El último pacto

27- Cómplices del miedo

El silencio de todos

El eco del golpe aún reverberaba en las paredes del gimnasio, fundiéndose con los gritos y el forcejeo entre Sacha, Dante y Bruno, que intentaban retener a un Lolo completamente fuera de sí.

Pero lo más escalofriante no fue la violencia de la agresión, sino lo que vino inmediatamente después: el silencio absoluto de la multitud.

Cientos de alumnos, alfas, betas y omegas por igual, se habían quedado congelados en semicírculo alrededor del epicentro del conflicto. Nadie parecía saber qué hacer. Algunos tenían la boca entreabierta; otros se habían llevado las manos al rostro. Unos cuantos sostenían sus teléfonos, aunque ninguno parecía atreverse a acercarse.

Nadie se movió.

Ningún profesor apareció para poner fin al caos.

La música continuaba apagada y las luces de emergencia proyectaban sombras rojizas sobre las paredes. El gimnasio, que minutos antes había estado lleno de risas, conversaciones y música, se había convertido en un escenario incómodo donde todos eran testigos de algo que ya no podían fingir que desconocían.

Manoplas, con el labio partido y la marca rojiza del golpe extendiéndose por su pómulo izquierdo, recorrió con la mirada los rostros que lo rodeaban.

Vio el miedo en los ojos de los omegas más jóvenes. Algunos parecían querer acercarse, pero sus pies permanecían clavados al suelo. Vio también a los alfas de cursos superiores, que observaban la situación con una expresión calculadora, intentando averiguar qué consecuencias tendría aquello antes de decidir de qué lado ponerse.

Y después estaban los demás.

Los que habían reído cuando Lolo lo humillaba.

Los que habían compartido su fotografía en los grupos del instituto.

Los que habían escuchado sus amenazas en los pasillos y habían preferido fingir que no eran asunto suyo.

Algunos bajaron la mirada cuando Manoplas los observó. Otros se limitaron a mirar a Lolo, esperando que recuperara el control de la situación y les indicara cómo debían reaccionar.

Nadie dio un paso al frente para ayudarlo a levantarse.

Nadie alzó la voz para condenar la agresión en aquel preciso instante.

El miedo a las represalias y la costumbre de cerrar los ojos ante los abusos pesaban más que cualquier atisbo de justicia.

Manoplas sintió algo extraño al contemplarlos.

Durante meses había imaginado que, si algún día alguien descubría lo que Lolo le hacía, todo cambiaría. Había pensado que los demás se indignarían, que alguien se acercaría a preguntarle si estaba bien, que por fin dejaría de sentirse como un intruso en su propio instituto.

Pero allí estaban todos.

Mirándolo.

Esperando.

Y él seguía en el suelo.

La realidad resultaba mucho más amarga que cualquiera de sus fantasías.

Bruno, que ya había logrado sujetar a Lolo por el brazo con la ayuda de Dante, miró de reojo a la multitud. Al darse cuenta de que nadie parecía dispuesto a intervenir, soltó una risa nerviosa. Intentaba recuperar el control de una situación que se le estaba escapando de las manos.

—¿Qué pasa? ¿A qué tanto drama? —espetó, elevando la voz para que todos lo escucharan—. El bicho raro se lo ha buscado por provocar. Nadie ha visto nada, ¿verdad?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Algunos alumnos se removieron incómodos.

Una chica bajó inmediatamente el teléfono que había estado utilizando para grabar. Un beta que se encontraba cerca de las mesas apartó la mirada. Dos estudiantes intercambiaron una mirada rápida, pero ninguno respondió.

Bruno sonrió, creyendo que había conseguido lo que quería.

—Eso pensaba.

—¿De verdad vas a decir eso? —preguntó Sacha.

Su voz sonó ronca por el esfuerzo de mantener a Lolo sujeto.

Bruno giró la cabeza.

—No te metas, Sacha.

—Lo ha golpeado delante de todos.

—Porque Manoplas no deja de provocarlo.

—¿Provocarlo? —repitió Sacha, incrédulo—. ¿Ahora resulta que también tiene la culpa de recibir un puñetazo?

Bruno apretó la mandíbula.

—No sabes lo que ha pasado entre ellos.

—Lo hemos visto todos.

Dante miró hacia la multitud y después hacia Lolo. Su expresión se había vuelto más seria. Parecía comprender que aquella vez no bastaría con repetir las mismas excusas de siempre.

Sin embargo, no dijo nada.

Lolo, respirando con dificultad y con el pecho todavía agitado por la furia, fijó sus ojos en Manoplas. Una sonrisa torcida y arrogante comenzó a dibujarse de nuevo en sus labios.

Había recuperado algo de confianza al comprobar que la multitud seguía paralizada.

Para él, aquel silencio significaba que todavía tenía poder.

Que, pese al vídeo, pese a las palabras de Sacha y pese a la agresión que acababa de cometer, los demás seguirían teniendo miedo de enfrentarse a él.

—Ya lo has oído, Manoplas —dijo con voz ronca, sacudiéndose el uniforme y enderezándose con falsa autoridad—. Aquí nadie va a decir nada.

Hizo una pausa, disfrutando de la atención que todavía conseguía atraer.

—Estás tú solo contra todos.

Manoplas levantó lentamente la cabeza.

Sacha apretó los dientes con rabia, dispuesto a replicar, pero antes de que pudiera abrir la boca, el omega levantó una mano para frenarlo.

—Espera —murmuró.

—Pero...

—Déjalo.

Sacha lo miró con preocupación. Manoplas todavía estaba apoyado en el suelo y tenía una mano cerca del rostro. La sangre le había dejado una pequeña mancha en la comisura de los labios.

—No tienes que aguantar esto —le dijo Sacha en voz baja.

Manoplas no respondió.

Aún no sabía si podía confiar en él. Sacha había tardado demasiado en enfrentarse a Lolo, y una sola intervención no borraba todos aquellos meses de silencio. Pero, por primera vez, alguien había intentado detener una agresión sin esperar nada a cambio.

Aquello era diferente.

Aún apoyado en el suelo, Manoplas se pasó despacio el dorso de la mano por el labio roto. Se llevó los dedos manchados de sangre roja y brillante y los observó durante unos segundos.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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