El Último Sobreviviente

Capítulo 15 - La Mujer Bajo El Sol

III - Junio de 1978

Había salido a cazar a Ben Cortman.

Aquello se había convertido, con el paso de los años, en una de sus pocas diversiones auténticas.

Neville era consciente de lo absurdo que resultaba llamarlo diversión.

No había nada divertido en recorrer casas abandonadas buscando a un antiguo amigo convertido en vampiro para clavarle una estaca.

Y, sin embargo, eso era.

Una distracción.

Un juego.

Algo diferente.

En los días en que no tenía que reparar tablones, revisar el generador, cambiar protecciones, trabajar con los cultivos o enfrentarse a algún problema inmediato de la casa, salía tras Cortman.

Lo buscaba con una paciencia que nunca había tenido antes de la plaga.

Debajo de automóviles.

En sótanos.

Entre matorrales.

Dentro de armarios.

Bajo camas.

En áticos.

Chimeneas.

Garajes.

Incluso dentro de frigoríficos abandonados.

Había encontrado vampiros en lugares más extraños.

Una vez descubrió a uno metido detrás de una bañera desmontada.

Otro se había ocultado dentro de un armario infantil, con las rodillas contra el pecho.

Ben podía estar en cualquier parte.

Ése era el problema.

Y también el atractivo.

Neville sospechaba que Cortman cambiaba continuamente de refugio.

No podía demostrarlo.

Pero después de tres años de observarlo cada noche empezaba a conocer sus hábitos.

Ben era siempre de los primeros en llegar.

A veces el primero.

Por tanto no debía esconderse demasiado lejos.

Sin embargo, cada vez que Neville registraba las casas cercanas no encontraba nada.

—Eres un hijo de perra listo.

Murmuraba a veces.

Incluso había llegado a pensar que Cortman disfrutaba del peligro.

Si aquella frase no hubiera sido un contrasentido aplicado a un muerto, Neville habría dicho que Ben gozaba de la vida.

La idea le producía una ironía que encontraba especialmente agradable.

Ben Cortman.

Muerto.

Y quizá más feliz que nunca.

—Naciste para esto.

Había dicho una noche desde detrás de la mirilla.

Cortman, naturalmente, había respondido con su eterno:

—¡Sal, Neville!

Robert había soltado una carcajada.

Aquella mañana caminaba despacio por el bulevar Compton.

El sol estaba alto.

Calor.

Una de esas mañanas de junio que parecían empezar ya cansadas.

Neville avanzaba con una estaca sujeta al cinturón, martillo, pistola y las herramientas habituales.

No tenía prisa.

Era una mañana como cualquier otra.

No esperaba encontrar a Ben.

Precisamente por eso seguía buscándolo.

Cortman había transformado la persecución en una especie de ritual.

Encontrarlo terminaría el juego.

Y Neville no estaba completamente seguro de querer terminarlo.

La conclusión lo sorprendía cada vez que aparecía.

Porque no sentía afecto por Ben.

Aquello había desaparecido.

Hacía años.

El antiguo compañero de fábrica pertenecía al pasado.

Neville había hablado con él.

Habían conducido juntos.

Habían discutido de béisbol.

Política.

Trabajo.

Virginia.

Freda.

Kathy.

Todo aquello estaba muerto.

Neville lo había aceptado.

Había tardado, pero lo había hecho.

El hombre que gritaba frente a su casa por las noches no representaba ya un fragmento sentimental de su antigua vida.

Era Cortman.

El vampiro.

Nada más.

Entonces ¿por qué no deseaba encontrarlo?

Neville continuó caminando.

—Porque me aburriría.

La respuesta era desagradablemente simple.

Los otros eran demasiado previsibles.

Dormían.

Esperaban.

Atacaban.

Ben tenía cierta inventiva.

Se ocultaba bien.

Parecía provocarlo.

Incluso había conservado un extraño sentido del humor.

Neville sonrió.

—Tal vez naciste para ser vampiro.

Se detuvo frente a una casa.

Miró el porche.

Vacío.

Las cortinas interiores estaban deterioradas.

Un cristal roto.

Nada que indicara movimiento.

No tuvo ganas de entrar.

La mañana era demasiado cálida.

Además, llevaba horas buscando.

Gruñó.

Subió los escalones de otro porche.

Se sentó pesadamente.

Sacó la pipa del bolsillo.

El movimiento había adquirido algo ceremonioso con el tiempo.

Tabaco.

Pipa.

Encender.

Aspirar.

Esperar.

Una nube fina se elevó.

Neville exhaló despacio.

El humo quedó suspendido en el aire tranquilo.

Habían pasado casi tres años.

Aquella realidad a veces le parecía imposible.

Otras veces parecía que jamás hubiese existido otra.

Neville ya no era el hombre del principio.

Había aumentado de peso.

La vida sedentaria, la regularidad de las comidas y el abandono de las grandes borracheras lo habían hecho más corpulento.

Pesaba más de noventa kilos.

Pero no estaba blando.

Los años de cargar cadáveres, romper puertas, manejar herramientas, cortar madera, conducir, excavar y luchar habían mantenido su cuerpo fuerte.

Bajo la ropa holgada había músculos.

Los hombros se habían ensanchado.

El rostro también se había redondeado.

Hacía tiempo que había dejado de afeitarse.

No por abandono.

Simplemente porque había dejado de encontrar sentido al ritual.

¿Para quién iba a afeitarse?

Cada pocas semanas recortaba la barba.

Eso bastaba.

La llevaba espesa.

Rubia.

El pelo también había crecido.

Le caía sobre la nuca y a veces lo recogía cuando trabajaba.

El sol había oscurecido su piel.

Por contraste, sus ojos azules parecían todavía más claros.

Más tranquilos.

Había algo distinto en su mirada.

No menos dolor.

Sólo menos resistencia.



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En el texto hay: apocalipsis, supervivencia

Editado: 01.10.2026

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