El último pacto

24- La verdad en pantalla

El vídeo completo

El apagón repentino duró apenas cinco segundos.

Sin embargo, el grito ahogado de sorpresa que recorrió el gimnasio pareció estirar el tiempo hasta convertirlo en una eternidad.

Durante aquellos instantes, nadie supo qué hacer. La música había desaparecido, las luces se habían extinguido y el recinto entero había quedado sumido en una oscuridad absoluta. Se escucharon algunos golpes, vasos cayendo al suelo y voces que llamaban a sus amigos.

Después, las luces de emergencia se encendieron de golpe.

Un resplandor rojo bañó las paredes, las mesas y los rostros desconcertados de los alumnos. El gimnasio adquirió un aspecto completamente distinto. La decoración primaveral, las guirnaldas luminosas y los adornos que antes parecían alegres ahora proyectaban sombras inquietantes sobre el suelo.

Pero lo más extraño no era la oscuridad.

El olor a tierra mojada y ozono seguía flotando en el ambiente.

Manoplas permanecía junto a la columna, con las manos profundamente enterradas en los bolsillos de su sudadera. No se había movido durante el apagón. Tampoco había intentado buscar una salida.

Tenía la sensación de que algo acababa de cambiar, aunque todavía no comprendía qué.

En el centro de la pista, Lolo parpadeó varias veces, intentando reajustar la vista. Bajó el vaso de plástico y miró a su alrededor con evidente irritación.

—¿Qué broma de mal gusto es esta? —masculló, girándose hacia Bruno y Dante—. Que alguien encienda los putos plomos. ¿Quién ha tocado el cuadro eléctrico?

Dante se encogió de hombros.

—Yo no he sido.

—Pues haz algo.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que vaya a buscar al técnico?

Bruno miraba hacia el techo, tratando de localizar el origen del problema.

—Igual ha saltado el automático.

—Pues que lo arreglen —espetó Lolo.

Su tono de voz conservaba aquella autoridad que tanto le gustaba utilizar. Estaba acostumbrado a que los demás reaccionaran cuando daba una orden, incluso cuando no tenía ninguna razón para darla.

Sin embargo, aquella vez nadie pareció prestarle demasiada atención.

Los alumnos comenzaron a murmurar. Algunos encendieron las linternas de sus teléfonos y otros se agruparon junto a las puertas, preguntándose si debían abandonar el gimnasio.

—¿Se ha ido la luz de todo el instituto?

—¿Habrá sido un cortocircuito?

—¡Eh, mirad la pantalla!

La voz de una chica interrumpió las conversaciones.

Todos giraron la cabeza hacia el escenario principal.

La enorme pantalla de proyecciones, que hasta hacía unos minutos mostraba gráficos abstractos de la fiesta y anuncios del comité estudiantil, parpadeó con violencia.

Primero apareció una imagen distorsionada.

Después, una línea horizontal atravesó la superficie.

El zumbido de los altavoces cambió de frecuencia. Un sonido metálico, profundo y desagradable, retumbó en cada rincón del gimnasio, como el crujido de una estructura antigua sometida a demasiada presión.

Las conversaciones se apagaron poco a poco.

Lolo frunció el ceño.

—¿Qué demonios...?

La pantalla volvió a parpadear.

Y entonces cobró vida.

No apareció ningún vídeo institucional ni ninguna imagen promocional de la fiesta. Tampoco comenzaron a reproducirse las fotografías que el comité había preparado para entretener a los asistentes.

Lo que iluminó la oscuridad del recinto fue una grabación en alta definición.

La imagen mostraba el pasillo principal del instituto, junto a las taquillas metálicas.

La cámara estaba situada en un ángulo elevado, lo bastante lejos para abarcar una buena parte del corredor, pero con una nitidez que permitía distinguir perfectamente a las personas que aparecían en él.

Durante un instante, nadie reconoció la escena.

Hasta que alguien pronunció un nombre.

—¿Ese no es Lolo?

El murmullo recorrió el gimnasio.

En la pantalla aparecía el alfa.

No el Lolo relajado y magnánimo que sonreía en las fiestas, ni el alumno popular que parecía tener siempre una respuesta ingeniosa para todo.

Era otro.

Uno al que muchos habían preferido no mirar demasiado de cerca.

En la grabación, Manoplas aparecía junto a su taquilla, sujetando varios apuntes contra el pecho. Lolo se acercaba por el pasillo y le bloqueaba el paso. El omega intentaba apartarse, pero el alfa se movía para impedirle avanzar.

La imagen continuó.

Lolo le arrebataba los apuntes de las manos y los arrojaba al suelo.

Manoplas se agachaba para recogerlos.

Entonces el alfa se inclinaba hacia él y parecía decirle algo. Aunque todavía no se escuchaba el audio, su expresión era suficiente para reconocer la agresividad del gesto.

—¿Qué es esto? —murmuró una alumna.

Nadie respondió.

La grabación siguió avanzando.

Se veía cómo Manoplas intentaba esquivarlo, cómo Lolo le cerraba el paso otra vez y cómo, de pronto, el alfa se lanzaba contra la pared. Su hombro golpeaba el borde metálico de una taquilla.

Después se llevaba una mano a la zona del impacto y adoptaba una expresión de dolor.

La escena era clara.

No había ningún golpe de Manoplas.

No había ningún ataque.

La supuesta agresión que había servido para justificar la sanción del omega acababa de mostrarse desde un ángulo completamente diferente.

Lolo se quedó inmóvil.

El vaso rojo que sostenía en la mano comenzó a inclinarse. Parte de la bebida se derramó sobre sus dedos, pero no pareció darse cuenta.

—Apagad eso —ordenó.

Su voz sonó extrañamente débil.

Nadie se movió.

—He dicho que lo apaguéis.

Bruno miró hacia la pantalla y después a Lolo.

—Tío, espera...

Pero el vídeo todavía no había terminado.

El zumbido de los altavoces se interrumpió durante una fracción de segundo. Después, el audio comenzó a reproducirse con una claridad pasmosa.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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