El mensaje
La noche había caído por completo sobre la ciudad, envolviendo las calles en un manto de humedad y oscuridad. Las farolas iluminaban tímidamente las aceras mojadas y, de vez en cuando, algún coche atravesaba la avenida dejando tras de sí el sonido lejano de sus ruedas sobre el asfalto.
En el interior de su habitación, Manoplas permanecía sentado en el borde de la cama.
La única luz procedía de la pantalla de su teléfono móvil, que iluminaba sus facciones pálidas y las ojeras que habían comenzado a marcarse bajo sus ojos.
Llevaba varios minutos mirando el pequeño aparato sin atreverse a tocarlo.
Desde que Lolo había publicado aquella fotografía, el teléfono se había convertido en una fuente constante de angustia. Cada vibración le provocaba un sobresalto y cada notificación despertaba en él el temor de encontrar otra burla, otro comentario o una nueva amenaza.
Había intentado dejarlo apartado durante la tarde.
Incluso había pensado en apagarlo por completo.
Pero una parte de él necesitaba saber qué estaban diciendo los demás. No porque quisiera leerlo, sino porque temía que, si dejaba de mirar, pudiera encontrarse al día siguiente con algo todavía peor.
El silencio de la casa era profundo.
Su madre ya descansaba después del agotador turno de tarde. Había llegado hacía un rato, le había preguntado si había cenado y, al verlo tan cansado, no había insistido demasiado.
Manoplas le había respondido lo de siempre.
Que estaba bien.
Que solo tenía sueño.
No quería contarle lo ocurrido en el patio. Tampoco quería enseñarle la fotografía. Sabía que su madre se preocuparía y que, probablemente, intentaría hablar con el instituto.
Y él tenía miedo.
Miedo de que Lolo descubriera que había contado algo.
Miedo de que las represalias fueran todavía peores.
Miedo de que su madre terminara metida en un problema que no sabía cómo resolver.
Se frotó las manos y dejó escapar un suspiro.
Entonces ocurrió.
Un zumbido seco y corto rompió la tranquilidad de la habitación.
El teléfono vibró contra la madera de la mesita de noche.
Manoplas dio un respingo.
El corazón comenzó a golpearle el pecho con tanta fuerza que durante unos segundos creyó que alguien podría escucharlo desde el pasillo.
Miró el dispositivo.
Una notificación.
Número desconocido.
Sintió que el estómago se le encogía.
No quería abrirlo.
Sabía que podía tratarse de otra burla relacionada con la fotografía, pero algo en aquella notificación le hizo pensar que no era un simple comentario.
Alargó la mano lentamente.
Sus dedos temblaban de manera incontrolable cuando tomó el teléfono y desbloqueó la pantalla.
Abrió el chat con un nudo en la garganta.
El mensaje apareció inmediatamente.
Encabezando la conversación estaba la fotografía que Lolo le había tomado en el patio.
Aquella imagen.
Su rostro pálido, los ojos húmedos, la espalda pegada a la pared y una mano levantada para ocultarse.
Manoplas sintió una punzada en el pecho.
Había esperado que, al llegar a casa, pudiera dejar atrás aquella escena. Sin embargo, la fotografía había conseguido seguirlo hasta su habitación.
Debajo aparecían varias líneas de texto.
Las leyó una vez.
Después otra.
«¿Pensabas que te ibas a escapar tan fácil, fantasma? Esto apenas es el comienzo. Mañana vas a aprender lo que pasa por desobedecer al alfa. Más te vale venir con la cabeza gacha, porque si no te vas a arrepentir de haber nacido».
El teléfono comenzó a resbalar entre sus dedos.
Las palabras lo golpearon con la fuerza física de un puñetazo en el estómago.
Durante unos segundos dejó de escuchar los sonidos de la calle. El aire pareció desaparecer de la habitación y un frío sordo recorrió cada terminación nerviosa de su cuerpo.
Volvió a leer el mensaje.
Desobedecer al alfa.
Aquellas palabras le hicieron recordar el charco de barro, la pared de ladrillo y las miradas de todos los estudiantes.
Recordó la expresión de Lolo cuando se negó a arrodillarse.
Y recordó también al chico nuevo, que había aparecido justo cuando la situación parecía estar a punto de empeorar.
Quizá por eso Lolo estaba todavía más enfadado.
Manoplas tragó saliva, pero tenía la garganta completamente seca.
Miró el número desconocido.
No había nombre ni fotografía de perfil. Tampoco ninguna otra información que le permitiera identificar al remitente.
Sin embargo, no necesitaba demasiadas pistas para imaginar quién estaba detrás.
Lolo no necesitaba estar delante de él para intimidarlo. Había encontrado otra manera de recordarle que podía alcanzarlo incluso cuando se encontraba lejos del instituto.
Manoplas dejó el teléfono sobre la cama y se llevó ambas manos al rostro.
—No... otra vez no...
La voz le salió quebrada.
Quiso llorar, pero las lágrimas tardaron en aparecer. Primero llegó el miedo, después la impotencia y finalmente una sensación de agotamiento tan profunda que apenas podía mantenerse sentado.
Durante unos minutos permaneció inmóvil.
La tentación de borrar el mensaje, apagar el teléfono y fingir que nada de aquello estaba pasando fue abrumadora.
Si lo borraba, al menos no tendría que volver a leerlo.
Si apagaba el móvil, podría intentar dormir.
Si cerraba los ojos, quizá conseguiría convencerse de que al día siguiente todo sería diferente.
Pero sabía que ignorarlo no haría desaparecer la amenaza.
Lolo estaría allí.
En los pasillos.
En el patio.
En cualquier lugar donde pudiera encontrarlo sin demasiados testigos.
Y ahora tenía una nueva excusa para castigarlo: haberse atrevido a desobedecerlo delante de todos.
Manoplas miró otra vez la pantalla.
El mensaje seguía allí.