El último día
La luz del amanecer se filtraba a través de las persianas rotas de la habitación, proyectando franjas grises y polvorientas sobre las sábanas.
Manoplas llevaba horas despierto, sentado al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. No había conseguido dormir más de unos minutos seguidos. Cada vez que cerraba los ojos, regresaba al gimnasio: las luces rojas de emergencia, los gritos, el rostro desencajado de Lolo y, finalmente, aquel puño que había impactado contra su cara.
El lado izquierdo de su rostro seguía inflamado. Una mancha violácea se extendía desde el pómulo hasta cerca de la mandíbula, y la comisura de sus labios continuaba abierta. El maquillaje barato de la farmacia apenas había conseguido disimularlo.
Cada respiración le recordaba el golpe de la noche anterior.
Pero el dolor físico no era nada comparado con el peso de plomo que se le había instalado en el pecho.
Durante meses, su estrategia había sido la resistencia fría. Había aguantado los rumores, las zancadillas, el aislamiento sistemático y la falsa superioridad de Lolo. Había soportado las burlas de Dante, las risas de Bruno y las miradas de quienes preferían apartarse antes que convertirse en el siguiente objetivo.
Había aprendido a caminar pegado a las paredes, a reconocer los pasos de Lolo antes de verlo y a medir cada palabra para no darle motivos con los que atacarlo.
Incluso había llegado a creer que, si conseguía soportarlo todo, algún día las cosas cambiarían.
La fotografía, el vídeo, las amenazas y la sanción injusta habían terminado por convertir su vida escolar en una sucesión interminable de días que apenas se diferenciaban entre sí.
Y, sin embargo, aquella noche había sido distinta.
Lolo lo había golpeado delante de todos. Sin esconderse, sin inventar una excusa y sin poder culpar a nadie más.
La verdad había quedado expuesta.
Pero la verdad no había borrado el dolor.
En el silencio de aquella madrugada, Manoplas sintió algo que no había permitido aflorar ni en sus peores momentos: agotamiento absoluto.
Ya no quedaba rabia caliente. Solo una fatiga tan profunda que le entumecía los dedos. Estaba cansado de tener miedo, de esconder las heridas y de fingir ante su madre que todo marchaba bien.
Cansado de que cada rincón del instituto pareciera pertenecerle a Lolo.
Se llevó una mano al rostro y cerró los ojos.
Por primera vez, no estaba pensando en cómo soportar el siguiente ataque.
Estaba pensando en cómo salir de aquella situación.
Se puso en pie con lentitud y caminó hasta el espejo del recibidor. La imagen que le devolvió el cristal era la de un extraño: pálido, con la comisura de los labios cortada y una mirada tan vacía que le costó reconocerse.
Se observó durante varios segundos.
—No puedo seguir así —murmuró.
La frase apenas tuvo volumen, pero al escucharla sintió que algo se acomodaba dentro de él.
No era una promesa de venganza. Tampoco una declaración de valentía repentina. Seguía teniendo miedo y no sabía qué iba a pasar cuando volviera a encontrarse con Lolo.
Pero había una diferencia.
Ya no quería limitarse a sobrevivir a cada día.
Desde la cocina llegó el ruido de una taza.
Su madre se había levantado temprano. Estaba preparando café antes de marcharse al trabajo y parecía tan cansada como siempre. Cuando Manoplas apareció en la puerta, ella levantó la vista.
—Cariño, ¿ya estás despierto?
—Sí.
Su madre dejó la cuchara sobre la encimera.
—¿Has dormido algo?
—Un poco.
Ella lo observó con atención. Su mirada se detuvo en el lado izquierdo de su cara, donde el maquillaje no conseguía ocultar del todo la inflamación.
—¿Qué te ha pasado ahí?
Manoplas bajó ligeramente la cabeza.
—Me di un golpe.
—¿Contra qué?
No respondió enseguida.
Su madre se acercó, pero se detuvo antes de tocarle el rostro.
—Eso no parece un golpe cualquiera.
—Estoy bien, mamá.
—No tienes que decirme que estás bien si no lo estás.
Aquellas palabras le hicieron apretar los labios.
Durante un instante estuvo a punto de contárselo todo. La fotografía, las amenazas, el vídeo, la agresión y los meses de humillaciones que había ocultado para no preocuparla.
Pero el miedo volvió a cerrarle la garganta.
No quería verla sufrir. No quería imaginarla enfrentándose al instituto, agotada después de sus turnos, mientras los demás intentaban convencerla de que su hijo era el problema.
—Luego hablamos —dijo finalmente.
Su madre no pareció satisfecha con la respuesta, pero tampoco lo presionó.
—De acuerdo. Pero prométeme que, si necesitas que te lleve al médico, me lo dirás. Esa cara tiene que revisarla alguien.
Manoplas asintió.
Ella le preparó algo para desayunar y dejó un vaso de agua junto al plato. Antes de marcharse, le acarició suavemente el hombro.
—No tienes que poder con todo tú solo.
Él permaneció inmóvil mientras la puerta se cerraba.
Aquella frase se quedó flotando en la cocina mucho después de que su madre se hubiera marchado.
No tienes que poder con todo tú solo.
Quizá había llegado el momento de dejar de intentarlo.
Regresó a su habitación y abrió el cajón de la mesilla. Entre algunos papeles arrugados y los restos de su antiguo cuaderno, sus dedos rozaron la fría superficie metálica de la vieja llave herrumbrada que había encontrado en el cobertizo.
La sacó despacio.
Era pequeña, pesada para su tamaño y tenía una capa de óxido alrededor de los dientes. No parecía pertenecer a ninguna cerradura moderna. Desde que la había encontrado, no había conseguido apartarla de su pensamiento.
El recuerdo del cobertizo, del crujido de la madera y de aquella atmósfera espesa de petricor le recorrió la columna con un escalofrío.