El último pacto

25- La caída del intocable

La discusión

Los gritos de Lolo rebotaban contra las paredes del gimnasio, una rabieta de alfa herido que intentaba aplastar con decibelios lo que ya no podía sostener con mentiras. Su voz se mezclaba con el murmullo de los alumnos, que empezaban a retroceder, intercambiando miradas incómodas y desviando la vista cuando él los observaba.

Hacía apenas unos minutos todos habían contemplado cómo el vídeo aparecía en la pantalla. Habían visto a Lolo amenazar a Manoplas, arrebatarle sus cosas y preparar aquella falsa agresión que había terminado costándole una sanción injusta al omega.

Ya no podían fingir que no sabían nada.

Algunos parecían avergonzados. Otros estaban demasiado sorprendidos para reaccionar. Y unos cuantos, los mismos que hasta hacía poco se reían de cada humillación, ahora mantenían sus teléfonos en las manos, sin atreverse a grabar abiertamente.

Manoplas había girado la espalda para abandonar el recinto. No quería quedarse allí más tiempo. Había conseguido algo que hasta hacía unas horas le parecía imposible: que todos vieran una parte de la verdad. No necesitaba escuchar los gritos de Lolo para saber que aquello no había terminado.

Sin embargo, se detuvo en seco al escuchar una voz familiar que se alzó por encima de las amenazas del alfa.

No fue el miedo lo que lo frenó, sino el tono.

—Basta ya, Lolo. Cierra la boca de una vez.

El murmullo general se congeló.

Todos los rostros giraron hacia el lateral de la pista.

Allí estaba Sacha.

Había permanecido durante meses en la sombra del séquito de Lolo. No era uno de sus amigos más cercanos, pero tampoco había sido un simple espectador. Había compartido espacios con él, se había reído alguna vez de sus comentarios y, sobre todo, había elegido guardar silencio cada vez que presenciaba una de sus crueldades.

Era un alfa de rango medio, suficientemente fuerte como para no dejarse intimidar por cualquiera, pero consciente de que enfrentarse a Lolo significaba convertirse en su próximo objetivo.

Hasta aquella noche.

Sacha había dado un paso al frente. Tenía los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Su expresión no mostraba la seguridad de alguien que estuviera disfrutando del momento, sino el cansancio de quien llevaba demasiado tiempo tragándose palabras.

Lolo se quedó de una pieza.

Sus ojos se clavaron en él y, durante un instante, pareció incapaz de comprender lo que acababa de escuchar.

—¿Qué has dicho, estúpido? —siseó, girándose bruscamente hacia Sacha.

Dio dos zancadas amenazantes en su dirección. Su presencia alfa se expandió por el gimnasio, cargada de aquella presión que tantas veces había utilizado para conseguir que los demás bajaran la cabeza.

—¿Te crees muy valiente ahora porque un parásito ha puesto un vídeo manipulado? ¡Te voy a romper la cara!

Sacha no retrocedió, aunque sus hombros se tensaron ligeramente.

—No hay ninguna manipulación y lo sabes, Lolo.

—¡Cállate!

—No. Esta vez no.

La respuesta provocó un nuevo murmullo entre los estudiantes.

Sacha descruzó los brazos y señaló la pantalla, que todavía permanecía encendida sobre el escenario. La imagen se había detenido en el último fotograma del vídeo: Lolo sujetando a Manoplas por la ropa, con el rostro desencajado por la rabia.

—Todo el mundo ha visto lo que hacías en el pasillo —continuó—. Hemos escuchado tus amenazas. Hemos visto cómo preparabas una mentira para que lo castigaran a él. ¿Qué más necesitas para admitirlo?

—¡No sabes de qué estás hablando!

—Sí que lo sé. Y tú también.

Lolo apretó los puños.

—Te recuerdo que hasta ayer estabas de mi lado.

Sacha bajó la mirada durante un segundo. Aquella frase había dado justo donde pretendía. No podía negar que había formado parte de su círculo ni que había permanecido callado mientras otros sufrían las consecuencias.

—Sí —admitió finalmente—. Y no voy a fingir que eso me deja fuera de todo. También me equivoqué por no decir nada antes.

La respuesta pareció desconcertar a Lolo más que cualquier insulto.

Sacha respiró hondo y volvió a mirarlo.

—Pero se acabó. Estamos hartos de tus numeritos y de tus amenazas de matón de patio de colegio. Si alguien tiene que pirarse de este instituto o callarse la boca, eres tú.

El silencio que siguió a esas palabras fue absoluto.

Ningún alfa se había atrevido a hablarle así a Lolo en años. Mucho menos alguien que había estado cerca de su grupo.

Dante miró a Bruno, esperando que alguno de los dos reaccionara. Sin embargo, ninguno parecía tener claro qué hacer. Hasta entonces habían sabido perfectamente cuál era su papel: respaldar a Lolo, reír sus bromas y ayudarlo a mantener a los demás bajo control.

Ahora, por primera vez, esa lealtad parecía tener un precio demasiado alto.

—¿También tú? —preguntó Lolo, mirando a Sacha con incredulidad—. ¿Después de todo lo que he hecho por vosotros?

—No confundas tenernos cerca con tenernos de tu propiedad —contestó Sacha.

Aquello terminó de encenderlo.

Lolo avanzó hacia él, pero Bruno lo sujetó por el brazo.

—Déjalo, tío —murmuró—. Hay demasiada gente mirando.

—¡Suéltame!

—Lolo, piensa un momento.

—¡He dicho que me sueltes!

Bruno obedeció, aunque no volvió a colocarse a su lado. Dante, por su parte, observaba la pantalla con una expresión difícil de interpretar. La seguridad que ambos habían mostrado durante tanto tiempo empezaba a resquebrajarse.

Fue entonces cuando Manoplas dio media vuelta.

Sus pasos resonaron con una lentitud deliberada sobre el suelo de madera, cortando la distancia entre el fondo de la sala y el epicentro de la discusión.

No tenía intención de intervenir. Al menos, eso se había repetido mientras caminaba hacia la salida. Pero escuchar a Sacha enfrentarse a Lolo había despertado algo que no esperaba: la sensación de que quizá no era el único que estaba cansado de vivir bajo las reglas de aquel alfa.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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