilibrarlo. Manoplas tuvo que dar un par de pasos hacia delante para no caer, quedando justo al borde de la entrada.

—¡Ups! —exclamó Lolo, fingiendo sorpresa—. Cuidado, que te vas a mojar.

Las risas de sus amigos se mezclaron con el estruendo de un trueno.

Después, los tres salieron bajo la lluvia. Lolo se colocó bien la chaqueta sobre la cabeza y se alejó junto a sus compañeros, sin volver la vista atrás.

Manoplas permaneció quieto unos segundos.

Notaba el hombro dolorido por el empujón y tenía un nudo en la garganta. Otra vez lo mismo. Otra vez Lolo había conseguido hacerle sentir pequeño, incluso cuando no había hecho nada para provocarlo.

Respiró hondo.

No iba a llorar.

Al menos, no allí.

Dio el primer paso hacia el exterior.

El agua fría lo golpeó de inmediato. En cuestión de segundos, la tela de su sudadera comenzó a empaparse y se le pegó a los brazos. Una ráfaga de viento le lanzó gotas directamente al rostro, obligándolo a cerrar los ojos.

Se estremeció.

El frío de noviembre se le metió bajo la ropa y le recorrió la espalda. Bajó la cabeza y comenzó a caminar por el patio, procurando esquivar los charcos más profundos.

A su alrededor, el instituto iba quedándose vacío. Los últimos estudiantes se marchaban en grupos, protegidos por paraguas de colores o recogidos bajo los abrigos de sus amigos. Algunos corrían entre risas, otros se quejaban del tiempo.

Manoplas caminaba solo.

Como casi siempre.

El ruido de la lluvia lo envolvía todo. Ya no escuchaba las voces de los demás ni las risas de Lolo. Solo el golpeteo constante del agua contra el suelo, el silbido del viento y algún trueno que retumbaba a lo lejos.

Se metió las manos en los bolsillos y apretó los puños.

Odiaba aquella sensación.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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