El Último Sobreviviente

Capítulo 10 - El Mar De Las Respuestas

El departamento de ciencias estaba en el segundo piso.

Robert Neville subió lentamente por la amplia escalera de mármol de la Biblioteca Pública de Los Ángeles, llevando una linterna colgada del cinturón y una bolsa vacía al hombro.

Sus pasos resonaban en el edificio.

Tac.

Tac.

Tac.

Cada pisada ascendía por las paredes de piedra, alcanzaba los techos altos y regresaba convertida en un eco distante.

Neville se detuvo en mitad de los escalones.

Escuchó.

Nada.

Durante unos segundos tuvo la absurda impresión de que alguien más caminaba en algún lugar del edificio, imitando exactamente sus movimientos.

Dio un paso.

El eco respondió.

Otro.

Otra respuesta.

Neville hizo una mueca.

—Muy gracioso.

Continuó subiendo.

Era el 7 de abril de 1976.

La fecha la había escrito aquella misma mañana en su cuaderno, casi como un acto de disciplina.

7 de abril de 1976.

Debajo había añadido:

Empezar de nuevo. Método.

Porque eso era exactamente lo que pretendía hacer.

Empezar de nuevo.

Después de varios días de borracheras, frustraciones, recuerdos y experimentos que conducían a preguntas cada vez más numerosas, había aceptado finalmente que estaba perdiendo el tiempo.

No por completo.

Había aprendido cosas.

El ajo tenía algún efecto auténtico.

La cruz parecía actuar a través de algún mecanismo psicológico.

El agua corriente no significaba nada.

Las balas podían herir a los vampiros, pero no necesariamente matarlos.

La estaca no siempre producía el mismo resultado.

Y algunos cadáveres podían desintegrarse con una rapidez imposible.

Era información.

Pero estaba dispersa.

Pedazos.

Observaciones sin estructura.

Datos obtenidos a golpes, disparos, improvisaciones y momentos de desesperación.

No era investigación.

Era tantear en una habitación oscura.

Neville llegó al descanso de la escalera.

Se detuvo ante una enorme ventana.

La luz de la mañana atravesaba los cristales cubiertos de polvo y formaba una franja amarillenta sobre el suelo.

Pequeñas partículas flotaban en aquella luz.

Neville las observó.

Miles.

Millones.

Suspendidas.

Casi invisibles hasta que algo las iluminaba.

Aquella imagen le produjo un pensamiento desagradable.

Bacterias.

Gérmenes.

Partículas.

Organismos demasiado pequeños para ser vistos y suficientemente poderosos para destruir el mundo.

Neville apartó la mirada.

Todavía no.

Primero libros.

Después teorías.

Nada de adelantarse otra vez.

Continuó.

Había llegado a una conclusión simple.

Los experimentos aislados no lo llevarían a ninguna parte.

No podía tomar una superstición, probarla de cualquier manera y esperar que la respuesta apareciera ante él.

Necesitaba conocimiento.

Bases.

Anatomía.

Fisiología.

Sangre.

Bacteriología.

Química.

Tal vez psicología.

Incluso religión, si era necesario.

Neville abrió la puerta del segundo piso.

El chirrido de las bisagras atravesó el silencio.

—Buenos días.

Dijo.

Su voz recorrió el pasillo.

—Espero que tengan lo que busco.

No hubo respuesta.

Naturalmente.

Neville entró.

Si existía una explicación racional para lo sucedido, y necesitaba creer que existía, no iba a encontrarla golpeando vampiros con martillos y observando qué ocurría.

Aquella etapa había terminado.

O, al menos, debía terminar.

Ahora quería construir un programa.

Una investigación real.

Lo había escrito en el cuaderno.

1. Sangre.

2. Bacterias.

3. Luz solar.

4. Reacciones psicológicas.

5. Diferencias entre infectados vivos y muertos.

Había dudado antes de escribir «vivos» y «muertos».

Aún no estaba seguro de que aquellas palabras fueran correctas.

Pero necesitaba llamar a las cosas de alguna manera.

Y había decidido empezar por la sangre.

Siempre la sangre.

Los vampiros la buscaban.

Las estacas provocaban hemorragias.

Las mordeduras transmitían la enfermedad.

Los cadáveres presentaban cambios circulatorios.

El ajo tal vez afectaba algún componente sanguíneo.

La luz solar podía alterar algo en la circulación.

Todo parecía regresar al mismo punto.

La sangre.

Por tanto, el primer paso era sencillo.

Libros.

Muchos libros.

El interior de la biblioteca estaba absolutamente silencioso.

Pero no era el mismo silencio que encontraba en las calles.

Afuera había pájaros.

Viento.

Alguna rama golpeando un tejado.

El sonido ocasional de una lata rodando por el pavimento.

Incluso cuando nada se movía, las calles parecían tener un murmullo propio.

Allí dentro no.

El silencio era más pesado.

Neville avanzó por el pasillo.

A lo lejos, desde alguna ventana rota, llegaba el canto de un pájaro.

El animal calló.

Sin embargo, Neville continuó escuchándolo durante varios segundos dentro de su cabeza.

Se detuvo.

—Fantástico.

Miró alrededor.

—Ahora también escucho pájaros inexistentes.

El enorme edificio parecía observarlo.

Piedra gris.

Columnas.

Pasillos.

Puertas.

Miles y miles de libros guardados en habitaciones que nadie volvería a visitar.

Neville respiró.

Resultaba extraño.

El silencio de aquella biblioteca parecía más fúnebre que el de un cementerio.

Y quizá tenía sentido.

Un cementerio almacenaba muertos.

La biblioteca almacenaba las mentes de los muertos.

Se quedó quieto.

Miles de personas habían escrito aquellos libros.



#233 en Ciencia ficción
#814 en Thriller

En el texto hay: apocalipsis, supervivencia

Editado: 01.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.