Al día siguiente todo se estancó.
La sensación apareció desde primera hora de la mañana.
Neville se levantó con la impresión de que, después de haber encontrado por fin una dirección clara, alguien había levantado una pared frente a él durante la noche.
El día anterior había sido distinto.
Había tenido respuestas.
Había observado el bacilo.
Había relacionado las esporas con las tormentas de arena.
Había logrado construir, aunque fuese parcialmente, una explicación racional para la propagación de la plaga.
Por primera vez en meses, el mundo había parecido obedecer ciertas reglas.
Aquella mañana las reglas volvieron a deshacerse.
Neville permanecía sentado frente al microscopio desde hacía casi dos horas.
Había preparado varias muestras.
La lámpara solar estaba encendida a un lado de la mesa.
El haz de luz incidía sobre una platina donde había colocado sangre infectada.
Neville miró por el ocular.
Esperó.
Ajustó ligeramente el tornillo.
Los bacilos empezaban a desaparecer.
Algunos perdían movilidad.
Otros simplemente dejaban de mostrar actividad.
Neville apartó lentamente el rostro.
—Bien.
Anotó:
LUZ SOLAR ARTIFICIAL — DESTRUCCIÓN DEL BACILO CONFIRMADA.
Lo leyó.
Debería haberle producido satisfacción.
No fue así.
—Ya sabía eso.
Dejó el lápiz.
La lámpara solar mataba los gérmenes.
Eso era importante.
Pero no explicaba lo que necesitaba comprender.
¿Por qué el efecto sobre el vampiro era tan violento?
¿Por qué algunos parecían morir casi inmediatamente?
¿Cómo se transmitía exactamente la destrucción microscópica del germen al organismo entero?
¿Era una reacción química?
¿Una intoxicación masiva provocada por la muerte simultánea de millones de bacterias?
¿Destrucción celular?
¿Alguna toxina liberada?
Neville no sabía.
Y cuanto más pensaba, más amplio parecía el agujero.
Se levantó.
Caminó alrededor de la mesa.
—Una cosa cada vez.
Se recordó.
Era una frase que repetía con frecuencia desde que había empezado a trabajar de forma sistemática.
Una cosa cada vez.
El problema era que cada cosa escondía otras diez.
Volvió al microscopio.
La siguiente prueba estaba preparada.
Ajo.
Más exactamente, sulfuro de alilo.
Había regresado al mismo problema.
Si el ajo repelía a los vampiros y el vampiro existía gracias al bacilo, parecía razonable suponer que alguna sustancia del ajo afectaba directamente al microorganismo.
Hasta entonces, sin embargo, las pruebas habían sido negativas.
Neville se negaba a aceptarlo.
Había preparado una nueva solución.
Midió unas gotas.
Tomó una pequeña cantidad de sangre infectada.
Mezcló.
Esperó.
Colocó la muestra bajo el microscopio.
Ajustó la iluminación.
Condensador.
Diafragma.
Objetivo.
Miró.
Los bacilos continuaban moviéndose.
Neville esperó.
Treinta segundos.
Un minuto.
Dos.
—Vamos.
Cinco minutos.
Nada.
El sulfuro había sido absorbido por la sangre.
Podía verlo en las modificaciones de la muestra.
Pero los gérmenes seguían vivos.
Activos.
Neville apretó los labios.
—No.
Volvió a mirar.
Uno de los bacilos cruzó tranquilamente el campo visual.
Neville sintió que lo estaba provocando.
—Muérete.
El bacilo siguió moviéndose.
—Vamos.
Otro apareció.
Neville apartó el ojo.
—No puede ser.
Se incorporó.
Se paseó por el dormitorio, convertido ahora casi por completo en pequeño laboratorio.
La cama estaba parcialmente cubierta por libros.
Había instrumentos sobre el escritorio.
Frascos.
Etiquetas.
Cuadernos.
Un orden que hacía unas semanas habría resultado inimaginable.
Neville pasó junto a la mesa.
—El ajo los mantiene alejados.
Se detuvo.
—La sangre es imprescindible para su existencia.
Señaló la muestra.
—Mezclas ajo y sangre...
Miró el microscopio.
—Y nada.
Apretó los puños.
Volvió a caminar.
Tal vez el ajo actuaba sobre el sistema nervioso del huésped y no sobre la bacteria.
Quizá irritaba algún receptor modificado por la infección.
Tal vez se producía una reacción sólo por inhalación.
Quizá necesitaba oxígeno.
Quizá la trituración del ajo generaba otro compuesto que desaparecía rápidamente.
Neville se detuvo.
La frustración creció.
—Un momento.
Volvió lentamente hacia la mesa.
—Esa sangre era de un vampiro vivo.
Permaneció quieto.
Eso podía ser importante.
Había empezado a distinguir las dos grandes categorías.
Infectados vivos.
Muertos reanimados o mantenidos funcionales por la bacteria.
Las diferencias fisiológicas entre ambos tenían que ser enormes.
Un vampiro vivo aún poseía metabolismo humano.
Respiraba.
Tenía circulación propia.
Sus células estaban vivas.
Los otros...
No estaba seguro de qué eran.
Quizá el comportamiento del germen cambiaba después de la muerte del huésped.
Neville sintió que la esperanza regresaba.
—Muy bien.
Se puso la chaqueta.
—Otra muestra.
Una hora más tarde estaba nuevamente frente al microscopio.
Esta vez la sangre procedía de un vampiro claramente muerto.
Obtenerla no había sido agradable.
Nunca lo era.
Pero Neville había conseguido separar cada vez más el experimento de la emoción.
Al menos eso se decía.
Preparó la nueva muestra con cuidado.
Sulfuro de alilo.
Sangre.
Mezcla.
Esperó.
Neville colocó el portaobjetos.
Ajustó.
Miró.
Uno.
Dos.