El último pacto

10- Las páginas rotas

10- El cuaderno

El timbre del mediodía anunció el inicio del almuerzo, provocando que el aula se vaciara en cuestión de segundos. Las sillas comenzaron a arrastrarse contra el suelo, las mochilas chocaban unas con otras y las conversaciones atropelladas llenaron el espacio mientras los estudiantes se apresuraban a salir.

Algunos se dirigían directamente al comedor; otros preferían reunirse en el patio para aprovechar los minutos de descanso. Las risas y los gritos se mezclaban en el pasillo, formando aquel ruido habitual que parecía no desaparecer nunca del instituto.

Manoplas permaneció sentado.

Como de costumbre, esperó a que el grueso de los estudiantes abandonara el aula antes de moverse. No le gustaba salir entre empujones ni tener que atravesar grupos de alumnos que podían convertir cualquier pequeño tropiezo en una excusa para burlarse de él.

Su intención era sencilla: recoger sus cosas con calma, evitar el barullo del comedor y buscar algún rincón tranquilo donde pasar los siguientes treinta minutos.

Quizá podría sentarse junto a una de las ventanas del pasillo menos transitado. O quedarse en la biblioteca, si estaba abierta.

Cualquier lugar donde nadie lo molestara.

Bajó la mirada hacia su pupitre y comenzó a guardar sus libros. Primero metió el estuche, después la libreta de Literatura y, por último, tomó el pequeño cuaderno de espiral que siempre llevaba consigo.

Lo sostuvo unos segundos entre las manos.

Tenía las tapas algo dobladas, varias esquinas desgastadas y algunas manchas de tinta que nunca había conseguido quitar. No era bonito ni especialmente nuevo, pero para él tenía un valor que nadie más habría comprendido.

Lo apretó contra el pecho mientras cerraba la mochila.

Aquel cuaderno era su pequeño secreto.

Pero la calma en aquel instituto siempre era una ilusión pasajera.

—¿Ya te vas, fantasma?

Manoplas se quedó completamente inmóvil.

Una mano grande y áspera se interpuso en su camino, apartando la mochila con un movimiento seco.

Al levantar la cabeza, encontró a Lolo frente a él.

El alfa no se había marchado con sus amigos. Se había quedado atrás, esperándolo junto a la puerta, con aquella sonrisa torcida que Manoplas había aprendido a reconocer demasiado bien.

Detrás de él aparecieron Iván y Marcos.

Los tres parecían haberse puesto de acuerdo para convertir aquel descanso en otra oportunidad de divertirse a su costa.

—¿Qué llevas tanto tiempo guardando ahí dentro? —preguntó Lolo, señalando el cuaderno que Manoplas sostenía contra el pecho.

—Nada...

—¿Nada? Entonces no te importará enseñármelo.

—Es mío.

Lolo arqueó una ceja.

—¿Y?

Antes de que Manoplas pudiera reaccionar, el alfa le arrebató el cuaderno de un tirón.

—¡No! ¡Devuélvemelo!

La voz de Manoplas salió más alta de lo habitual. Se levantó tan deprisa que la silla cayó hacia atrás, golpeando el suelo con un estruendo.

Lolo retrocedió un paso y levantó el cuaderno por encima de su cabeza.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? Parece que el gatito tiene secretos.

—Por favor, Lolo... Devuélvemelo.

El omega estiró los brazos, intentando alcanzar el cuaderno, pero Lolo era más alto y se limitaba a levantarlo todavía más.

Iván soltó una carcajada.

—¡Mira cómo salta!

Marcos se apoyó contra el marco de la puerta, disfrutando del espectáculo.

Manoplas intentó recuperar el cuaderno una vez más, pero Lolo lo apartó con facilidad.

—Tranquilo, que solo quiero echar un vistazo.

—No tienes derecho...

—¿Qué has dicho?

Manoplas cerró la boca.

Lolo sonrió al comprobar que había conseguido hacerlo callar.

—Eso pensaba.

Abrió el cuaderno y comenzó a pasar las páginas con exagerada lentitud.

Para Manoplas, cada movimiento de aquellos dedos era una amenaza.

No era un simple montón de papel reciclado.

En sus páginas había algo que jamás se había atrevido a enseñar a nadie. Había historias, dibujos, pequeños poemas y fragmentos de relatos que escribía cuando necesitaba escapar de la realidad.

Escribía sobre lugares donde nadie conocía las jerarquías de alfas, betas y omegas. Sobre personas que podían caminar tranquilamente por la calle sin tener que mirar constantemente por encima del hombro. Sobre personajes que encontraban amigos, que eran queridos y que podían defenderse cuando alguien intentaba hacerles daño.

A veces escribía sobre un chico que vivía en una casa pequeña, rodeada de árboles, donde nadie levantaba la voz.

Otras veces inventaba aventuras en las que el protagonista era valiente, tenía amigos y nunca debía esconder las manos dentro de las mangas para evitar que los demás se burlaran de él.

Nunca había contado esas historias a nadie.

Le daba vergüenza.

Pero, sobre todo, tenía miedo de que alguien se riera.

El cuaderno era el único lugar donde podía escribir sin sentirse juzgado. Allí no era el omega débil del instituto ni el chico al que todos llamaban Manoplas. Allí podía ser cualquier persona.

Podía ser libre.

—Vaya, miren esto... —murmuró Lolo.

Se detuvo en una página llena de anotaciones a mano.

—¿Cuentos de hadas? ¿Dibujitos? —preguntó con una sonrisa burlona—. Pero ¿qué eres, un niño pequeño?

Iván se acercó para mirar por encima de su hombro.

—¿Está escribiendo historias?

—Parece que sí —respondió Lolo—. A lo mejor quiere convertirse en escritor.

Los dos comenzaron a reírse.

Manoplas sintió que las mejillas le ardían.

—No lo leas...

—¿Por qué? ¿Te da vergüenza?

—Por favor...

Lolo pasó otra página.

Encontró un dibujo de una pequeña casa rodeada de árboles. En el margen había varias frases escritas con letra pequeña y algo irregular.

—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Tu casa de los sueños?

Manoplas sintió un nudo en la garganta.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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