La noche de los focos
El aire del gimnasio estaba cargado de una mezcla desagradable de alcohol de baja calidad, sudor y perfumes demasiado intensos. Los altavoces retumbaban contra las paredes, haciendo vibrar el suelo de madera, mientras las luces estroboscópicas cortaban la penumbra en ráfagas violentas de azul, violeta y blanco.
La fiesta de primavera se había convertido en un espectáculo de música, risas y falsas sonrisas. Los alumnos ocupaban la pista, se agrupaban junto a las mesas de bebidas y posaban para fotografías que, seguramente, acabarían circulando por las redes del instituto antes de que terminara la noche.
Todos parecían interpretar un papel.
Los populares fingían ser intocables. Los que aspiraban a serlo reían las bromas de los demás. Los alfas dominantes ocupaban los espacios centrales, mientras que muchos omegas se movían entre los grupos procurando no llamar demasiado la atención.
Y en medio de aquel escenario, Manoplas era consciente de que su presencia no había sido bien recibida.
Cruzó el umbral del gimnasio con la capucha de su sudadera oscura echada sobre la frente. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos y los hombros ligeramente encogidos. Había pasado buena parte de la tarde pensando en no acudir. Incluso había llegado a sacar la tarjeta de su bolsillo y dejarla sobre el escritorio de su habitación.
Podía quedarse en casa.
Nadie iba a obligarlo a atravesar aquellas puertas.
Pero después había recordado la sonrisa de Lolo, la forma en que había pronunciado aquellas palabras delante de todos y la seguridad con la que había anunciado que lo esperaba en la fiesta.
No quería darle la satisfacción de verlo esconderse.
Así que había ido.
Apenas dio tres pasos hacia el interior cuando percibió que algunas conversaciones cambiaban de tono. Un par de alumnos giraron la cabeza. Otros se inclinaron para susurrarse algo al oído. Las risas ahogadas comenzaron a extenderse a sus espaldas.
El gentío no se abrió de manera evidente, pero sí lo suficiente para que Manoplas sintiera que caminaba por un espacio vacío rodeado de personas.
Reconoció algunas caras.
Algunos habían presenciado las burlas del pasillo. Otros habían visto la fotografía que Lolo publicó. También estaban los que nunca habían participado directamente, pero que siempre encontraban motivos para reírse cuando alguien lo hacía.
Nadie se acercó a saludarlo.
Manoplas tragó saliva y continuó avanzando.
No había ido para hacer amigos.
En el centro exacto de la pista, bajo el cono de luz más brillante, Lolo reinaba absoluto.
Sostenía un vaso rojo en una mano mientras conversaba relajadamente con Bruno y Dante. Llevaba una expresión despreocupada, como si la fiesta entera hubiera sido organizada para satisfacer sus deseos. A su alrededor se concentraban varios alumnos que escuchaban sus historias y celebraban cada comentario.
Cuando vio aparecer a Manoplas, ladeó la cabeza.
Su sonrisa se ensanchó lentamente.
Era la expresión de alguien que acababa de recibir exactamente lo que esperaba.
—Vaya, miren quién decidió aparecer por fin.
La voz de Lolo se elevó por encima de la música, capturando la atención de los curiosos más cercanos.
—Pensé que te habías quedado encerrado en tu cueva, Manoplas. Aunque bueno, supongo que un bicho raro necesita salir a que le dé un poco de aire de vez en cuando.
Las carcajadas estallaron casi inmediatamente.
Algunos alumnos se rieron por diversión. Otros lo hicieron mirando a Lolo, buscando su aprobación. Un par levantaron sus teléfonos, como si esperaran que la noche les proporcionara una nueva escena digna de grabar.
Manoplas sintió el impulso de bajar la cabeza.
Lo reconoció enseguida: aquella reacción automática que tantas veces había intentado controlar. El cuerpo recordaba las humillaciones incluso cuando la mente se empeñaba en fingir que ya no dolían.
Apretó los dedos dentro de los bolsillos.
Siguió caminando.
—¿No vas a saludar? —preguntó Dante, apareciendo delante de él.
El amigo de Lolo se había apartado del grupo para bloquearle el camino lateral. Sostenía un vaso de plástico y lucía un brillo de burla en los ojos.
—Vamos, no pongas esa cara de amargado —espetó—. Lolo se ha molestado personalmente en firmar tu invitación para que te sientas incluido. ¿No vas a darle las gracias al jefe por tener tanta consideración con los marginados?
Manoplas intentó pasar por un lado.
Dante se movió al mismo tiempo, impidiéndoselo.
—¿Adónde vas?
—Déjame pasar —respondió Manoplas.
Su voz salió más firme de lo que esperaba.
Dante arqueó las cejas.
—¿Cómo dices?
—Que quiero pasar.
La sonrisa del otro se volvió más amplia.
—Vaya, qué carácter.
Dante le dio un empujón disimulado en el hombro. No fue suficiente para tirarlo al suelo, pero sí para desequilibrarlo. Manoplas retrocedió y tropezó contra una de las mesas de los refrescos.
Varios vasos de plástico tintinearon. Uno cayó al suelo y derramó parte de su contenido sobre la madera.
El ruido provocó una nueva oleada de risas.
—¡Cuidado! —exclamó alguien, fingiendo preocupación.
Manoplas se enderezó lentamente.
Notó el líquido frío salpicándole la manga. Miró el vaso caído y después a Dante.
—Ha sido sin querer —dijo este, levantando las manos en un gesto exagerado de inocencia—. No me digas que ahora también vas a quejarte por eso.
El semicírculo de curiosos se había hecho más grande. Algunos observaban con una expectación incómoda. Otros tenían los teléfonos preparados.
Manoplas comprendió que aquello no era improvisado.
Lo habían estado esperando.
La invitación, las bromas del pasillo y las sonrisas cómplices no eran más que el comienzo. Lolo había preparado aquella noche para que él se convirtiera en el entretenimiento de todos.