El último pacto

30- Ser diferente no es un defecto

Una última palabra sobre el bullying

Antes de cerrar este libro, quiero dedicar unas palabras a todas las personas que, de una manera u otra, puedan haberse sentido identificadas con Manoplas.

Aunque esta historia contiene elementos de fantasía, Omegaverse, misterio y sucesos sobrenaturales, hay una parte de ella que pertenece a la realidad: el acoso escolar y las heridas que puede dejar en una persona.

El bullying no siempre comienza con un golpe. A veces empieza con una mirada de desprecio, un apodo que parece inofensivo, una risa a espaldas de alguien o un comentario que se repite hasta convertirse en una costumbre. Otras veces aparece en forma de amenazas, empujones, rumores, fotografías compartidas sin permiso, mensajes humillantes o aislamiento.

Y lo más doloroso es que muchas de esas cosas suceden delante de otras personas.

Hay quienes observan y se ríen. Quienes prefieren mirar hacia otro lado. Quienes tienen miedo de intervenir porque no quieren convertirse en el siguiente objetivo. Y también están quienes saben perfectamente que algo está mal, pero guardan silencio porque creen que no es asunto suyo.

Sin embargo, el silencio puede hacer que una víctima se sienta todavía más sola.

Manoplas representa a quienes han tenido que aprender a esconder lo que sienten para evitar que los demás encuentren otra razón para hacerles daño. Representa a quienes llegan a clase intentando pasar desapercibidos, a quienes se sientan en un rincón, a quienes bajan la mirada cuando escuchan pasos detrás de ellos y a quienes sonríen cuando alguien les pregunta si están bien, aunque por dentro estén deseando que alguien se dé cuenta de que no lo están.

A veces, una persona acosada no cuenta lo que sucede en el instituto cuando llega a casa. No porque no confíe en su familia, sino porque tiene miedo de preocuparla, de que no la crean o de que la situación empeore si alguien interviene.

Otras veces siente vergüenza. Piensa que quizá ha hecho algo para merecerlo, que debería ser más fuerte o que, si consiguiera comportarse de otra manera, los demás dejarían de molestarla.

Pero hay algo que debemos dejar claro: nadie merece sufrir acoso.

No importa si alguien es tímido, diferente, sensible, reservado, inseguro o si no encaja en lo que los demás consideran normal. Nadie tiene derecho a convertir esas características en motivos para humillar a otra persona.

Tampoco importa la posición social, la popularidad, la fuerza física o el lugar que alguien ocupe dentro de un grupo. Tener más amigos no convierte a nadie en superior. Ser dominante no significa tener derecho a controlar la vida de los demás. Y conseguir que otras personas te obedezcan por miedo no es lo mismo que ganarse su respeto.

En esta historia, Lolo representa esa clase de poder que se alimenta de la humillación ajena. Está acostumbrado a que los demás le tengan miedo y confunde la obediencia con el respeto. Cree que puede decidir quién merece hablar, quién debe permanecer callado y quién tiene derecho a ocupar un lugar en el instituto.

Pero el miedo nunca debería ser la base de ninguna relación.

Una persona puede tener autoridad sin humillar. Puede ser fuerte sin utilizar la fuerza contra los demás. Puede sentirse enfadada, frustrada o herida sin convertir a otra persona en el blanco de su sufrimiento.

Y, sobre todo, nadie tiene derecho a utilizar sus propios sentimientos como excusa para maltratar a alguien.

También quiero hablar de quienes presencian el acoso.

Quizá nunca hayas insultado a nadie. Quizá nunca hayas empujado a un compañero ni hayas participado directamente en una humillación. Pero puede que hayas visto cómo alguien era tratado injustamente y hayas decidido no intervenir.

A veces, intervenir directamente puede resultar peligroso. No siempre es posible enfrentarse al agresor, y nadie debería ponerse en riesgo para demostrar valentía. Sin embargo, existen otras maneras de ayudar: acompañar a la persona afectada, escucharla sin juzgarla, comunicar lo ocurrido a un adulto de confianza o pedir ayuda a un profesor.

No compartas fotografías, vídeos ni rumores que puedan humillar a otra persona. No conviertas el sufrimiento de alguien en una broma para entretener a un grupo. Y no justifiques una agresión diciendo que la víctima provocó la situación.

Una persona no tiene que ser perfecta para merecer respeto.

El acoso tampoco termina necesariamente cuando suena el timbre y los alumnos abandonan el instituto. En ocasiones continúa a través de las redes sociales, los grupos de mensajería y las publicaciones que pueden permanecer circulando durante días, semanas o incluso años.

Una fotografía compartida sin permiso puede convertirse en una pesadilla. Un comentario escrito en pocos segundos puede perseguir a alguien durante mucho tiempo. Un rumor puede destruir amistades, aislar a una persona y hacer que tenga miedo de acudir a clase.

Por eso, el respeto también debe existir detrás de una pantalla.

Antes de publicar, compartir o comentar algo sobre otra persona, conviene pensar en las consecuencias. Detrás de cada fotografía hay alguien con sentimientos, una familia, una vida y una historia que quizá desconocemos.

No todo lo que resulta gracioso para un grupo es divertido para quien lo recibe.

En el caso de Manoplas, su sufrimiento no desaparece simplemente porque un día decida enfrentarse a Lolo. Tampoco se borran de inmediato los recuerdos de las humillaciones ni las heridas provocadas por el miedo. Recuperar la confianza puede llevar tiempo. Volver a sentirse seguro también.

Por eso, su transformación no debe entenderse como una obligación de convertirse en alguien invencible.

No hace falta dejar de tener miedo para ser valiente. No hace falta responder a todos los insultos ni enfrentarse físicamente a quien nos hace daño. A veces, un primer acto de valentía consiste en contar la verdad, pedir ayuda o reconocer que ya no podemos soportar una situación sin apoyo.



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En el texto hay: omegaverse, oscuro, drama

Editado: 03.11.2026

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