La muchacha dormía.
Eran las cuatro de la tarde.
Robert Neville había comprobado la hora hacía apenas unos minutos, aunque no necesitaba realmente el reloj.
La luz que entraba por las pequeñas rendijas protegidas de las ventanas tenía ya aquella tonalidad particular de las tardes avanzadas.
Todavía quedaba sol suficiente para mantener las calles seguras, pero empezaba a sentirse la proximidad del crepúsculo.
Neville miró hacia el pasillo.
Después volvió a mirar su taza de café.
El líquido estaba tibio.
Había entrado en el dormitorio por lo menos veinte veces desde que Ruth se había quedado dormida.
Quizá más.
No llevaba la cuenta.
Al principio entraba para comprobar que seguía allí.
Aquello, por sí solo, continuaba pareciéndole increíble.
Una mujer.
Una mujer viva.
Dentro de su casa.
Respirando.
Durmiendo.
Después empezó a entrar por otro motivo.
Para comprobar cómo dormía.
Para observar su respiración.
El color de la piel.
Los movimientos.
Cualquier signo.
Cualquier detalle que confirmara o destruyera una sospecha que había comenzado como un pensamiento pequeño y ahora dominaba su mente.
Neville golpeó la mesa con las yemas de los dedos.
Tac.
Tac.
Tac.
Tac.
Se detuvo.
Volvió a empezar.
Tac.
Tac.
—¿Y si está enferma?
La pregunta le salió en voz baja.
Nadie respondió.
No hacía falta.
La había formulado tantas veces durante las últimas horas que ya parecía formar parte del silencio de la casa.
Neville tomó la taza.
Bebió.
El café estaba casi frío.
La dejó.
—No.
Se pasó una mano por la barba.
Intentó reconstruir lo ocurrido desde el principio.
La había visto bajo el sol.
Aquello era cierto.
Indiscutible.
La luz le daba directamente.
No se había escondido.
No había mostrado dolor.
No había buscado sombra con urgencia.
Había cruzado el campo durante varios minutos.
Eso tenía que significar algo.
Pero también el perro había caminado bajo el sol.
Neville apretó la mandíbula.
El perro.
Ahí estaba el problema.
Una criatura infectada podía, durante una fase temprana, soportar la luz.
Lo había visto.
Por tanto, el sol no bastaba.
Además, Ruth tenía la piel tostada.
No sólo expuesta.
Quemada por el sol en algunas zonas.
Eso parecía indicar exposición repetida.
Días.
Quizá semanas.
¿Podía una infectada hacer eso?
Neville no estaba seguro.
Y eso lo enfurecía.
Después de años estudiando.
Después de microscopios.
Bacilos.
Pruebas.
Muertes.
Todo.
Seguía sin saber lo suficiente.
Tac.
Tac.
Tac.
Los dedos volvieron a golpear.
La simplicidad de las primeras horas había desaparecido.
Cuando la vio por primera vez, sólo existió una idea.
Una persona.
Luego:
Una mujer.
Después:
Viva.
Y durante unos minutos aquello había bastado.
El mundo se había reducido a esa revelación.
Ahora no.
Ahora había capas.
Preguntas.
Dudas.
Contradicciones.
La escena soñada durante años no se parecía en nada a lo ocurrido.
Neville había imaginado otra cosa.
Muchas veces.
No quería admitir con qué frecuencia.
Una figura apareciendo en la calle.
Él saliendo.
La otra persona deteniéndose.
Sorpresa.
Reconocimiento.
Una sonrisa.
Tal vez incredulidad.
Después acercarse.
Hablar.
Reír.
Quizá llorar.
Dos supervivientes encontrándose al fin.
Una de esas escenas perfectamente absurdas que podría haber pertenecido a una película.
Fundido lento.
Música.
Fin de la soledad.
Neville soltó una risa seca.
—Hollywood.
La realidad había sido muy distinta.
Había tenido que perseguirla.
Ella había huido.
Había arañado su cara.
Él la había abofeteado.
Luego había tenido que convencerla casi por la fuerza de que entrara en la casa.
Eso había sido peor.
Ruth se había resistido durante todo el camino.
—No.
—Déjeme.
—Por favor.
—No me mate.
La última frase seguía molestándolo.
No me mate.
Neville intentó explicarle una y otra vez que no quería hacerle daño.
Ella no escuchaba.
O no podía.
Lloraba.
Suplicaba.
Se resistía.
Cada vez que Neville intentaba guiarla hacia la casa, ella creía que la llevaba a algún lugar para matarla.
Y él...
No había sabido tranquilizarla.
No de verdad.
Tres años sin conversaciones normales habían hecho algo con su voz.
Con sus gestos.
Con la forma de acercarse.
Neville no lo notaba desde dentro.
Pero en Ruth sí había visto el efecto.
Cada movimiento brusco la hacía retroceder.
Cada frase pronunciada demasiado fuerte la tensaba.
Incluso cuando trataba de ser amable, sonaba autoritario.
Duro.
Un hombre acostumbrado a dar órdenes a sí mismo y a criaturas que no obedecían.
Dentro de la casa, la situación no mejoró.
Ruth se acurrucó en un rincón de la sala.
Exactamente igual que el perro.
Ese recuerdo le produjo un dolor pequeño.
Intentó ofrecerle agua.
Ella negó con la cabeza.
Comida.
Nada.
Café.
Nada.
Whisky.
Tampoco.
Neville se había sentado a cierta distancia.
Había intentado hablar.
—No voy a hacerle daño.
Silencio.
—Puede quedarse aquí hasta que quiera.
Ella lo miraba.
No confiaba.
—La calle no es segura.
Nada.
Finalmente la frustración volvió.
No podía soportar verla hecha un ovillo en el suelo.