El Ultimo Petalo

9.

Para la segunda semana, Adryell ya había dejado de pedir permiso para sentarse junto a Anthonny, y Anthonny había dejado de fingir que le molestaba tanto su presencia. El primero llegaba, arrastraba una silla y comenzaba a contarle cualquier cosa que se le hubiera ocurrido durante el camino, mientras el segundo seguía escribiendo en su cuaderno, respondiendo de vez en cuando con algún comentario seco que solo conseguía animar más a su compañero.

Lo que ninguno de los dos había notado era que sus compañeros ya se habían acostumbrado a verlos juntos.

—Oye, Anthonny, ¿tu amigo no ha llegado todavía? —preguntó Minjae desde la fila de atrás, inclinándose sobre su mesa para mirar hacia la puerta.

Anthonny levantó la vista del libro y frunció ligeramente el ceño.

—¿Cuál amigo?

—El que habla hasta por los codos y te persigue por todos los pasillos.

—Ah, ese. No sé dónde está y, si tengo suerte, hoy no vendrá.

—¡Qué bonito! ¡Yo también te extrañé! —exclamó Adryell desde la entrada, acercándose a ellos con la mochila colgada de un solo hombro.

Minjae soltó una carcajada mientras Anthonny cerraba el libro con más fuerza de la necesaria.

—¿No tenías que llegar temprano hoy? —le preguntó, mirando el reloj de la pared.

—Buenos días para ti también —respondió Adryell, dejando la mochila sobre la silla vacía a su lado—. Y sí, pero tuve que comprar el desayuno.

—¿Otra vez te quedaste dormido?

Adryell abrió la boca para responder, pero se detuvo al ver que Minjae los observaba con una sonrisa demasiado sospechosa.

—¿Qué miras?

—Nada, nada. Es solo que ustedes dos parecen un matrimonio de ancianos.

Anthonny casi dejó caer el bolígrafo.

—¿Qué acabas de decir?

—¡Que parecen ancianos! —repitió Minjae, levantando las manos mientras se reía—. Siempre están juntos, uno se queja y el otro no deja de hablar. Si uno falta, el otro parece perder la mitad de su personalidad.

Adryell se llevó una mano al pecho, fingiendo estar conmovido, y luego le pasó un brazo por los hombros a Anthonny, que intentó apartarlo de inmediato.

—¿Escuchaste eso? Somos inseparables.

—Como una enfermedad —murmuró Anthonny, quitándose su brazo de encima.

—Una enfermedad que te compró el desayuno.

Adryell sacó un pan de su mochila y lo dejó sobre el cuaderno de Anthonny antes de sentarse correctamente. Anthonny miró el pan, luego a él, y terminó guardándolo sin hacer más preguntas, mientras Minjae negaba con la cabeza, divertido.

—Definitivamente, ustedes dos son un caso perdido.

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Anthonny todavía podía recordar las veces que había jurado que algún día se cansaría de Adryell, aunque, al final, siempre terminaba guardándole un sitio a su lado o esperándolo después de clases. Era curioso pensar que, de todas las personas que había conocido durante su adolescencia, había sido precisamente aquel chico incapaz de quedarse quieto quien terminó ocupando un lugar tan importante en su vida.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios mientras observaba el jardín, hasta que el sonido débil de una respiración a su lado lo hizo girar la cabeza.

Adryell permanecía sentado junto a él, con la cabeza apoyada contra el respaldo de la silla y los ojos cerrados. La brisa movía suavemente algunos mechones de su cabello, pero su rostro se veía más pálido de lo habitual, y aquella quietud resultaba extraña en alguien que, años atrás, parecía tener energía suficiente para llenar cualquier lugar al que entrara.

—¿Te estás quedando dormido? —preguntó Anthonny, inclinándose un poco hacia él.

Adryell abrió los ojos con esfuerzo y volvió el rostro hacia su pareja, intentando dibujar una sonrisa.

—Estoy descansando. No todos podemos pasarnos la vida trabajando como tú.

—Claro, porque tú jamás has hecho nada que te canse.

—Exactamente. Por fin empiezas a entenderme.

Anthonny soltó una risa breve y le acomodó el cuello del abrigo, que se había doblado mientras permanecían sentados. Adryell lo observó durante unos segundos, siguiendo con la mirada sus manos hasta que él terminó de acomodarle la ropa.

—¿Qué pasa? —preguntó Anthonny al notar que lo miraba.

—Nada —respondió Adryell, cubriendo una de sus manos con la suya—. Solo estaba pensando que sigues siendo igual de mandón.

—Y tú sigues siendo igual de insoportable.

—Pero me quieres.

Anthonny bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas y apretó suavemente la de él.

—Más de lo que imaginas.

La sonrisa de Adryell se volvió más tenue, pero no apartó la mano. Durante un rato se quedaron en silencio, escuchando las voces de los adolescentes que todavía caminaban por el exterior del hospital, hasta que Adryell volvió a apoyar la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.

Esta vez, Anthonny no intentó molestarlo ni le pidió que dejaran de bromear. Se limitó a acercarse un poco más, dispuesto a quedarse a su lado mientras pudiera.




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