La fotografía
El desafío de Lolo quedó suspendido en el aire, flotando sobre el asfalto mojado mientras el murmullo de los curiosos crecía a su alrededor.
Manoplas sentía las rodillas flaquearle. El agua turbia del charco reflejaba un cielo plomizo y la silueta burlona del alfa que esperaba, con los brazos cruzados y una sonrisa de triunfo absoluto, que el omega se decidiera a cumplir aquella humillación pública.
Nadie se movía.
Algunos estudiantes observaban con una curiosidad descarada; otros fingían estar ocupados con sus teléfonos, aunque ninguno parecía tener intención de marcharse. En aquel patio, la ley de los alfas dictaba que el espectáculo debía consumarse hasta el final.
Manoplas tenía la espalda pegada a la pared de ladrillo. Sentía el frío atravesando la tela de su sudadera y las manos le temblaban dentro de los bolsillos.
Quería desaparecer.
Deseaba que sonara el timbre, que apareciera algún profesor o que, por una vez, alguien tuviera el valor de decirle a Lolo que aquello era suficiente.
Pero nadie lo hizo.
—¿Y bien? —preguntó Lolo, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Vas a obedecer o tengo que explicártelo otra vez?
Manoplas abrió la boca, pero no consiguió pronunciar ninguna palabra.
Tenía la garganta cerrada.
Su mirada se desvió hacia el charco. El barro parecía esperarlo, como si aquella pequeña extensión de agua sucia fuera el escenario preparado para demostrarle a todo el instituto que no tenía derecho a defenderse.
Lolo soltó una carcajada.
—Míralo. Ni siquiera sabe qué hacer.
Iván se rio por lo bajo.
—Quizá está esperando que alguien venga a salvarlo.
—Nadie va a venir —respondió Marcos.
Aquellas palabras le dolieron más de lo que Manoplas habría querido admitir.
Entonces Lolo hizo algo que no esperaba.
En lugar de esperar una respuesta pasiva, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó su teléfono móvil.
—¿Sabes qué? —dijo mientras desbloqueaba la pantalla—. Creo que esto merece un recuerdo.
Manoplas levantó ligeramente la cabeza.
—¿Qué... qué haces?
Lolo no respondió. Abrió la cámara y apuntó directamente hacia él.
El omega se quedó helado.
—No...
—¿No qué?
—No me hagas fotos.
La petición salió tan débil que apenas pudo escucharse entre las voces del patio.
Lolo sonrió.
—¿Te da vergüenza, fantasma? Mírate bien.
Ajustó el encuadre para capturar su rostro pálido, los ojos húmedos y la expresión de terror que no conseguía disimular.
Manoplas giró la cara de inmediato y levantó una mano para cubrirse.
—¡No!
El sonido de aquella negativa sorprendió incluso a quienes estaban acostumbrados a verlo callado.
Lolo bajó un instante el teléfono.
—¿Cómo dices?
Manoplas se encogió contra la pared.
—Por favor... no quiero que me hagas fotos.
El alfa soltó una carcajada.
—Ahora resulta que tienes exigencias.
Volvió a levantar el móvil.
—Vamos, sonríe para la manada. Así todos sabrán exactamente cuál es tu lugar en este instituto.
Iván se acercó para mirar la pantalla.
—Procura que salga bien. Esta va directa al grupo.
—Por supuesto —contestó Lolo—. No todos los días tenemos un espectáculo como este.
Marcos se colocó a un lado, disfrutando de la escena.
—Ponle algún título gracioso.
—Ya se me ocurrirá algo.
Manoplas sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que le dolía el pecho. Intentó apartarse, pero la pared le impedía retroceder. Se cubrió parte del rostro con la manga, aunque sabía que aquello no serviría de nada.
El teléfono volvió a enfocar.
Un segundo.
Otro.
Y entonces llegó el destello de la captura.
La fotografía estaba hecha.
Lolo bajó el móvil y examinó el resultado con satisfacción. En la pantalla aparecía Manoplas acorralado contra la pared, con la cabeza inclinada y una mano levantada para ocultar su rostro.
Una imagen perfecta para el propósito del alfa.
—Vaya, vaya... —murmuró—. Si hasta parece que estás a punto de llorar.
Algunos estudiantes soltaron risas.
Manoplas quiso arrebatarle el teléfono, pero no se atrevió. Sabía que aquel gesto solo le proporcionaría a Lolo otra excusa para atacarlo.
—Bórrala —pidió.
Lolo levantó las cejas.
—¿Qué?
—Por favor... bórrala.
—¿Y perder una obra de arte como esta?
El alfa amplió la imagen con dos dedos y la contempló unos segundos más.
Después abrió uno de los grupos privados del instituto.
Manoplas observó sus movimientos sin comprender del todo lo que estaba haciendo. Hasta que vio cómo Lolo escribía un mensaje debajo de la fotografía.
«El omega del año. Mucho cuidado, que ahora se cree importante porque tiene compañía».
Iván soltó una carcajada.
—Eso es buenísimo.
—Espera, todavía no he terminado.
Lolo añadió un par de emoticonos burlones y pulsó el botón de enviar.
El mensaje apareció en la pantalla.
Publicado.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después, el teléfono de uno de los estudiantes vibró.
Luego el de otro.
Y otro más.
Las notificaciones comenzaron a multiplicarse por todo el patio.
Manoplas miró alrededor, desconcertado. Los alumnos bajaban la vista hacia sus dispositivos y algunos empezaban a reír mientras se enseñaban unos a otros la misma imagen.
La fotografía estaba circulando.
Su rostro, su miedo y su vergüenza acababan de convertirse en entretenimiento para todo el instituto.
—Mira, ya la han visto —comentó Marcos.
—Se está haciendo popular —añadió Iván.
Lolo guardó el teléfono con un movimiento soberbio.
—Ahora sí que te conoce todo el mundo.
Manoplas no contestó.
Tenía los ojos clavados en el suelo y sentía una presión insoportable en el pecho. No era únicamente la vergüenza de haber sido fotografiado en aquella situación. Era saber que, incluso después de marcharse, la humillación continuaría.