La oscuridad
El silencio en el dormitorio de Manoplas era tan denso que parecía tener peso propio. La única luz que iluminaba la estancia procedía de la farola de la calle, que se filtraba a través de las rendijas de la persiana con una claridad enfermiza y anaranjada. Sobre las paredes se proyectaban sombras largas y distorsionadas que parecían moverse cada vez que el viento golpeaba suavemente los cristales.
El reloj de la mesita marcaba las diez y media de la noche.
Manoplas llevaba horas despierto, aunque apenas era consciente del paso del tiempo. Sentado frente a su pequeño escritorio, tenía los hombros encorvados y la mirada fija en los restos de lo que una vez había sido su refugio.
Sobre la mesa descansaban numerosos fragmentos de papel.
Había pasado las últimas dos horas intentando rescatar lo irrecuperable. Con una paciencia infinita y un pulso dolorosamente torpe, había extendido sobre la madera las hojas arrugadas, intentando unir los bordes rasgados de sus notas y sus relatos inacabados. Algunas partes todavía podían encajarse, pero otras habían desaparecido por completo.
Había frases cortadas a la mitad. Párrafos arrancados. Palabras que ya no tenían continuación.
El daño era irreparable.
Cada trozo de papel le recordaba lo ocurrido en el instituto. La sonrisa burlona de Lolo, sus comentarios crueles y aquella satisfacción que parecía experimentar cada vez que conseguía hacerlo sentir pequeño.
Manoplas cerró los ojos.
Todavía podía escuchar su risa.
—¿También escribes tonterías, Manoplas?
La voz de Lolo regresó a su memoria con tanta claridad que abrió los ojos de golpe.
Bajó la cabeza y apretó los puños sobre sus rodillas.
No quería recordarlo. No quería volver a escuchar aquella voz ni sentir las miradas de los demás mientras recogía los pedazos de su cuaderno del suelo.
Pero, por mucho que lo intentara, no conseguía apartar aquella escena de su cabeza.
Lo peor no era que Lolo hubiera destrozado sus historias. Lo peor era que había conseguido hacerle sentir vergüenza por haberlas escrito.
Como si tener sueños fuera algo ridículo.
Como si desear una vida diferente fuera un privilegio reservado para otros.
Manoplas deslizó uno de los fragmentos entre sus dedos. En él todavía podía distinguirse una frase incompleta de uno de sus relatos:
«Algún día encontraré un lugar donde nadie pueda hacerme daño...»
Se quedó mirándola durante unos segundos.
Después dejó el papel sobre la mesa.
No pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.
La puerta de su habitación se abrió con un leve crujido. Los pasos cansados de su madre resonaron en el pasillo, acompañados por el tintineo lejano de unas llaves que dejó sobre el recibidor.
—¿Estás despierto, cariño? —preguntó desde el umbral—. La cena está en la cocina por si tienes hambre.
Manoplas se sobresaltó y apartó rápidamente algunos papeles, como si su madre pudiera descubrir su desgracia con solo echar un vistazo.
—Sí, mamá. Todavía estoy despierto.
Su madre asomó un poco más la cabeza. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y tenía el rostro marcado por el cansancio. Había pasado todo el día trabajando y, aun así, había encontrado fuerzas para preguntarle por él antes de acostarse.
—¿Va todo bien? Llevas un rato muy callado.
Manoplas sintió que algo se le encogía dentro del pecho.
Contempló a su madre durante unos segundos. Su primer impulso fue levantarse, acercarse a ella y abrazarla. Quiso enseñarle los papeles destrozados, contarle lo que había sucedido y explicarle que ya no podía soportar otro día igual.
Quiso decirle que tenía miedo.
Que cada mañana, al cruzar las puertas del instituto, sentía que estaba entrando en un lugar del que quizá no conseguiría salir entero.
Que Lolo no lo dejaba tranquilo.
Que sus compañeros miraban hacia otro lado.
Que estaba cansado de fingir que no le dolía.
Pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.
—Estoy bien, mamá —murmuró finalmente—. Solo estoy organizando unos apuntes para mañana.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Seguro? Tienes una voz muy rara.
—Sí. Es que estoy cansado.
Su madre lo observó un instante más. Parecía querer preguntarle algo, pero el agotamiento terminó imponiéndose.
—No te quedes hasta muy tarde, cariño. Y acuérdate de cenar. No quiero que mañana vayas al instituto sin haber comido.
—Vale.
—Buenas noches.
—Buenas noches, mamá.
La puerta se cerró suavemente.
Manoplas permaneció inmóvil, escuchando cómo los pasos de su madre se alejaban por el pasillo. Poco después oyó el sonido de la puerta del dormitorio contiguo.
Volvió a quedarse solo.
Y aquella soledad le dolió más de lo que esperaba.
No culpaba a su madre. Sabía que trabajaba demasiado, que apenas tenía tiempo para descansar y que hacía todo lo posible para que no les faltara lo necesario. Precisamente por eso no quería preocuparla.
No quería convertirse en otro problema.
Se preguntó cuándo había empezado a pensar de aquella manera. Cuándo había decidido que sus sentimientos eran una carga para los demás y que debía guardárselos para no molestar.
Quizá había ocurrido poco a poco.
Con cada insulto que fingía no escuchar. Con cada empujón que disimulaba. Con cada recreo que pasaba solo, mirando cómo los demás disfrutaban de una vida de la que él parecía estar excluido.
Había aprendido a pedir perdón incluso cuando no había hecho nada malo.
A apartarse para dejar pasar a los demás.
A bajar la mirada cuando alguien lo observaba.
A esconder las manos dentro de las mangas para evitar que llamaran la atención.
Había aprendido a hacerse pequeño.
Tan pequeño que, algunas veces, sentía que estaba desapareciendo.
Se levantó despacio y caminó hasta el espejo que tenía junto al armario. La luz anaranjada de la calle apenas le permitía distinguir su rostro, pero fue suficiente para reconocer sus ojos enrojecidos y las marcas de cansancio bajo ellos.