—No puedo entenderlo.
Neville dejó la taza sobre la mesa después de la cena.
El sonido de la porcelana contra el platillo pareció demasiado claro en el silencio de la cocina.
Afuera ya había oscurecido.
La casa estaba cerrada.
Asegurada.
Las ventanas protegidas.
Los collares de ajo en su sitio.
En algún lugar, más allá de las paredes, las criaturas de la noche comenzaban otra vez su rutina.
Pero aquella noche Neville apenas pensaba en ellas.
Tenía algo mucho más extraño frente a él.
Una mujer.
Sentada a su mesa.
Comiendo de sus platos.
Bebiendo su café.
Respirando.
Hablando.
Después de tres años, la escena era casi más difícil de aceptar que cualquier vampiro.
Neville apoyó ambos antebrazos sobre la mesa.
—Han pasado casi tres años.
Ruth levantó la mirada.
—Y algunos todavía están vivos.
Continuó él.
—No muertos. Infectados, sí, pero vivos.
Sacudió lentamente la cabeza.
Aquella cuestión lo había perseguido durante mucho tiempo.
—Las reservas normales de alimentos desaparecieron hace años. Los supermercados están vacíos de muchas cosas. La electricidad pública no existe. El agua corriente falla en casi todas partes. Y, por lo que he observado, muchos de ellos pasan las horas del día en estado de coma.
Ruth jugueteó con la cuchara.
Neville frunció el ceño.
—Pero siguen vivos.
Se reclinó.
—Tres años.
Repitió la cifra como si, al pronunciarla, pudiera descubrir el error.
—Tres años y no están muertos.
Miró directamente a Ruth.
—¿Qué demonios los mantiene vivos?
Ella no respondió inmediatamente.
Se había bañado poco antes de las cinco.
Neville le había dejado agua caliente, jabón, una toalla y una de sus batas.
Ahora llevaba aquella bata.
Era enorme para ella.
Los pliegues casi la envolvían por completo y las mangas habían tenido que ser dobladas varias veces para dejar libres las manos.
El cuerpo de Ruth parecía aún más pequeño dentro de aquella prenda.
Se había peinado.
El cabello rojizo, antes revuelto y pegado por el sudor, estaba limpio y recogido en la nuca con un lazo que Neville había encontrado entre algunas cosas antiguas.
Aquello la había transformado.
No completamente.
Seguía estando demasiado delgada.
Demasiado pálida.
Demasiado cansada.
Pero ya no parecía la criatura aterrorizada que había perseguido por el campo aquella tarde.
Ahora parecía una mujer.
Una mujer sentada frente a él.
Y eso seguía resultando extraordinario.
Ruth dio un pequeño golpe con la cucharilla sobre el platillo.
—Los veíamos a menudo.
Neville alzó la cabeza.
—¿A quiénes?
—A ellos.
Ruth indicó vagamente hacia afuera.
—Los infectados.
Neville esperó.
—Nunca nos acercábamos.
Continuó ella.
—Mi marido no lo permitía. Los observábamos desde lejos.
—¿Y?
Ruth se encogió de hombros.
—Pensábamos que no eran peligrosos durante el día.
Neville la miró.
—¿No sabía que vuelven después de muertos?
La cuchara dejó de moverse.
Ruth negó.
—No.
Neville la estudió.
—¿Nunca?
—No.
—¿Y quién pensaba que eran los que aparecían por la noche?
Ruth abrió la boca.
La cerró.
—Nunca pensamos que...
Sacudió lentamente la cabeza.
—Que fueran los mismos.
Neville la observó.
Ruth bajó la vista.
—Es difícil creer algo así.
Neville soltó aire por la nariz.
—Supongo.
A él ya no le resultaba difícil.
Ése era uno de los cambios más profundos.
Tres años atrás la idea de un cadáver moviéndose por las calles habría quebrado cualquier concepción racional del mundo.
Ahora podía discutir sobre ello mientras tomaba café.
Costumbre.
El horror también podía convertirse en rutina.
Ruth siguió comiendo.
Neville no.
La observaba.
A veces se daba cuenta y apartaba la mirada.
Después volvía a hacerlo.
Era imposible evitarlo.
Una mujer normal.
Quizá.
Eso todavía seguía pendiente.
Pero si lo era...
Después de tres años tenía compañía.
La palabra le parecía demasiado grande.
Compañía.
Alguien que podía preguntar.
Responder.
Contradecir.
Recordar.
Neville casi desconfiaba de la idea más que de la propia Ruth.
Era como encontrar una habitación iluminada en mitad de un cementerio.
Demasiado inesperado.
Demasiado perfecto.
Neville había aprendido a desconfiar de lo perfecto.
—Cuénteme más cosas sobre ellos.
Ruth rompió el silencio.
Neville parpadeó.
—¿Sobre los vampiros?
Ella asintió.
Neville tomó la cafetera.
Se levantó.
Sirvió otra taza para Ruth.
Después la suya.
Regresó la cafetera al fuego.
Se sentó.
—¿Cómo se siente?
—Mejor.
Ruth le ofreció una sonrisa mínima.
—Gracias.
Neville asintió.
Tomó una cucharadita de azúcar.
La dejó caer en el café.
Removió.
Entonces notó que Ruth lo observaba.
No una mirada casual.
Lo estudiaba.
Neville sintió incomodidad.
¿Qué veía?
Un hombre barbudo.
Grande.
Quemado por el sol.
Armado.
Con una casa convertida en fortaleza.
Un laboratorio.
Estacas.
Armas.
Libros médicos.
Un hombre que pocas horas antes había perseguido a una mujer por un campo.
Neville dejó de remover.
¿Cómo podía convencerla de que no era peligroso?
La pregunta resultaba irónica.
Porque ni siquiera él estaba seguro de confiar en ella.
Durante algunas horas había intentado hacerlo.
Había pensado:
Es humana.
Después: