Un pequeño refugio
El bullicio estridente del timbre que anunciaba el final de las clases resonó por todo el instituto, provocando una estampida inmediata de alumnos que corrían hacia la salida, deseosos de dejar atrás las aulas.
Las conversaciones se mezclaban con las carcajadas, los golpes de las taquillas al cerrarse y el ruido de las zapatillas contra el suelo. Algunos estudiantes ya hablaban de sus planes para aquella tarde, mientras otros se despedían entre empujones y bromas.
Manoplas permaneció sentado unos minutos más.
Como era su costumbre, esperó a que el pasillo principal se quedara prácticamente vacío antes de salir de su escondite provisional junto a los baños de la planta baja.
No tenía ninguna prisa por volver a casa.
Sabía que allí le esperaban el silencio espeso, las paredes inmóviles y el eco persistente de las amenazas recibidas la noche anterior. Pero quedarse en el patio tampoco era una opción segura. La mirada de Lolo y la presencia constante de sus amigos seguían acechando en cada esquina.
Desde que había recibido aquel mensaje, apenas había conseguido concentrarse en las clases.
Cada vez que alguien sacaba el teléfono, pensaba que estarían mirando su fotografía. Cada vez que escuchaba una carcajada a sus espaldas, imaginaba que se estaban burlando de él.
Incluso había comenzado a caminar de manera diferente, procurando mantenerse cerca de las paredes y evitando los lugares donde solían reunirse los alfas dominantes.
Era agotador.
A veces sentía que debía calcular cada movimiento antes de hacerlo.
Se levantó despacio, acomodó las correas de su mochila sobre los hombros y abandonó el edificio principal.
El aire de la tarde le recibió con una brisa fresca. Había llovido durante la mañana, pero el cielo comenzaba a despejarse y algunos rayos de sol atravesaban las nubes, iluminando los charcos que todavía quedaban en el patio.
Manoplas caminó sin rumbo fijo.
No quería dirigirse directamente a la parada del autobús ni regresar a casa todavía. Necesitaba alejarse un poco de todo, aunque no sabía exactamente adónde ir.
Sus pasos lo llevaron hacia los terrenos traseros del recinto escolar.
Era una zona que la mayoría de los estudiantes evitaba. Un descampado antiguo, situado junto a los muros perimetrales de hormigón viejo, donde la maleza crecía sin control y varios árboles de troncos torcidos proyectaban sombras alargadas bajo el sol de la tarde.
Allí apenas llegaba el ruido del patio.
Los profesores tampoco solían acercarse, salvo cuando necesitaban revisar alguna instalación del gimnasio.
Manoplas conocía aquel lugar de haberlo visto desde las ventanas de las aulas, pero nunca había tenido motivos para explorarlo.
Aquel día, sin embargo, siguió caminando.
Quizá porque no quería volver a casa.
Quizá porque necesitaba encontrar un sitio donde nadie pudiera mirarlo.
O quizá porque, después de tantos días sintiéndose acorralado, deseaba descubrir un lugar en el que no tuviera que estar pendiente de quién aparecía detrás de él.
Siguió un sendero estrecho, apenas visible entre la hierba alta. Las hojas húmedas rozaban sus pantalones y algunas ramas pequeñas crujían bajo sus zapatillas.
El ambiente era diferente al del resto del instituto.
No había gritos, ni risas, ni conversaciones sobre quién era más fuerte o quién debía obedecer a quién.
Solo el viento.
El canto ocasional de algún pájaro y el movimiento de las hojas entre las ramas.
Entonces lo vio.
Entre un grupo espeso de adelfas silvestres y el muro trasero del gimnasio, había un pequeño espacio protegido de las miradas ajenas.
Un viejo cobertizo de aperos en desuso, con la pintura verde descascarillada y la puerta entreabierta, servía como barrera natural frente al resto del patio. A su lado, un banco de piedra carcomido por el musgo descansaba bajo la sombra de un olivo centenario cuyas ramas caídas ofrecían una discreta cubierta visual.
Manoplas se detuvo.
Miró a ambos lados para asegurarse de que no había nadie.
Después avanzó con cautela.
El cobertizo parecía llevar años abandonado. Una de sus ventanas estaba rota y la madera de la puerta tenía varias grietas. Cerca de la entrada había algunas herramientas viejas cubiertas de polvo, aunque nada parecía indicar que alguien utilizara aquel lugar con frecuencia.
Se acercó al banco de piedra y pasó una mano por su superficie.
Estaba frío y algo húmedo.
Aun así, parecía resistente.
Se sentó lentamente, dejando la mochila a sus pies.
Durante unos segundos no hizo nada.
Simplemente permaneció allí, escuchando.
Por primera vez en todo el día, el murmullo constante de las voces, las risas burlonas y la tensión asfixiante de los pasillos parecieron atenuarse, reducidos a un rumor lejano e irrelevante.
No tenía que esconder las manos.
No tenía que vigilar sus palabras.
Tampoco necesitaba fingir que estaba bien.
Sacó las manos de los bolsillos de la sudadera y las apoyó sobre sus rodillas.
Observó sus dedos durante unos instantes. Todavía recordaba la presión de sus propias uñas contra las palmas, el temblor que lo había acompañado durante la mañana y el miedo que había sentido cada vez que creía reconocer la voz de Lolo entre los estudiantes.
Se frotó lentamente las manos.
El aire olía a tierra húmeda, hojas de olivo y vegetación silvestre.
Había algo tranquilizador en aquel aroma.
No era el olor penetrante de los alfas dominantes ni la mezcla artificial de perfumes que llenaba los pasillos del instituto. Era un olor natural, discreto, que le permitía respirar sin sentir que debía defenderse.
Cerró los ojos.
La brisa le rozó la cara y movió suavemente algunos mechones de su cabello.
Durante un instante imaginó que estaba en otro lugar.
Uno donde nadie conociera su apodo.