El límite
La jornada escolar avanzaba envuelta en una atmósfera irrespirable. Los pasillos estaban más silenciosos de lo habitual, pero no era un silencio tranquilo. Era una tensión espesa, cargada de murmullos y miradas furtivas, donde nadie se atrevía a pronunciar en voz alta lo que todos comentaban a escondidas.
El vídeo de la fiesta seguía circulando de móvil en móvil. Algunos alumnos lo habían compartido tantas veces que ya conocían de memoria cada palabra de la grabación. Otros aseguraban haber visto también el momento en que Lolo golpeaba a Manoplas. La imagen del alfa perdiendo el control había destrozado parte de su reputación, pero no había conseguido borrarlo de la vida del instituto.
Lolo seguía allí.
Y eso era precisamente lo que más inquietaba a Manoplas.
Privado de su fachada de chico intocable y cuestionado por algunos de quienes antes lo seguían sin rechistar, el alfa se había vuelto impredecible. Ya no caminaba por los pasillos con aquella sonrisa despreocupada. Sus gestos eran bruscos, sus respuestas cortantes y sus feromonas parecían escapar de su control cada vez que alguien mencionaba la fiesta.
Manoplas lo había visto aquella mañana desde el otro extremo del patio.
Lolo estaba rodeado de Dante y Bruno, aunque la conversación parecía haber perdido la naturalidad de antes. Bruno apenas lo miraba a los ojos y Dante se esforzaba demasiado por reírse de sus comentarios.
La manada empezaba a resquebrajarse.
Pero Manoplas sabía que un animal acorralado podía resultar más peligroso que uno acostumbrado a dominar.
Eran pasadas las dos de la tarde cuando se dirigió hacia los baños del fondo del ala norte. Era un rincón apartado, poco transitado, donde las tuberías siempre goteaban y el pestillo de la puerta llevaba semanas roto.
Necesitaba estar solo unos minutos.
Desde aquella mañana tenía un dolor persistente en la cabeza y la inflamación de su pómulo no había disminuido. La profesora Gómez le había recomendado que pasara por enfermería, pero él había conseguido aplazarlo con la promesa de hacerlo después.
También le había dicho que quería hablar con ella.
No había olvidado el mensaje que le había enviado, aunque todavía no había recibido respuesta.
Abrió el grifo y dejó que el agua fría le recorriera las manos. Después se mojó la cara con cuidado, evitando la herida del labio.
Levantó la cabeza.
Su reflejo seguía pareciéndole el de alguien a quien conocía de otra vida.
—Un día más —susurró.
No estaba seguro de tener fuerzas para otro.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
El estrépito metálico contra los azulejos lo hizo sobresaltarse. Manoplas se quedó inmóvil, con las manos apoyadas en el lavabo.
Lolo entró seguido de cerca por Dante.
El alfa tenía el rostro desencajado, los ojos enrojecidos y la mandíbula tan apretada que parecía dolerle. Sus feromonas llenaron rápidamente el pequeño espacio, impregnándolo de una mezcla agresiva de rabia y desesperación.
Dante cerró la puerta tras ellos.
Al ver a Manoplas reflejado en el espejo, Lolo soltó una carcajada seca.
—Vaya, vaya… Si es nuestro pequeño héroe.
Manoplas no contestó.
—¿Qué pasa? ¿Ahora tampoco saludas? —continuó Lolo, avanzando despacio—. ¿Te has acostumbrado a que todo el mundo te mire?
Dante se apoyó junto a la puerta, cruzando los brazos.
—Déjalo, Lolo. Igual está esperando que aparezca su profesora favorita para salvarlo.
Los dos se rieron.
Manoplas cerró el grifo con lentitud. Se secó las manos con una toalla de papel y la dejó sobre el lavabo.
—Apártate, Lolo.
Su voz fue baja, monocorde y helada.
No había gritado. No había intentado provocarlo. Simplemente había expresado algo que antes jamás se habría atrevido a decir.
Lolo dejó de sonreír.
—¿Qué has dicho?
Manoplas se giró lentamente.
—Que te apartes.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
Lolo parecía estar intentando comprender cómo aquel omega al que había acostumbrado a bajar la cabeza se atrevía ahora a darle una orden.
—Te estás confundiendo —murmuró.
—No. Estoy intentando salir de aquí.
Aquella respuesta terminó de encenderlo.
Lolo se abalanzó sobre él y lo empujó con brutalidad contra los lavabos de porcelana. El impacto le cortó la respiración a Manoplas. Sus costillas chocaron contra el borde y un dolor agudo le atravesó el costado.
Antes de que pudiera reaccionar, Lolo lo agarró por la capucha de la sudadera y lo zarandeó contra la pared.
—¡Tú no eres nadie! ¿Me oyes? —gritó—. ¡Eres un maldito parásito que sobra en este sitio!
Dante permanecía junto a la entrada, vigilando el pasillo. Su sonrisa se había ensanchado al principio, pero ahora observaba la escena con una atención diferente.
—Lolo, date prisa —murmuró—. No sabemos si va a venir alguien.
—¡Cállate!
Lolo volvió a sacudir a Manoplas.
—¡Todo esto es culpa tuya! ¡Desde que apareciste con tus malditas historias, tus lloriqueos y ese vídeo de mierda, todo el mundo se cree con derecho a juzgarme!
Manoplas intentó apartarle las manos.
—Yo no he hecho el vídeo…
—¡Pero has conseguido que todos lo vean!
—La grabación muestra lo que hiciste.
La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
Lolo se quedó quieto.
Su expresión cambió. Por un instante, la rabia dejó paso a algo mucho más oscuro: la certeza de que ya no podía controlar lo que los demás sabían de él.
—No vuelvas a hablarme así.
—Entonces deja de tocarme.
El golpe llegó en forma de un nuevo empujón.
La espalda de Manoplas chocó contra los azulejos. El dolor estalló en su rostro y la herida del labio volvió a abrirse. Sintió el sabor metálico de la sangre en la lengua.
Dante miró hacia el pasillo.
—Lolo…
—¡He dicho que te calles!