La mentira
El murmullo no estalló de golpe con gritos exagerados ni carcajadas que pudieran señalar a un culpable. Se propagó de una forma mucho más peligrosa y silenciosa, como solían hacerlo los rumores en los pasillos del instituto: a base de medias verdades, susurros cómplices y miradas de reojo.
Manoplas lo notó desde que cruzó la entrada principal.
Algo había cambiado.
No era la primera vez que sentía las miradas de los demás clavándose en su espalda, ni tampoco la primera que escuchaba risas cuando pasaba cerca de algún grupo. Sin embargo, aquella mañana había algo diferente. Nadie le gritaba. Nadie lo insultaba directamente. Algunos incluso fingían estar demasiado ocupados con sus teléfonos como para reparar en él.
Pero cuando se acercaba, las conversaciones se interrumpían.
Y cuando se alejaba, volvían a comenzar.
Caminaba con la capucha bajada y las manos escondidas en los bolsillos de la sudadera. Intentaba mantener la vista fija en el suelo, concentrándose en las baldosas que tenía delante. Una, dos, tres. No debía mirar a nadie. No debía dar motivos para que se acercaran.
Aun así, podía sentirlo.
Las miradas.
Los comentarios que no alcanzaba a escuchar.
La incomodidad de quienes se apartaban a su paso como si acercarse demasiado pudiera salpicarles.
Al llegar junto a las taquillas, descubrió el origen de aquella extraña tensión.
Lolo estaba allí.
Rodeado por varios compañeros, ocupaba el espacio con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a cuestionar su presencia. Bebía de una botella de agua mientras escuchaba a los demás, con una expresión relajada y una sonrisa apenas insinuada.
No parecía enfadado. Tampoco adoptaba una postura agresiva.
Al contrario, tenía el aspecto de alguien que estaba soportando pacientemente una situación desagradable.
Iago fue el primero en advertir la llegada de Manoplas. Le dio un codazo disimulado a Lolo y después miró hacia el omega. La conversación del grupo bajó de volumen, aunque no lo suficiente como para impedir que las palabras llegaran hasta él.
—Si yo lo único que hice fue decirle que tuviera cuidado con ir pegándose a las paredes por los pasillos oscuros —comentaba Lolo con voz pausada—. Pero se lo toma todo por el lado equivocado.
Dejó escapar un suspiro, como si estuviera cansado de tener que explicar una y otra vez la misma historia.
—Te juro que empieza a dar mal rollo. Lo veo aparecer en todas partes, mirándome fijo sin decir nada... Al principio pensé que eran cosas mías, pero ya empieza a ser obsesivo.
Manoplas se quedó quieto.
Por un instante, creyó haber entendido mal.
¿De qué estaba hablando?
Bruno cruzó los brazos y apoyó la espalda contra las taquillas. Su expresión era de preocupación, aunque sus ojos brillaban con una diversión que no conseguía disimular del todo.
—Tío, ten cuidado. Ese silencio que se trae no es normal. Un día de estos le da un vuelco raro y tenemos un disgusto. Lo mejor es que ni le mires.
—Ya, si yo paso —respondió Lolo, encogiéndose de hombros—. Lo que me da pena es que esté tan mal de la cabeza como para montarse películas él solo y luego ir haciendo de víctima. Pero oye, que cada cual cargue con sus paranoias.
Algunos soltaron una risita.
Otros asintieron.
—Pues ahora que lo dices, el otro día también estaba cerca de las escaleras —comentó uno de los chicos.
—Yo lo vi mirando hacia nuestro grupo en el patio —añadió otro—. No dijo nada, pero tenía una cara...
—Es que siempre va solo —intervino Iago—. Nunca habla con nadie. A saber qué se le pasa por la cabeza.
Manoplas sintió que algo se le cerraba alrededor del pecho.
No sabía qué hacer.
Podía marcharse. Era lo que siempre hacía. Bajar la cabeza, fingir que no había escuchado nada y esperar a que el día terminara. Pero quedarse allí también significaba escuchar cómo otros hablaban de él como si no estuviera presente.
Como si no fuera una persona.
Como si tuviera que aceptar que cualquiera podía inventarse una historia sobre su vida y convertirla en verdad.
La estrategia de Lolo era mucho más inteligente de lo que parecía.
No necesitaba inventar que Manoplas lo había amenazado a golpes ni fingir que había recibido una agresión. Le bastaba con señalar aquello que todos conocían: su aislamiento, sus silencios, su costumbre de caminar con la cabeza baja y el miedo que se le notaba cada vez que un alfa se acercaba demasiado.
Había tomado las consecuencias del acoso y las había convertido en supuestas pruebas contra su víctima.
Si Manoplas evitaba a Lolo, era porque lo vigilaba.
Si se quedaba quieto cuando lo intimidaban, era porque tramaba algo.
Si lo miraba durante unos segundos, era porque estaba obsesionado con él.
Y si intentaba marcharse, era porque no quería enfrentarse a sus propias mentiras.
Todo podía utilizarse en su contra.
Lolo había conseguido construir una historia en la que él era el pobre alfa acosado por un omega extraño e inestable.
Y los demás parecían dispuestos a creérsela.
—Además, yo no quiero problemas con él —continuó Lolo—. Bastante tengo con mis cosas. Pero si sigue así, alguien tendrá que hacer algo.
Lo dijo con una expresión tan seria que uno de los chicos le dio una palmada en el hombro.
—Tú tranquilo. Nosotros sabemos cómo eres.
Aquellas palabras provocaron una sonrisa satisfecha en Lolo.
Manoplas sintió un escalofrío.
Nosotros sabemos cómo eres.
Eso era lo que más le dolía.
Ellos creían conocerlo. Creían saber qué clase de persona era Lolo porque lo veían reír, jugar en el patio y rodearse de amigos. Nunca se habían detenido a pensar en lo que ocurría cuando no había profesores cerca. No habían visto cómo lo empujaba contra las taquillas, cómo le quitaba sus cosas o cómo utilizaba su condición de alfa dominante para hacerlo sentir pequeño.