El castigo
La notificación oficial llegó a primera hora de la tarde.
No hubo una gran confrontación en el despacho de dirección, ni un careo dramático en el que Manoplas pudiera defenderse frente a quienes lo acusaban. Tampoco le dieron la oportunidad de explicar con calma lo que estaba ocurriendo desde hacía meses.
Todo sucedió de una manera mucho más sencilla y, precisamente por eso, mucho más cruel.
Una secretaria lo llamó durante el cambio de clase y le entregó una hoja con el membrete oficial del instituto. El documento llevaba el sello del centro y la firma de jefatura de estudios. Le indicó que debía leerlo con atención y que, si tenía alguna duda, podía dirigirse a dirección.
Después volvió a sus tareas.
Como si acabara de entregarle un simple aviso sobre un cambio de horario.
Manoplas sostuvo el papel entre los dedos con una mezcla de entumecimiento e incredulidad. Durante unos segundos no fue capaz de comprender las palabras que tenía delante. Las leyó una vez, después otra, intentando convencerse de que había interpretado mal alguna línea.
Pero el contenido no cambiaba.
Se le imponía una semana de suspensión temporal de asistencia a clase y la obligación de realizar trabajos de limpieza y mantenimiento en horario de tarde, bajo la supervisión del bedel.
El motivo oficial aparecía escrito en letras claras:
«Conducta disruptiva reiterada, hostigamiento pasivo y alteración de la convivencia escolar».
Manoplas parpadeó.
Hostigamiento.
La palabra parecía burlarse de él desde el papel.
¿Él?
¿De verdad lo estaban acusando de acosar a alguien?
Notó que los dedos se le entumecían alrededor de la hoja. Bajó la mirada hacia el documento, buscando alguna explicación adicional, algún detalle que le permitiera entender cómo habían llegado a semejante conclusión.
No había nada.
Ninguna referencia concreta a un incidente. Ninguna fecha. Ninguna descripción de una conducta que pudiera reconocer como propia.
Solo una acusación general y una sanción que ya parecía decidida antes de que él pudiera abrir la boca.
La mentira de Lolo no solo había calado en los pasillos. Se había convertido en la versión oficial de la dirección.
Y eso era mucho peor.
Las piezas encajaron de repente con una precisión dolorosa. Las miradas esquivas de algunos profesores durante las últimas semanas, los suspiros de fastidio cuando levantaba la vista en clase, las conversaciones que se interrumpían cuando entraba en una sala...
Todo adquirió un significado amargo.
Quizá algunos ya habían escuchado la versión de Lolo. Quizá habían recibido quejas, comentarios o testimonios de sus amigos. Quizá simplemente habían decidido que el omega retraído que siempre caminaba solo era una fuente de problemas.
Manoplas recordó las veces que la profesora Gómez le había preguntado si estaba bien. Recordó su preocupación y la forma en que había intentado acercarse sin presionarlo.
¿Ella sabía algo de aquello?
¿Había intentado defenderlo?
¿O también había terminado creyendo que él era el responsable?
Apretó el papel contra la mochila.
No lo sabía.
Lo único que sabía era que nadie le había preguntado qué había ocurrido realmente.
El instituto había encontrado una solución rápida. En lugar de investigar los rumores, escuchar a los alumnos o comprobar las pruebas, había decidido apartar a quien resultaba más fácil apartar.
Un alumno silencioso, retraído y sin respaldo de manada era siempre un candidato conveniente para cargar con la culpa. Era mucho más sencillo sancionar al fantasma del fondo del aula que enfrentarse al carisma y la influencia de un alfa dominante como Lolo y su séquito.
Manoplas dobló cuidadosamente la notificación.
No quería romperla.
No quería que nadie pudiera acusarlo de haber reaccionado de manera violenta ante una decisión que, según ellos, estaba justificada.
La guardó en el bolsillo de la mochila y comenzó a caminar.
No había avanzado más de unos metros cuando escuchó una voz conocida.
—Vaya, parece que al final el que necesitaba ayuda urgente era otro.
Iago estaba junto a las taquillas, hablando lo bastante alto para que los alumnos cercanos pudieran escucharlo.
Manoplas no se detuvo.
—¿Qué pasa? ¿Ahora te toca limpiar los pasillos? —añadió el chico, fingiendo sorpresa—. Bueno, al menos por fin vas a hacer algo útil.
Bruno soltó una carcajada sorda desde su taquilla.
—Ten cuidado con lo que limpias. No vaya a ser que luego digan que estás acosando a la fregona.
Las risas se extendieron entre los compañeros que estaban cerca.
Manoplas apretó los labios y siguió caminando.
No quería responder.
No quería darles nada que pudieran utilizar como una nueva prueba de su supuesta conducta problemática.
Un poco más atrás, Lolo observaba la escena.
No necesitó decir nada. Se limitó a dedicarle una sonrisa ladeada, fría y triunfante. Sus ojos siguieron a Manoplas mientras este se alejaba con los hombros encogidos.
Para Lolo, aquello debía de ser una victoria perfecta.
No había tenido que golpearlo delante de un profesor. No había tenido que amenazarlo ni enfrentarse a ninguna consecuencia.
La propia institución había hecho el trabajo por él.
Había conseguido que Manoplas fuera señalado oficialmente como el problema.
Y lo mejor era que, a partir de ese momento, cualquier intento del omega por defenderse podía interpretarse como una nueva muestra de su supuesta conducta disruptiva.
Lolo bajó la mirada hacia su teléfono y sonrió.
—Te lo dije —murmuró Bruno a su lado—. Al final se lo han tragado todo.
—No era tan difícil —respondió Lolo, guardándose el móvil—. Solo había que saber a quién contarle las cosas.
Los tres volvieron a reír.
Manoplas no llegó a escuchar aquella conversación, pero no necesitaba hacerlo para comprender que aquello no había terminado.