—¡Virginia!
El grito salió de la garganta de Neville antes de que estuviera realmente despierto.
Fue un alarido desgarrado, casi animal, que atravesó la sala y rompió de golpe la oscuridad de la casa.
La silueta junto a la pared se estremeció.
Retrocedió.
Neville se incorporó violentamente.
Durante un instante no supo dónde estaba.
La cama.
Oscuridad.
Una franja tenue de luz procedente de la sala.
El corazón martillándole el pecho con una fuerza absurda.
Tum.
Tum.
Tum.
Parecía un prisionero intentando derribar a golpes las paredes de una celda.
Neville dejó caer los pies al suelo.
Se levantó.
El mundo se balanceó.
Todavía medio dormido, recorrió con la mirada el dormitorio sin reconocerlo.
No sabía qué hora era.
Ni qué día.
Ni en qué año estaba.
Durante aquel segundo sólo existía una certeza.
Virginia.
La había visto.
Una sombra.
De pie.
Como aquella noche.
Neville avanzó.
—¿Virginia?
La palabra salió débil.
Casi infantil.
Tragó saliva.
—¿Virginia?
La figura volvió a moverse.
—Soy...
La voz tembló.
Neville se quedó rígido.
—Soy yo.
No era aquella voz.
No.
Pero su mente todavía se resistía a despertar.
Avanzó hacia la sala.
Desde la mirilla abierta entraba un rayo delgado de luz exterior, suficiente para recortar una silueta humana contra la pared.
Neville entrecerró los ojos.
Extendió la mano.
La figura aspiró con fuerza.
—Soy Ruth.
Neville se detuvo.
—Ruth.
La muchacha lo dijo otra vez, ahora un poco más alto.
—Soy Ruth.
El sueño terminó.
De golpe.
Como una cortina arrancada.
Neville abrió los ojos completamente.
Algo frío le atravesó el pecho y descendió hasta el estómago.
No era Virginia.
Claro que no.
Virginia estaba muerta.
Muerta desde hacía casi tres años.
Había muerto.
Había regresado.
Había vuelto a morir.
Neville bajó lentamente la mano.
Se frotó los ojos.
Luego las sienes.
Respiró.
La silueta de Ruth seguía allí.
Y detrás de ella sólo había pared.
Nada más.
No Virginia.
Nunca Virginia.
Una depresión enorme cayó sobre él.
Tan rápida que le produjo casi dolor físico.
—Oh.
Neville tragó.
—Oh, yo...
Se pasó una mano por el rostro.
La neblina del sueño desapareció completamente.
Miró la mirilla.
Después a Ruth.
Algo no encajaba.
—¿Qué estaba haciendo?
Su voz seguía espesa.
Ruth no respondió inmediatamente.
Neville buscó el interruptor.
Encendió la lámpara.
La luz amarillenta llenó una parte de la habitación.
Ruth parpadeó.
Estaba apoyada contra la pared.
Los brazos caían junto al cuerpo.
Las manos estaban cerradas.
Demasiado cerradas.
Neville la observó.
Algo más.
Tardó un momento en reconocerlo.
—¿Por qué está vestida?
Ruth respiraba con rapidez.
La bata de Neville había desaparecido.
Llevaba otra vez el vestido.
El mismo del día anterior.
Neville se pasó ambas manos por el rostro.
—¿Ruth?
Ella señaló vagamente hacia la mirilla.
—Estaba mirando.
Neville frunció el ceño.
—Eso ya lo veo.
Su atención regresó a la ropa.
—¿Por qué se vistió?
—No podía dormir.
Neville se quedó mirándola.
La explicación no tenía sentido.
O podía tenerlo.
Pero había algo en la postura.
En la cercanía de la puerta.
En la tensión de las manos.
Neville sintió cómo la confusión del despertar era reemplazada lentamente por sospecha.
A través de la mirilla continuaban llegando sonidos.
Gruñidos.
Algún golpe.
Voces.
La noche seguía afuera.
Entonces, claramente:
—¡SAL, NEVILLE!
Ben Cortman.
Neville cerró los ojos un segundo.
Aquella voz sí era conocida.
Normal.
En aquel mundo, incluso el grito de Cortman podía ser tranquilizador porque pertenecía a una rutina comprensible.
Neville caminó hasta la puerta.
Cerró la mirilla por completo.
La habitación quedó aislada otra vez.
Luego se volvió.
Ruth seguía allí.
—Le pregunté por qué está vestida.
—Ya se lo dije.
—No.
Neville dio un paso.
—Me dijo que no podía dormir.
Ruth apretó los labios.
—Eso no explica por qué se vistió.
Silencio.
Neville sintió que algo empezaba a tensarse dentro de él.
—¿Pensaba marcharse?
Ruth abrió los ojos.
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Neville avanzó.
—¿Iba a irse mientras yo dormía?
—No, yo...
—¿Iba a marcharse?
La agarró por la muñeca.
Ruth gimió.
Neville apretó sin darse cuenta.
—No.
La voz de ella se quebró.
—No.
Neville la miró.
Ruth parecía aterrorizada.
Otra vez.
Como en el campo.
Como cuando la obligó a entrar.
El miedo que había empezado a desaparecer durante la cena estaba de vuelta.
—¿Cómo podría salir?
Dijo Ruth rápidamente.
—Están todos ahí fuera.
Neville no respondió.
La lógica era evidente.
Nadie con juicio intentaría abandonar la casa en plena noche.
Eso no significaba que Ruth tuviera juicio.
O que fuese quien decía.
Neville continuó mirándola.
Entonces recordó.
Virginia.
La sombra en la puerta.
Su propio grito.
El cuerpo de Ruth había ocupado durante un instante el lugar de su mujer.
Sintió vergüenza.
Confusión.
Rabia contra sí mismo.
Soltó la muñeca.
Ruth la llevó inmediatamente contra el pecho.
Neville retrocedió.
Giró.
Caminó hacia el bar.