El último pacto

12- Un lugar para dos.

La mesa del fondo

El ambiente en el aula de Historia Universal era pesado, cargado con el sopor de las primeras horas de la tarde y el murmullo constante de los ventiladores del techo, que apenas conseguían mover el aire caliente. El profesor llevaba varios minutos explicando una lección sobre antiguas civilizaciones, mientras escribía fechas y acontecimientos en la pizarra.

Manoplas ocupaba su habitual refugio en la última fila, arrinconado junto a la ventana, cuyas persianas medio bajadas filtraban rayas de luz polvorienta sobre su pupitre.

Tenía el cuaderno abierto, un bolígrafo entre los dedos y la mirada perdida en algún punto de la página. Hacía tiempo que había dejado de prestar atención a las explicaciones. Su cabeza estaba demasiado ocupada intentando mantener a raya los recuerdos de los últimos días.

Desde el episodio del cuaderno destrozado, el mundo de Manoplas se había achicado todavía más.

Caminaba por los pasillos con la vista fija en el suelo, convertido en una sombra casi imperceptible. Procuraba anticiparse a cualquier paso de Lolo y su séquito, evitaba los lugares concurridos y había aprendido a reconocer las risas que solían anunciar una nueva humillación.

Ya no esperaba nada bueno de nadie.

Había asumido que el aislamiento era su única armadura, un muro invisible con el que pretendía proteger lo poco que le quedaba de dignidad.

Por eso, cuando oyó el arrastre sordo de una silla de madera justo al lado de su pupitre, un escalofrío recorrió su columna.

Manoplas dio un respingo.

Se encogió de hombros de inmediato y metió las manos tan hondo en los bolsillos de la sudadera que la tela protestó con un crujido. Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar.

Esperaba lo peor: la burla mordaz de algún alfa aburrido, un empujón gratuito o la sombra imponente de Lolo exigiéndole una nueva humillación.

Contuvo el aliento, apretando los ojos durante una fracción de segundo, preparado para recibir el golpe.

—Hola... ¿Te molesta si me siento aquí? Los sitios de adelante están todos ocupados —dijo una voz baja, tranquila y completamente desprovista de la hostilidad a la que estaba acostumbrado.

Manoplas parpadeó despacio y giró la cabeza con extrema cautela.

A su lado, sentado en el pupitre contiguo que llevaba semanas acumulando polvo y papeles olvidados, se encontraba un chico al que apenas recordaba haber visto por el instituto.

Era nuevo, o al menos eso parecía.

Llevaba una chaqueta oscura con la cremallera hasta el cuello, el cabello negro ligeramente revuelto y una libreta limpia abierta frente a él. Tenía los ojos oscuros y una expresión serena que no parecía cambiar por el murmullo de los demás alumnos.

No había en su postura ni la arrogancia territorial de los alfas ni el temeroso temblor de los omegas acorralados. Desprendía una extraña calma, como si las jerarquías del instituto simplemente no fueran con él.

—Yo... este... no, no pasa nada —logró balbucear Manoplas con voz diminuta.

Tragó saliva con dificultad y se apartó un poco hacia la ventana para dejarle espacio.

—Gracias —respondió el chico.

Dejó su mochila junto a la pata del pupitre, sacó un bolígrafo y comenzó a preparar sus cosas para la clase.

No hizo ninguna pregunta incómoda.

Tampoco intentó entablar conversación a la fuerza.

Simplemente se acomodó y abrió su libreta.

Manoplas volvió la mirada hacia la pizarra, aunque le resultaba imposible concentrarse. Era consciente de la presencia del desconocido a su lado y no sabía muy bien cómo comportarse.

Estaba acostumbrado a que las personas que se acercaban a él quisieran algo: una oportunidad para burlarse, un favor que después pudieran utilizar en su contra o simplemente un motivo para hacerlo sentir inferior.

La amabilidad le resultaba sospechosa.

Durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada. El profesor continuó explicando mientras los ventiladores giraban lentamente sobre sus cabezas.

Entonces, el bolígrafo del chico rodó accidentalmente hasta el borde de la mesa.

Manoplas lo vio caer y, casi por instinto, sacó una mano de su bolsillo para detenerlo.

—Toma... —murmuró, tendiéndoselo.

El desconocido levantó la mirada.

—Gracias.

Sus dedos se rozaron brevemente al recogerlo.

Manoplas retiró la mano de inmediato y volvió a esconderla dentro de la manga.

El chico no hizo ningún comentario. Ni siquiera pareció reparar en aquel gesto.

Se limitó a sonreír ligeramente y regresó a sus apuntes.

Aquella sonrisa desconcertó a Manoplas más de lo que habría querido admitir.

No era una sonrisa burlona, ni una de esas expresiones cargadas de superioridad que conocía tan bien.

Era sencillamente una sonrisa.

Unos minutos después, el profesor anunció que debían copiar un esquema de la pizarra. El chico de la chaqueta oscura comenzó a escribir, pero pronto se detuvo.

—Disculpa, ¿tienes la fecha del último tema? Creo que me he perdido una clase.

Manoplas tardó un instante en comprender que se dirigía a él.

—¿Y-yo?

—Sí. Si no te importa.

—E-es el doce de octubre.

—Perfecto. Gracias.

El chico anotó la fecha y continuó trabajando.

Manoplas bajó la mirada hacia su cuaderno.

Aquella conversación había durado apenas unos segundos, pero había algo diferente en ella. No había imitado su tartamudeo, no había puesto los ojos en blanco ni había aprovechado su nerviosismo para hacer una broma.

Le había hablado con normalidad.

Como si fuera cualquier otro compañero.

Y aquello, por extraño que pareciera, le produjo una pequeña sensación de alivio.

Cuando sonó el timbre, los alumnos comenzaron a recoger sus cosas. Las sillas chirriaron contra el suelo y el aula se llenó de conversaciones.

Manoplas guardó lentamente su bolígrafo.

El chico de la chaqueta oscura cerró su libreta y se colgó la mochila al hombro.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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