El Ultimo Petalo

8.

Al día siguiente, Anthonny llegó al salón con la intención de aprovechar los minutos libres antes de que comenzara la primera clase, pero apenas había sacado su cuaderno cuando una botella de refresco apareció frente a él. Levantó la mirada y encontró a Adryell junto a su mesa, sosteniendo otra botella mientras sonreía con una satisfacción que le resultó sospechosa.

—Buenos días para ti también —comentó Anthonny, volviendo a mirar sus apuntes mientras apartaba la botella para tener espacio.

Adryell arrastró una silla hasta colocarse a su lado y se sentó al revés, apoyando los brazos sobre el respaldo.

—¿Cómo sabías que era yo? —preguntó, inclinándose hacia él para intentar ver qué estaba escribiendo.

—Porque eres la única persona que interrumpe mi tranquilidad antes de las ocho de la mañana.

—Qué bonito, ya reconoces mis pasos —respondió Adryell, llevándose una mano al pecho como si acabara de recibir una declaración de amistad inolvidable.

Anthonny soltó un suspiro y le empujó la frente con dos dedos cuando lo vio acercarse todavía más a su cuaderno.

—Reconocería tus pasos incluso en medio de una estampida, porque seguramente serías tú quien la estaría provocando.

Adryell se echó a reír y estuvo a punto de resbalarse de la silla, así que tuvo que sujetarse del borde de la mesa para recuperar el equilibrio.

—Por cierto, te compré esto —dijo después, empujando la botella hacia Anthonny—. Es para agradecerte por lo de ayer.

Anthonny miró el refresco y luego a su compañero, que intentaba mantener una expresión generosa mientras jugueteaba con la tapa de su propia botella.

—¿Lo pagaste con el dinero que tu madre te dio para el almuerzo?

La sonrisa de Adryell se desvaneció poco a poco. Bajó la mirada hacia la botella y comenzó a girarla entre las manos, como si acabara de descubrir algo muy interesante en la etiqueta.

—No arruines mi momento. Estaba intentando ser una buena persona.

—Deberías intentarlo más seguido —contestó Anthonny, aunque terminó guardando el refresco en su mochila.

Adryell aprovechó que había bajado la guardia para sacar su cuaderno y dejarlo abierto frente a él. Anthonny observó la página casi vacía, después miró a su compañero y finalmente volvió a mirar la página, esperando una explicación.

—¿Qué es esto?

—Mis apuntes de Historia.

—Aquí solamente hay un título y un dibujo de una papa.

—Es una papa con valor histórico —replicó Adryell, señalando el dibujo con el lápiz antes de apoyar los codos sobre la mesa—. Ahora, ¿me puedes explicar lo de ayer?

Anthonny cerró los ojos durante un instante, reuniendo la paciencia necesaria para no lanzarle el cuaderno a la cara.

—¿No habías dicho que lo entendiste perfectamente?

—Y lo entendí, pero quiero comprobar si tú también sabes explicarlo.

—¿Estás intentando ponerme a prueba?

—Exactamente.

Anthonny le quitó el lápiz de la mano y lo utilizó para señalar el primer párrafo de sus propios apuntes.

—Escucha bien, porque no pienso repetirlo cinco veces.

Adryell se acomodó en la silla y apoyó la barbilla sobre los brazos, prestándole atención con una seriedad tan exagerada que Anthonny tuvo que mirarlo dos veces para asegurarse de que no se estaba burlando. Sin embargo, mientras avanzaba con la explicación, descubrió que Adryell sí estaba escuchando; de vez en cuando le hacía preguntas y, aunque algunas eran tan absurdas que le daban ganas de abandonar la clase antes de que empezara, otras demostraban que había comprendido más de lo que aparentaba.

Cuando sonó el timbre, Adryell cerró el cuaderno y se levantó de un salto, satisfecho con el resultado de su improvisada sesión de estudio.

—Sabía que eras la persona indicada para esto —dijo, dándole una palmada en el hombro antes de recoger su mochila.

—La próxima vez busca un profesor particular.

—Pero ninguno sería tan guapo.

Anthonny le lanzó el borrador, que Adryell esquivó entre risas antes de salir del salón. Él negó con la cabeza y comenzó a guardar sus cosas, preguntándose cómo había terminado pasando tantas mañanas con aquel chico.

Lo que todavía no sabía era que, para cuando quisiera darse cuenta, ya habría empezado a buscarlo incluso en los días en que Adryell no aparecía.




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