El desafío
La tregua silenciosa que había supuesto la presencia del chico nuevo en la mesa del fondo duró exactamente lo que tardó en sonar el timbre del jueves por la mañana.
En el universo regido por la ley de los alfas, cualquier atisbo de estabilidad era visto por los depredadores como una anomalía que debían corregir de inmediato. Y Lolo no estaba dispuesto a permitir que su blanco favorito encontrara un ápice de refugio.
Desde que había visto al desconocido sentarse junto a Manoplas, algo le molestaba profundamente. No soportaba que aquel omega, al que llevaba tanto tiempo acostumbrado a ver solo y con la cabeza gacha, pareciera haber encontrado compañía.
No era amistad. Todavía no.
Pero para Lolo, incluso aquella pequeña posibilidad suponía una amenaza a su autoridad.
Eran poco más de las diez cuando Manoplas cruzó el patio central rumbo al edificio de laboratorios. Llevaba los puños enterrados en los bolsillos, la capucha de la sudadera calada a medias y la vista fija en las punteras de sus zapatillas desgastadas.
Había llovido durante la noche y el suelo todavía conservaba numerosos charcos. Algunos estudiantes se habían refugiado bajo los soportales, mientras otros conversaban animadamente en las gradas.
Manoplas caminaba deprisa.
Quería llegar a clase antes de que el patio se llenara demasiado. Cuanta menos gente hubiera a su alrededor, menos posibilidades tendría de encontrarse con Lolo.
Desde el encuentro con el chico nuevo, había intentado convencerse de que las cosas podían mejorar. Recordaba aquella conversación tan sencilla en el aula, la sonrisa tranquila y la ausencia de burlas.
Había sido poco, apenas unos minutos de normalidad.
Pero para él había significado mucho.
Quizá demasiado.
No sirvió de nada.
Una sombra pesada se cernió sobre él de repente, bloqueándole el paso con una brusquedad calculada.
Manoplas chocó contra un pecho firme.
Antes siquiera de levantar la mirada, reconoció aquel olor a sándalo amargo que tantas veces había anunciado sus desgracias.
Se quedó inmóvil.
Lolo estaba allí.
Flanqueado por sus dos inseparables compinches, lucía una sonrisa fría y desafiante. Iván tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, mientras Marcos observaba la escena con una diversión apenas disimulada.
A su alrededor, varios estudiantes comenzaron a detenerse. Algunos reconocieron inmediatamente a los protagonistas y se acercaron con disimulo, atraídos por el olor inconfundible de un conflicto inminente.
—Vaya, miren al fantasma —espetó Lolo—. Parece que hoy tienes demasiado optimismo en los ojos, omega.
Manoplas bajó la cabeza.
—Yo...
—¿Qué? ¿No saludas?
—Buenos días...
Marcos soltó una carcajada.
—Qué educado está hoy.
Lolo sonrió y dio un paso hacia él.
—Te he visto muy bien acompañado últimamente en el fondo del aula.
Manoplas sintió que el estómago se le encogía.
—No sé de qué...
—No te hagas el tonto. Hablo del chico nuevo. Ese que ahora parece tener tanto interés en sentarse contigo.
—Solo... solo compartimos mesa.
—¿Ah, sí?
Lolo ladeó la cabeza, fingiendo curiosidad.
—Qué casualidad. Después de tantos meses sin que nadie quiera acercarse a ti, aparece uno que decide hacerte compañía.
Iván soltó una risita.
—Quizá no sabe todavía cómo eres.
Los tres se rieron.
Manoplas apretó los dedos dentro de los bolsillos. No quería contestar. Había aprendido que cualquier palabra podía convertirse en una nueva excusa para humillarlo.
—Yo solo iba a clase —murmuró—. Déjame pasar, Lolo.
Intentó dar un paso hacia la izquierda para esquivarlo.
Pero el alfa se movió con la misma rapidez, cerrándole el camino.
—¿Adónde vas con tanta prisa?
—Tengo clase.
—Todos tenemos clase.
Lolo se inclinó ligeramente hacia él, invadiendo su espacio vital con una agresividad calculada.
Manoplas retrocedió hasta notar la pared de ladrillo visto del edificio contra su espalda.
No tenía adónde ir.
La tensión en el ambiente se espesó de inmediato. Los estudiantes que se habían detenido comenzaron a formar un pequeño círculo a su alrededor. Algunos intercambiaron miradas; otros sacaron sus teléfonos, esperando que ocurriera algo digno de comentar después.
Nadie intervino.
—No tan rápido, torpe —dijo Lolo, esbozando una mueca torcida—. Hoy no te vas a ir tan fácilmente.
Manoplas tragó saliva.
—¿Q-qué quieres?
—Quiero hablar contigo.
—No he hecho nada...
—Siempre dices lo mismo.
Lolo se apartó un poco y señaló con la barbilla un charco de lodo espeso y agua sucia que se había formado en el centro del camino, justo al pie de las escaleras principales.
El barro estaba mezclado con hojas podridas y restos de tierra. Varios alumnos tuvieron que rodearlo para continuar caminando.
Manoplas miró el charco y después volvió a mirar a Lolo.
No le gustó nada aquella sonrisa.
—¿Ves eso? —preguntó el alfa.
Manoplas no respondió.
—Arrodíllate ahí.
Durante unos segundos, el ruido del patio pareció alejarse.
—¿Qué...?
—Lo que has oído.
Lolo cruzó los brazos y lo observó con una expresión satisfecha.
—Pide perdón por haberte creído con derecho a ignorarme estos días. Después limpias el suelo con las rodillas y puedes seguir tu camino.
Marcos soltó una carcajada.
—No te olvides de dar las gracias cuando termine.
Iván se llevó una mano a la boca para disimular la risa.
Manoplas sintió que la sangre se le retiraba del rostro.
—Yo no... no he hecho nada.
La expresión de Lolo cambió ligeramente.
—¿Cómo dices?
Manoplas bajó la mirada de inmediato.
—Nada.
—Eso pensaba.
El alfa se acercó un poco más.
—Vamos, Manoplas. No hagas que tenga que repetírtelo delante de todos.