Neville no bebía exageradamente.
Al menos no como antes.
Aquello, pensó una mañana mientras observaba una botella casi intacta sobre el bar, debía contar como algún tipo de progreso.
Había noches en que todavía se servía whisky.
Una copa.
A veces dos.
Pero ya no buscaba en el alcohol aquel golpe brutal que le borraba las horas y lo dejaba tendido en el suelo, incapaz de recordar qué había hecho.
No quería desaparecer.
No ahora.
Y, paradójicamente, después de la muerte del perro había comenzado a beber menos.
Neville lo encontraba extraño.
Había esperado exactamente lo contrario.
Durante aquella semana en que el animal había permanecido con él, enfermo y cada vez más débil, había llegado a temer el momento inevitable.
Había imaginado que cuando el perro muriera se derrumbaría otra vez.
Botellas.
Días perdidos.
La puerta sin asegurar.
Libros arrojados.
El regreso al hombre que no quería pensar.
Pero no había ocurrido.
El perro murió.
Neville lo enterró.
Y después...
Nada explotó.
El dolor permaneció.
Por supuesto.
Durante varios días, al despertar, Neville miraba involuntariamente hacia el rincón donde había preparado las mantas.
A veces creía escuchar las uñas contra el suelo.
Una respiración.
Un pequeño movimiento.
Entonces recordaba.
Y el dormitorio parecía agrandarse de pronto.
Vacío.
Otra vez vacío.
Pero no bebió hasta perder el conocimiento.
No rompió nada.
No abrió la puerta a los vampiros.
No se dejó caer sobre la alfombra deseando morir.
Simplemente siguió.
Aquello le enseñó algo.
Las últimas grandes borracheras no lo habían salvado del dolor.
Lo habían llevado hasta una cima artificial desde donde sólo podía caer.
Una exaltación breve.
Después frustración.
Rabia.
Vergüenza.
Y finalmente desesperación.
Neville contempló el vaso que sostenía.
Bebió un pequeño sorbo.
—Ya conoces el camino.
Murmuró.
Alcohol.
Oscuridad.
Despertar.
Más alcohol.
No.
Había recorrido aquel camino demasiadas veces.
Ahora sólo podía subir.
Aunque subir significara únicamente mantenerse en pie.
Después de las últimas semanas había comprendido algo todavía más importante.
La esperanza no era la respuesta.
No la esperanza entendida como había intentado utilizarla.
Esperar encontrar supervivientes.
Esperar que el perro fuese inmune.
Esperar descubrir una cura de un día para otro.
Esperar que alguna puerta se abriera y devolviera el mundo anterior.
Cada esperanza de ese tipo llevaba escondida su propia catástrofe.
Cuanto más alto subía, más dolorosa era la caída.
Neville apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón.
No necesitaba imaginar un futuro maravilloso.
Necesitaba vivir el día que existía.
Aquel.
El siguiente.
Después otro.
En un mundo de horror real no había escapatoria permanente dentro de los sueños.
Pero sí podía adaptarse al horror.
Eso ya lo había demostrado.
Los vampiros habían dejado de ser imposibles.
Los cadáveres que caminaban por las calles ya no destruían su razón cada vez que los veía.
Los gritos nocturnos se habían convertido en parte del ambiente.
Las estacas.
La sangre.
El fuego.
Hasta la muerte podía integrarse en una rutina.
No era el horror lo que más lo desgastaba.
Era la monotonía.
Aquello fue una revelación.
Neville se quedó pensando en ella durante días.
La repetición.
Despertar.
Comer.
Eliminar cadáveres.
Reparar.
Buscar suministros.
Volver.
Esperar la noche.
Beber.
Dormir.
Otra vez.
Y otra.
Sin cambio.
Sin sorpresa.
Sin compañía.
La monotonía era el verdadero enemigo.
Porque no atacaba de golpe.
Erosionaba.
Un día.
Después otro.
Después otro.
Hasta que un hombre comenzaba a preguntarse por qué debía levantarse de la cama.
Neville podía combatir eso.
Trabajo.
Investigación.
Rutinas nuevas.
Problemas concretos.
Música.
Incluso pequeñas modificaciones de la casa.
No necesitaba esperanza.
Necesitaba ocupación.
Objetivos.
Movimiento.
Comprender aquello le produjo una calma inesperada.
Como si hubiera extendido todas las cartas sobre una mesa mental y pudiera finalmente ordenarlas.
Esto era miedo.
Esto soledad.
Esto dolor.
Esto aburrimiento.
Esto alcohol.
Esto trabajo.
Esto supervivencia.
Ya no tenía que confundirlas.
La muerte del perro había terminado de destruir algunas ilusiones.
También algunas excitaciones inútiles.
Y Neville comprendió que quizá eso no era necesariamente malo.
Había dejado de golpear las paredes de su prisión esperando que de pronto desaparecieran.
No desaparecerían.
Así que aprendería a vivir dentro.
No con alegría.
No todavía.
Pero sí con disciplina.
Y de ese modo, casi sin darse cuenta, regresó al trabajo.
La respuesta sobre la psicología de los vampiros no apareció en un laboratorio.
Había comenzado casi un año atrás.
Unos días después de haber llevado a Virginia hasta su segunda y última morada.
Neville apenas recordaba aquellas jornadas como una secuencia ordenada.
Eran fragmentos.
Calor.
Calles.
Polvo.
Whisky.
Silencio.
Dolor.
Virginia enterrada bajo tierra.
Kathy convertida en un recuerdo que todavía ardía.
Él caminando.
Eso sí lo recordaba.
Caminaba.
Sin rumbo.
Poco después del mediodía.
Había salido de casa porque permanecer allí era imposible.