9- La profesora
El aula de Literatura Española solía ser un remanso de paz en comparación con el caos de los pasillos, al menos en teoría. Las paredes estaban cubiertas de carteles con versos clásicos, fragmentos de poemas y retratos de escritores con expresiones melancólicas. La luz de la mañana entraba por los grandes ventanales, iluminando las mesas y las estanterías llenas de libros que ocupaban una de las esquinas de la clase.
Desde fuera llegaban algunas voces lejanas, pasos apresurados y el ruido de una puerta al cerrarse. Sin embargo, dentro del aula todo parecía transcurrir con una tranquilidad casi artificial.
Para Manoplas, ningún lugar del instituto ofrecía una verdadera tregua.
Aquella mañana estaba sentado en su pupitre de la tercera fila, un poco más adelantado que su habitual refugio del fondo. Había cambiado de sitio unos días antes con la esperanza de pasar más desapercibido, aunque pronto había descubierto que la distancia no servía de mucho cuando Lolo estaba en la misma habitación.
Tenía la libreta abierta sobre la mesa y el bolígrafo entre los dedos, pero apenas había escrito unas cuantas palabras. Sus hombros permanecían encogidos y las manos se escondían dentro de las mangas de su sudadera, ocultando un temblor que parecía haberse instalado en su cuerpo.
Desde el incidente en el pasillo, no había conseguido recuperar la tranquilidad.
Cada vez que escuchaba una carcajada a sus espaldas, pensaba que iba dirigida a él. Cada vez que alguien se acercaba demasiado a su mesa, se tensaba por instinto. Incluso cuando estaba solo, tenía la sensación de que Lolo seguía observándolo.
Y aquella mañana no era diferente.
A pocos metros de distancia, al otro lado del aula, Lolo ocupaba una mesa junto a la ventana. Estaba recostado en la silla, con un brazo apoyado sobre el respaldo y una expresión despreocupada. No prestaba demasiada atención a la explicación. De vez en cuando se inclinaba hacia Iván o Marcos para murmurar algún comentario que provocaba risas contenidas.
Parecía estar divirtiéndose.
Manoplas intentó concentrarse en la libreta.
No mires. No te gires. No le des motivos.
Repitió aquellas palabras mentalmente mientras fingía copiar lo que la profesora escribía en la pizarra.
Pero entonces sintió una mirada.
Levantó los ojos apenas un instante y se encontró con los de Lolo.
El alfa sonrió.
No necesitó decir nada. Aquella pequeña expresión bastó para que Manoplas sintiera cómo el oxígeno parecía desaparecer de sus pulmones. Bajó inmediatamente la cabeza y apretó el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Lolo volvió a girarse hacia sus amigos, satisfecho.
Frente a la pizarra, la profesora Gómez continuaba explicando las características de la poesía barroca. Era una mujer de mediana edad, con el cabello castaño recogido en un moño sencillo y unas gafas redondas que solían deslizarse ligeramente por su nariz cuando leía. Tenía una voz tranquila, pero firme, y una manera de caminar entre los pupitres que hacía que los alumnos supieran cuándo estaba prestando atención a algo.
Llevaba muchos años enseñando en aquel instituto.
Había visto generaciones enteras de estudiantes pasar por sus clases y conocía bastante bien las dinámicas que se formaban entre ellos. Sabía quiénes dominaban los grupos, quiénes preferían mantenerse al margen y quiénes se aprovechaban de su posición dentro de la jerarquía.
También conocía los silencios.
Esos silencios que aparecían cuando un alumno entraba en clase con un golpe que no quería explicar. Las miradas que se desviaban cuando alguien hacía una pregunta incómoda. Las risas que se apagaban demasiado rápido cuando un profesor se acercaba.
Y, desde hacía algún tiempo, había empezado a fijarse en Manoplas.
El chico casi nunca hablaba. Entregaba sus trabajos, obedecía las instrucciones y procuraba no llamar la atención. No era conflictivo ni molestaba a sus compañeros. Sin embargo, había algo en su comportamiento que preocupaba a la profesora.
Siempre parecía estar esperando que ocurriera algo malo.
Aquella mañana, mientras caminaba entre las filas de pupitres, se detuvo cerca de la mesa de Manoplas.
Lo observó discretamente.
Tenía el rostro más pálido de lo habitual, los labios resecos y los ojos cansados. Sostenía el bolígrafo con rigidez, pero no escribía nada. Además, cada pocos segundos miraba de reojo hacia la mesa de Lolo.
La profesora siguió la dirección de aquella mirada.
Vio al alfa hablando con sus amigos, aparentemente distraído. Sin embargo, cuando sus ojos se encontraron con los de ella, Lolo se acomodó en la silla y adoptó una expresión inocente.
La profesora no dijo nada.
Todavía.
—Manoplas... —lo llamó suavemente.
El chico dio un respingo en su asiento, como si lo hubieran despertado de golpe de una pesadilla.
—¿S... sí, profesora?
Su voz apenas fue audible.
La profesora Gómez se detuvo junto a su pupitre y dejó el libro de notas sobre la mesa. Se inclinó ligeramente para hablarle sin llamar demasiado la atención del resto de la clase.
—¿Estás bien?
Manoplas parpadeó varias veces.
—Sí...
—¿Seguro?
El chico asintió demasiado deprisa.
La profesora observó su rostro con atención. No parecía convencida.
—Te noto muy pálido hoy. ¿Has dormido bien?
Manoplas bajó la mirada hacia su libreta.
—Más o menos.
—¿Te encuentras mal? Si tienes dolor de cabeza o te sientes mareado, puedes salir un momento a tomar el aire. También puedo acompañarte a la enfermería.
La oferta era sencilla. No había reproche en su voz ni impaciencia en sus gestos. Solo preocupación.
Y, precisamente por eso, Manoplas no supo qué responder.
Hacía tanto tiempo que nadie le preguntaba cómo estaba de verdad que aquella pregunta le resultó extraña.