A la mañana siguiente, la leche y la salchicha habían desaparecido.
Neville tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.
Había abierto la puerta esperando encontrar exactamente lo contrario.
El plato intacto.
La leche cubierta por una fina película.
La salchicha reseca bajo el sol.
Una prueba silenciosa de que el perro no había vuelto.
Pero el plato estaba vacío.
También el tazón.
Neville permaneció de pie en el porche, todavía medio dormido, sujetando el marco de la puerta con una mano.
Parpadeó.
Bajó los escalones.
Miró hacia la izquierda.
Después hacia la derecha.
Nada.
Dos mujeres yacían sobre el césped a cierta distancia de la casa, inmóviles bajo la luz de la mañana, pero no había rastro del perro.
Neville volvió a mirar los recipientes.
Vacíos.
Sintió que los músculos de los hombros se relajaban.
No se había dado cuenta de lo tensos que estaban.
Soltó el aire.
—Gracias a Dios.
La frase salió automáticamente.
Neville se quedó quieto.
Luego torció los labios.
—Gracias a Dios...
Repitió con cierta ironía.
Miró hacia el cielo.
—Claro.
Sacudió la cabeza.
«Si fuera religioso.»
Pensó.
«Diría que atendieron mi plegaria.»
La noche anterior había rezado.
No podía negarlo.
Había permanecido frente a la puerta, deseando que alguna fuerza desconocida protegiera a aquel perro flaco y herido.
Ahora la comida había desaparecido.
Neville volvió a observar la calle.
—No saquemos conclusiones.
No tenía ninguna prueba de que hubiera sido el perro.
Tal vez un vampiro.
Algún animal.
Una rata.
Cualquier cosa.
Se acercó.
Se agachó junto al collar de ajos.
La salchicha había sido arrastrada por encima.
Había pequeñas marcas grasientas sobre el cemento.
Neville pasó un dedo.
Luego observó el plato.
Había salpicaduras alrededor.
Saliva.
Claramente saliva.
Demasiado grande para una rata.
Y los vampiros...
Neville miró el ajo.
No.
Ellos difícilmente se habrían acercado tanto.
Sonrió.
—Fuiste tú.
Se incorporó.
Miró nuevamente la calle.
—Viniste.
Probablemente al amanecer.
Era la explicación más lógica.
Durante la noche los vampiros ocupaban las calles.
Después, poco antes de que el sol comenzara a elevarse, se retiraban.
El perro debía de haber aprendido aquel horario.
Esperar.
Ocultarse.
Salir cuando el peligro desaparecía.
Neville sintió un respeto inesperado.
—No eres ningún tonto.
Miró hacia las casas donde había desaparecido el día anterior.
El animal había sobrevivido meses en aquel mundo.
Solo.
Herido.
Hambriento.
Eso exigía algo más que suerte.
Neville recogió los recipientes.
Antes de desayunar volvió a llenarlos.
Leche fresca.
Otra salchicha.
Pensó.
Abrió un armario.
Sacó un tercer recipiente.
Agua.
—Naturalmente.
Lo llenó.
Llevó todo al exterior.
Esta vez colocó los platos bajo la sombra del porche para que la leche no se calentara demasiado.
Retrocedió.
Observó el pequeño conjunto.
Leche.
Agua.
Comida.
Ajo.
Parecía una absurda mesa preparada para un invitado que no se atrevía a entrar.
Neville sonrió.
—Cuando quieras.
Entró.
Después de desayunar se ocupó de las dos mujeres.
Aquella tarea no había desaparecido.
El perro no cambiaba el mundo.
Los cadáveres continuaban acumulándose.
Los vampiros seguían intentando llegar hasta él cada noche.
La rutina permanecía.
Neville cargó los cuerpos.
Los llevó hasta la camioneta.
Esta vez sintió menos el peso psicológico que otras mañanas.
Su mente estaba en otra parte.
En un pequeño animal marrón y blanco.
Condujo hasta el fuego.
Descargó.
No se quedó más de lo necesario.
De regreso decidió detenerse en un supermercado.
No porque necesitara nada para sí.
Por primera vez en meses entró en una tienda buscando exclusivamente cosas para otra criatura.
Recorrió los pasillos.
La sección de animales estaba casi intacta.
Las latas se acumulaban en estantes.
Neville tomó una.
Leyó la etiqueta.
Carne.
Vitaminas.
Minerales.
—No tengo idea de cuál te gusta.
Cogió otra.
Después otra.
Al final cargó dos docenas de latas de las que parecían mejores.
Añadió varias cajas de bizcochos para perro.
Polvos antiparásitos.
Un cepillo de alambre.
Se quedó pensando frente a un estante.
Collar.
Neville tomó uno.
Lo miró.
Lo dejó de nuevo.
—Todavía no.
No quería adelantarse.
Volvió al carro.
Lo observó.
Comida.
Bizcochos.
Productos para pulgas.
Cepillo.
Casi soltó una carcajada.
—Señor.
Empujó el carro.
—Cualquiera diría que voy a tener un bebé.
Una sonrisa débil apareció en su rostro.
No la forzó.
Simplemente llegó.
Neville condujo el carro hasta la salida.
Luego se detuvo.
¿Por qué fingir?
El perro le importaba.
Muchísimo más de lo que quería admitir.
El descubrimiento del germen había sido intelectualmente enorme.
Había visto bajo el microscopio algo que quizá explicaba la destrucción de la humanidad.
Y sin embargo...
Aquello no le había producido ni la mitad de emoción que encontrar un plato vacío.
Neville apoyó las manos sobre el carro.
—Eso dice bastante de ti.
No estaba seguro de qué.
Tal vez había llegado al límite de lo que la ciencia podía darle.
Una explicación no era compañía.
Un bacilo no podía responderle.