La invitación cruel
El sobre llegó a la taquilla de Manoplas a primera hora del jueves, un par de días antes de la celebración de primavera.
No llevaba el membrete oficial del instituto ni los típicos panfletos coloridos con los que el comité de estudiantes anunciaba la fiesta. Tampoco tenía el aspecto de una nota improvisada o de alguna broma escrita a toda prisa. Era un sobre de cartulina gruesa, de un tono oscuro y elegante, con los bordes perfectamente doblados. Alguien lo había colocado en el centro de su casillero, justo donde pudiera verlo en cuanto abriera la puerta metálica.
Destacaba demasiado entre los casilleros oxidados y las pegatinas desgastadas del pasillo.
Y eso era precisamente lo que pretendía.
Manoplas se detuvo frente a su taquilla. Durante unos segundos no hizo nada. Observó el sobre con cautela, como si pudiera reconocer la intención de quien lo había dejado allí antes incluso de abrirlo.
A su alrededor, varios estudiantes conversaban mientras guardaban sus libros. Algunos se percataron de su presencia y comenzaron a mirarlo de reojo. Otros intercambiaron sonrisas cómplices.
Aquello no le gustó.
Últimamente había aprendido que, cuando demasiadas personas parecían estar pendientes de él, casi nunca era por algo bueno.
Introdujo la mano en el casillero y tomó el sobre.
La cartulina era firme y tenía un pequeño sello decorativo en la solapa. No había nombre de remitente, pero no necesitaba buscarlo. Una parte de él ya sabía quién estaba detrás.
Lo abrió con los dedos rígidos.
Dentro encontró una tarjeta del mismo material, escrita con una caligrafía impecable, exageradamente cuidada. La tinta negra resaltaba sobre el fondo claro.
Leyó el mensaje una vez.
Después volvió a leerlo.
«Para el miembro más... singular de nuestro curso.
Sería una pena que la pista de baile se quedara sin tu presencia estelar. Estás formalmente invitado a la fiesta de primavera.
Ven como quieras, total, el resultado va a ser el mismo.
—L.»
Manoplas permaneció inmóvil.
No era una invitación.
Era una burla disfrazada de cortesía.
La palabra «singular» estaba escrita con una delicadeza casi ofensiva. El resto del mensaje no dejaba lugar a dudas. Lolo no quería que asistiera porque lo considerara parte del grupo. Quería que fuera para convertirlo en el entretenimiento de la noche.
—¿Qué es eso?
La pregunta llegó desde un lado.
Manoplas giró ligeramente la cabeza. Una chica que pasaba junto a él había visto la tarjeta y trataba de disimular su curiosidad.
—Nada —respondió, guardándola parcialmente entre los dedos.
—Parece una invitación.
No contestó.
La chica sonrió de manera incómoda y continuó su camino, aunque no tardó en acercarse a otra compañera para susurrarle algo. Las dos miraron hacia él antes de alejarse.
Manoplas sintió que el pasillo se hacía más pequeño.
Un par de mesas más allá, apoyados contra la pared, estaban Lolo, Bruno y Dante.
Los tres observaban la escena.
Dante se tapaba la boca con los dedos para ahogar una carcajada. Bruno tenía los brazos cruzados y una expresión divertida, mientras que Lolo permanecía ligeramente apartado, con los hombros relajados y una suficiencia calculada.
No necesitaba reírse.
Disfrutaba demasiado de la reacción que esperaba provocar.
—¿Te ha llegado algo interesante? —preguntó Dante, alzando la voz.
Algunos alumnos se volvieron.
Manoplas bajó los ojos hacia la tarjeta.
—Parece que alguien se ha tomado muchas molestias —añadió Bruno.
—Hay que reconocer que tiene estilo —comentó Dante—. No todos los días recibes una invitación tan especial.
Lolo se separó de la pared y avanzó unos pasos.
—Espero que te guste —dijo con una sonrisa tranquila—. No quería que te sintieras excluido.
Aquellas palabras provocaron algunas risas.
Manoplas conocía demasiado bien ese tono. Era el mismo que Lolo utilizaba cuando fingía estar siendo amable delante de un profesor o cuando quería que los demás creyeran que él era quien sufría las molestias de un omega demasiado sensible.
—La fiesta es para todos los alumnos —continuó Lolo—. Sería injusto que tú fueras el único que no pudiera disfrutarla.
—Qué considerado —murmuró Manoplas.
La respuesta fue tan baja que apenas llegó a quienes estaban más cerca.
Pero Lolo la escuchó.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿Ves? Sabía que te haría ilusión.
Manoplas apretó la tarjeta.
No era una invitación para integrarse. Era un señuelo.
Lolo quería arrastrarlo al centro de la multitud, exponerlo bajo las luces estroboscópicas y convertirlo en el hazmerreír de todo el instituto frente a la manada entera. Querían observar su incomodidad, grabar sus reacciones y tener nuevas imágenes con las que alimentar las burlas de los días siguientes.
Quizá ya habían pensado en qué hacer cuando llegara.
Quizá incluso habían preparado alguna sorpresa.
La idea le revolvió el estómago.
Recordó la fotografía que Lolo había publicado. Los mensajes que había recibido. Las risas de los compañeros y la facilidad con la que todos habían aceptado la versión que les convenía. Recordó también el castigo, la sensación de estar condenado antes de que alguien se molestara en escucharlo.
Durante mucho tiempo, cada nueva humillación había conseguido que se encerrara un poco más en sí mismo.
Pero esta vez no quería reaccionar como esperaban.
—¿No vas a dar las gracias? —preguntó Dante.
Manoplas levantó la cabeza.
—¿Por qué?
Dante dejó de sonreír durante un instante.
—Por la invitación, idiota.
—Ya la he leído.
—No parece que estés muy agradecido.
—No sabía que tuviera que estarlo.
Bruno soltó una exclamación burlona.
—Mira, parece que hoy tiene ganas de hablar.