El primer microscopio resultó prácticamente inútil.
Neville tardó menos de una hora en comprenderlo.
Había colocado el aparato sobre una mesa junto a la ventana, limpiado las lentes como indicaba vagamente uno de los manuales que había encontrado y preparado una muestra improvisada.
Después se había sentado convencido de que bastaría con mirar por el ocular para que el universo microscópico se revelara ante él.
Naturalmente, no ocurrió nada parecido.
Primero vio oscuridad.
Luego una mancha.
Después algo que parecía una nube gris.
Neville movió el espejo.
La imagen desapareció.
—Fantástico.
Volvió a intentarlo.
Un poco de luz entró por el tubo.
Entonces apareció algo.
Borrosa.
Enorme.
Neville acercó el ojo.
—¿Qué demonios es eso?
Movió ligeramente la mesa.
La imagen saltó.
Volvió a desaparecer.
Neville apartó el rostro.
—No.
Comprobó las patas del instrumento.
La mesa estaba firme.
El problema era el microscopio.
Cualquier vibración alteraba la imagen.
Incluso apoyar los dedos sobre la base hacía temblar todo el campo visual.
Examinó los tornillos.
Uno estaba flojo.
Luego otro.
El espejo también.
Lo tocó con la yema del dedo y comprobó que oscilaba libremente sobre sus pivotes.
—Perfecto.
Intentó apretarlo.
No encontró el tornillo adecuado.
Buscó una herramienta.
Regresó.
Cuando por fin consiguió fijarlo un poco, descubrió otro problema.
El aparato carecía de condensador.
También de polarizador.
Tenía un solo portaobjetivo, de modo que cada vez que deseaba cambiar el aumento debía desenroscar una lente, guardarla, buscar otra, enroscarla y volver a ajustar todo.
Aquello era desesperante.
Neville pasó una hora intentando enfocar una gota de sangre.
Durante algunos segundos creyó conseguirlo.
Después estornudó.
La mesa vibró.
La imagen se perdió.
Neville quedó inmóvil.
Miró el microscopio.
—No tienes idea de cuánto te odio.
Volvió a sentarse.
Repitió todo el proceso.
Espejo.
Luz.
Enfoque.
Lente.
Ajuste.
Nada.
Otra vez.
Nada.
A media tarde tenía dolor de cabeza.
A la noche, ganas de asesinar al aparato.
Dos días después seguía sin obtener una imagen que pudiera considerar fiable.
El tercer día colocó otra muestra.
Ajustó.
Miró.
Una mancha.
Giró el tornillo.
Oscuridad.
Ajustó otra vez.
Una especie de círculo.
La imagen comenzó a oscilar.
Neville apretó la mandíbula.
—Quédate quieto.
El espejo se inclinó.
La luz desapareció.
Neville respiró lentamente.
—No.
Volvió a colocar el espejo.
Otra vez.
Nada.
—No.
Giró el tornillo.
El aparato tembló.
Neville se puso de pie.
—¡No!
Cogió el microscopio.
Durante una fracción de segundo aún tuvo tiempo de reconsiderarlo.
No lo hizo.
Lo lanzó contra la pared.
El aparato golpeó con un estrépito seco.
El tubo se dobló.
Una lente salió despedida.
La base cayó al suelo.
Neville se quedó de pie, respirando con fuerza.
Miró los restos.
Silencio.
—Muy científico.
Murmuró.
Se pasó ambas manos por el rostro.
—Realmente brillante.
Recogió una de las lentes.
Estaba rota.
—Robert Neville, gran investigador.
La dejó caer.
—Primero destruye el equipo.
Se sentó.
Permaneció varios minutos contemplando los pedazos.
Poco a poco la rabia se disipó.
En su lugar apareció algo peor.
Vergüenza.
Había vuelto a cometer el mismo error.
Actuar primero.
Comprender después.
Exactamente lo que había prometido dejar de hacer.
Aquella noche no bebió.
Le dieron ganas.
Pero no lo hizo.
A la mañana siguiente regresó a la biblioteca.
Esta vez no buscó bacteriología.
Buscó microscopía.
Volvió con varios manuales.
Durante horas estudió tipos de lentes.
Distancias focales.
Iluminación.
Condensadores.
Apertura.
Diafragmas.
Objetivos de inmersión.
Movimientos finos.
Movimientos gruesos.
La cantidad de cosas que desconocía era humillante.
Neville permaneció sentado ante la mesa con un lápiz entre los dedos.
—Muy bien.
Leyó otra página.
—Tres portaobjetivos como mínimo.
Escribió.
—Condensador.
Otra anotación.
—Polarizador.
Siguió.
—Base pesada.
Movimientos precisos.
Diafragma.
Buen espejo.
Buenas lentes.
Se reclinó.
—Eso era lo que tenías que haber averiguado primero.
Cerró el libro.
—Imbécil.
A la mañana siguiente salió.
Visitó varios laboratorios.
Una universidad.
Dos consultorios.
Una clínica.
El primer aparato que encontró estaba incompleto.
El segundo había sufrido daños.
El tercero parecía demasiado pequeño.
El cuarto...
Neville pasó casi una hora examinándolo antes de tocarlo siquiera.
Tres portaobjetivos.
Condensador.
Polarizador.
Base robusta.
Tornillos firmes.
Movimiento fino suave.
Diafragma en buenas condiciones.
Las lentes estaban protegidas dentro de un estuche.
Neville abrió una.
La examinó.
Luego otra.
—Ahora sí.
No se permitió entusiasmarse demasiado.
Leyó el número de serie.
Buscó el manual correspondiente.
Comprobó que no faltara ninguna pieza.
Sólo entonces lo cargó.
De regreso a casa lo colocó en el asiento trasero rodeado de mantas.
Condujo despacio.
Muy despacio.
Cada bache le producía ansiedad.
—Como te rompas...