El golpe
El silencio que siguió a las palabras de Manoplas en el centro del gimnasio fue tan denso que el zumbido de los altavoces apagados parecía el único sonido en todo el edificio.
Las luces de emergencia teñían las paredes de un rojo tenue. Sobre el escenario, la pantalla todavía conservaba la última imagen del vídeo: Lolo sujetando a Manoplas por la ropa, con el rostro deformado por la rabia. Aquella escena permanecía congelada ante todos, como una acusación que nadie podía borrar.
Las feromonas de Lolo, desbocadas por la rabia y la humillación de verse desafiado en público —y por duplicado—, saturaron el aire con una pesadez asfixiante.
El alfa miró a Sacha. Después a Manoplas. Finalmente, recorrió el gimnasio con los ojos, buscando alguna señal de apoyo entre quienes hasta hacía poco lo habían seguido sin cuestionarlo.
No encontró lo que esperaba.
Algunos alumnos lo observaban con miedo. Otros con indignación. Varios mantenían sus teléfonos levantados, aunque intentaban disimularlo. Incluso Dante y Bruno parecían incapaces de decidir si debían acercarse a él o mantenerse al margen.
Lolo apretó los dientes.
Aquello no podía estar pasando.
Él era quien decidía quién hablaba, quién se sentaba con quién y quién tenía derecho a ocupar un espacio sin recibir una burla. Durante años había conseguido que todos aceptaran sus reglas. Había confundido el respeto con el miedo y la obediencia con la lealtad.
Y ahora un omega al que había considerado insignificante se encontraba delante de él, sin bajar la mirada.
—Te voy a arrancar esa maldita calma de cuajo, hijo de puta —bramó.
Sacha dio un paso hacia delante.
—Lolo, ni se te ocurra.
Pero el alfa ya no estaba escuchando.
Las advertencias de los profesores, las normas del instituto y la propia lógica de su estatus se desintegraron en el instante exacto en que comprendió que había perdido el control. Ya no estaba pensando en las consecuencias. Solo quería borrar aquella expresión del rostro de Manoplas, hacer que retrocediera y recuperar, aunque fuera por la fuerza, la autoridad que acababa de perder delante de todos.
—¡Lolo! —insistió Sacha.
El movimiento fue tan rápido que apenas dio margen de reacción.
Lolo se zafó del amago de intervención de Sacha con un manotazo violento y se abalanzó directamente sobre Manoplas.
No hubo advertencia ni juego psicológico previo. Fue un ataque visceral, nacido de una rabia que ya no intentaba ocultar.
Manoplas apenas tuvo tiempo de levantar los brazos.
El puño derecho del alfa, cerrado con una fuerza brutal, impactó de lleno contra su pómulo izquierdo.
El golpe seco resonó en el gimnasio como un trueno.
La cabeza del omega se desplazó violentamente hacia un lado y sus piernas perdieron estabilidad. El impacto lo lanzó contra el suelo de madera, donde cayó de costado con un golpe sordo que hizo tintinear los vasos de plástico de las mesas cercanas.
Durante un instante, nadie reaccionó.
Después, un grito de sorpresa colectiva recorrió el recinto.
—¡Dios mío!
—¡Le ha pegado!
—¡Que alguien llame a un profesor!
Varios omegas retrocedieron despavoridos, llevándose las manos a la boca. Algunos alumnos se quedaron inmóviles, con los ojos abiertos de par en par. Otros levantaron sus teléfonos y comenzaron a grabar sin preocuparse ya por disimularlo.
Sacha se quedó paralizado apenas una fracción de segundo.
Luego se lanzó hacia Lolo.
—¡¿Pero qué coño haces?!
En el suelo, Manoplas permaneció tumbado de costado.
Durante unos segundos, el mundo se convirtió en una mezcla confusa de luces rojas, voces lejanas y un pitido agudo que le atravesaba los oídos. El dolor llegó después, extendiéndose desde el pómulo hasta la mandíbula.
Un hilo de sangre tibia comenzó a brotarle de la comisura del labio y le manchó la tela oscura de la sudadera.
Intentó respirar profundamente, pero el movimiento le provocó una punzada en el rostro.
Le dolía.
Le dolía muchísimo.
No era la primera vez que Lolo lo empujaba, lo acorralaba o lo hacía caer delante de otros. Pero nunca lo había golpeado así, sin esconderse, sin fingir que todo era una broma.
Esta vez no había excusas.
No podía decir que Manoplas lo había provocado. No podía inventar una historia sobre una agresión previa. No podía convencer a todos de que el omega había sido el culpable.
Lo habían visto.
Todos.
—¡Manoplas! —gritó alguien desde el fondo.
El omega parpadeó varias veces. Le costó enfocar las figuras que se movían a su alrededor. Quiso incorporarse, pero el mareo lo obligó a apoyar de nuevo la cabeza durante un instante.
A su alrededor, los murmullos crecían.
—Ha sido Lolo.
—Lo he grabado.
—No puede decir que se ha defendido.
—¡Que no lo toquen!
Lolo se cernió sobre él, con el pecho agitado por una respiración salvaje y los nudillos enrojecidos.
—¿Te levantas ahora, eh? —siseó—. ¿Quieres seguir jugando a los listos?
Manoplas intentó apartarse ligeramente, pero el dolor le recorrió el costado del rostro.
Lolo interpretó aquel movimiento como una señal de debilidad.
Alzó el pie con intención de propinarle una segunda patada.
—¡Ni se te ocurra!
Sacha se interpuso con un placaje seco y certero. Lo golpeó por el costado y consiguió derribarlo, apartándolo de Manoplas antes de que pudiera descargar el pie.
Ambos cayeron al suelo.
Lolo se revolvió de inmediato, intentando soltarse.
—¡Quítate de encima!
—¡Se acabó, Lolo!
Sacha lo sujetó por los hombros, haciendo fuerza para mantenerlo apartado.
—¡¿Estás loco o qué te pasa?! ¡Lo has golpeado delante de todo el mundo!
—¡Suéltame, imbécil!
Dante y Bruno corrieron hacia ellos. Por un momento pareció que iban a ayudar a Lolo, pero al ver la cantidad de teléfonos que apuntaban hacia el centro de la pista, dudaron.