La llamada
El eco de los pasillos y el peso sofocante de la mentira de Lolo seguían persiguiendo a Manoplas incluso después de cruzar el umbral de su casa.
Había pasado todo el camino de regreso con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera. No se había detenido a comprar nada, no había levantado la vista para saludar a los vecinos y tampoco había respondido al mensaje que su madre le había enviado preguntándole si llegaría a tiempo para cenar.
Solo quería llegar a su habitación.
Solo quería desaparecer durante unas horas.
Cuando entró en casa, dejó los zapatos junto a la puerta y caminó directamente hacia su dormitorio. No encendió la luz. Cerró la puerta con cuidado, dejó la mochila sobre el suelo y se quedó inmóvil en medio de la habitación.
El silencio lo recibió como una presencia conocida.
Sin embargo, aquella tarde ni siquiera el silencio conseguía ofrecerle tranquilidad.
Se sentía observado incluso estando solo.
Las palabras de Lolo regresaban una y otra vez a su cabeza. Recordaba las caras de los compañeros, los gestos de desconfianza y la forma en que algunos se habían apartado cuando lo vieron pasar. No había sido necesario que nadie lo insultara directamente. Bastaba con que lo miraran como si fuera alguien peligroso.
Se sentó en el borde de la cama sin quitarse la sudadera.
La manipulación de Lolo había calado tan hondo que sentía las paredes de la casa demasiado estrechas, asfixiantes. Era como si el instituto hubiera conseguido seguirlo hasta allí, instalándose en cada rincón de su habitación.
Se llevó una mano al rostro y se frotó los ojos.
—No he hecho nada... —murmuró.
Su propia voz sonó extraña en la oscuridad.
No había hecho nada.
Y, aun así, parecía que tenía que disculparse por existir.
Fue entonces cuando el teléfono móvil, tirado sobre la cama, vibró con fuerza.
Manoplas dio un respingo.
El sonido lo sobresaltó tanto que tardó unos segundos en reaccionar. Miró el aparato con desconfianza, como si pudiera convertirse en una nueva amenaza en cualquier momento.
Desde que Lolo había publicado aquella fotografía, el teléfono se había convertido en una fuente constante de angustia. Cada notificación podía ser una nueva burla, un comentario cruel o una captura de pantalla destinada a recordarle que el instituto entero conocía su rostro.
Por eso, cuando vio que la pantalla se iluminaba, sintió que el estómago se le encogía.
Se acercó despacio.
No era una notificación de un grupo.
Tampoco aparecía un número desconocido.
Era una llamada de voz directa.
Manoplas frunció el ceño.
En la pantalla había un nombre que hacía semanas que no aparecía en su registro de llamadas.
Álex.
Se quedó mirándolo sin moverse.
Hacía mucho tiempo que no hablaban.
Álex había sido alguien de su antiguo instituto, una de las pocas personas con las que Manoplas había conseguido mantener una conversación sin sentirse constantemente juzgado. No habían llegado a ser inseparables, pero durante una época habían compartido algunos recreos, conversaciones breves y mensajes sobre cosas sin importancia.
Antes de que todo empezara a torcerse.
Antes de que Manoplas aprendiera a evitar las miradas y a responder con monosílabos para que nadie pudiera utilizar sus palabras en su contra.
No sabía por qué lo llamaba ahora.
Quizá había visto alguna de las publicaciones que circulaban por internet. Quizá alguien le había contado lo que estaba ocurriendo en el instituto. O tal vez simplemente se había acordado de él después de tanto tiempo.
La llamada volvió a vibrar.
Manoplas sintió una mezcla de sorpresa y desconfianza.
¿Y si quería preguntarle por la fotografía?
¿Y si también había escuchado los rumores?
¿Y si llamaba por curiosidad, para saber si de verdad era tan extraño como decían?
Su dedo quedó suspendido sobre la pantalla táctil.
Podía contestar.
Solo tenía que deslizar el dedo y acercarse el teléfono al oído. No necesitaba explicar nada inmediatamente. Podía limitarse a escuchar.
Pero incluso aquella pequeña acción le parecía enorme.
La posibilidad de hablar con alguien le provocaba tanto miedo como esperanza.
Recordó los recreos en los que había permanecido solo, las veces que había querido acercarse a otros compañeros y había terminado retrocediendo. Recordó las palabras de Lolo, las amenazas y la sensación de que cualquier cosa que dijera podía convertirse en una nueva razón para humillarlo.
Hablar significaba exponerse.
Significaba admitir que algo iba mal.
Y, sobre todo, significaba permitir que otra persona viera lo mucho que estaba sufriendo.
Durante meses, el silencio había sido su única defensa. Había aprendido a tragarse las lágrimas, a esconder las marcas de los golpes y a fingir que no le importaban las burlas. Había llegado a convencerse de que, si no contaba nada, quizá todo terminaría pasando.
Pero no había pasado.
Solo había empeorado.
El teléfono seguía sonando.
Manoplas apretó los labios. Sintió un nudo en la garganta y una presión incómoda detrás de los ojos.
—Contesta... —susurró para sí mismo.
No supo si estaba intentando darse una orden o animarse.
Su dedo se acercó un poco más a la pantalla.
Entonces recordó una conversación antigua con Álex. Una tarde en la que ambos habían hablado de lo difícil que podía ser empezar de nuevo en un lugar donde nadie te conocía. Álex le había dicho que, si alguna vez necesitaba hablar, podía escribirle.
En aquel momento, Manoplas había sonreído y había respondido que no sería necesario.
Ahora se preguntaba por qué le había costado tanto aceptar que quizá sí lo sería.
La vibración cesó de golpe.
La llamada terminó y la pantalla cambió.
Llamada perdida.