Una casa silenciosa
Tras la humillación en el patio y la sombra de aquella fotografía circulando por los móviles del instituto, cruzar el umbral de su casa no significaba encontrar un refugio seguro, sino entrar en una tregua distinta.
La vivienda de Manoplas era un espacio pequeño, ordenado con una pulcritud casi dolorosa y envuelto siempre en un silencio espeso. No había demasiados muebles ni objetos decorativos. Cada cosa tenía su lugar y cada habitación parecía conservar una quietud que nadie se atrevía a romper.
Su madre trabajaba en el turno de tarde en una residencia a las afueras, lo que significaba que, durante varias horas después de las clases, el único sonido que habitaba las habitaciones era el zumbido lejano del frigorífico y el repiqueteo constante de la lluvia fina contra los cristales de la galería.
A veces, Manoplas pensaba que aquella casa era demasiado grande para dos personas.
O quizá era demasiado silenciosa para alguien que pasaba todo el día rodeado de gente y, aun así, se sentía completamente solo.
Dejó la mochila junto a la puerta y se quedó inmóvil unos segundos, con una mano todavía apoyada en el picaporte.
Había llegado.
Nadie lo esperaba en el pasillo. Nadie le preguntaría por qué caminaba con la cabeza agachada ni por qué tenía los ojos enrojecidos. Tampoco tendría que fingir una sonrisa para evitar que alguien se burlara de él.
Podía respirar.
Al menos, eso intentó.
Se quitó las zapatillas y dejó la sudadera húmeda sobre el respaldo de una silla. Después caminó descalzo hasta su habitación, arrastrando ligeramente los pies.
Allí, lejos de las miradas altaneras de los alfas y del eco de las risas en los pasillos, el aire parecía un poco menos irrespirable. Sin embargo, la tensión no abandonaba sus músculos.
Cerró la puerta con cuidado.
No encendió la luz.
Se sentó en el borde de la cama y, por primera vez desde que había sonado el timbre de salida, sacó las manos de los bolsillos.
Las palmas estaban rojas, marcadas por la presión de las uñas. Tenía los dedos fríos y le temblaban con un compás fino y nervioso.
Se quedó observándolos.
No recordaba en qué momento había empezado a apretar tanto los puños. Quizá había sido cuando Lolo le ordenó arrodillarse en el barro. Quizá cuando levantó el teléfono para fotografiarlo. O tal vez llevaba haciéndolo desde mucho antes, cada vez que necesitaba contener las palabras que no se atrevía a pronunciar.
Se frotó las manos lentamente.
Después miró a su alrededor.
Las paredes desnudas, la pequeña mesa de estudio, la silla donde solía dejar la ropa y la ventana que daba a un patio interior gris. Sobre el escritorio todavía reposaban algunos fragmentos de su cuaderno roto.
Había intentado ordenarlos días atrás.
No había conseguido reconstruirlo.
Algunos pedazos seguían conservando palabras sueltas, frases incompletas y dibujos que apenas podían reconocerse. Los había dejado allí porque no sabía qué hacer con ellos. Tirarlos le parecía una traición a todo lo que había escrito, pero mirarlos también le dolía.
Apartó la mirada.
Se tumbó sobre la cama y sacó el teléfono del bolsillo.
La pantalla se iluminó inmediatamente.
Tenía varias notificaciones.
Durante unos segundos pensó que quizá su madre le había escrito para preguntarle si había llegado bien. Pero no era ella.
Eran mensajes de grupos del instituto.
Abrió uno casi sin pensar.
La fotografía seguía circulando.
Su rostro apareció en la pantalla, acorralado contra la pared, con la manga levantada para ocultarse. Debajo había comentarios, risas y emoticonos que parecían multiplicarse cada vez que actualizaba la conversación.
Algunos ni siquiera habían estado presentes en el patio.
Aun así, todos tenían algo que decir.
Manoplas sintió un nudo en el estómago.
Cerró el grupo.
Abrió otro.
La misma imagen.
Otro comentario.
Otra burla.
Bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la cama.
—Basta... —susurró.
La palabra se perdió en la habitación.
Se incorporó y se abrazó a sí mismo, frotándose los brazos para recuperar algo de calor. No sabía qué le dolía más: haber sido fotografiado sin su consentimiento o descubrir que tantas personas podían reírse de su sufrimiento sin conocerlo siquiera.
En el instituto, Lolo lo había convertido en un espectáculo.
Ahora, incluso estando en casa, seguía sintiendo que lo observaban.
Se levantó y caminó hasta la ventana. La lluvia fina resbalaba por el cristal, deformando las luces de los edificios cercanos. En el patio interior no había nadie. Solo unas macetas abandonadas y una bicicleta vieja apoyada contra la pared.
A veces envidiaba a aquella bicicleta.
Al menos ella podía permanecer quieta sin que nadie la molestara.
Manoplas apoyó la frente contra el cristal frío.
No tenía amigos que le escribieran para preguntarle cómo estaba. No recibía llamadas para quedar después de clase ni invitaciones para pasar el fin de semana con alguien.
Su teléfono casi siempre permanecía en silencio.
Y cuando sonaba, no solía ser por algo bueno.
Había aprendido a no esperar demasiado de los demás. A no ilusionarse cuando alguien le dirigía la palabra. A no confundir un gesto amable con una promesa de amistad.
El chico nuevo había sido diferente.
Recordó cómo se había acercado en el patio después de lo ocurrido. No había intentado tocarlo ni obligarlo a contar nada. Simplemente le había preguntado si Lolo había publicado la fotografía.
Aquella preocupación tan sencilla seguía dándole vueltas en la cabeza.
Quizá no todo el mundo era igual.
Pero tampoco quería hacerse ilusiones.
Ya había aprendido lo que ocurría cuando esperaba demasiado de alguien.
Un ruido procedente del pasillo lo sobresaltó.