IV - Enero de 1979
Aparecieron de noche.
No hubo aviso.
Ninguna voz.
Ningún disparo previo.
Primero llegó el sonido.
Un murmullo lejano de motores que fue creciendo poco a poco desde algún punto de la ciudad muerta.
Neville levantó la cabeza del libro.
Permaneció inmóvil.
Escuchó.
Durante años había aprendido a distinguir los sonidos nocturnos.
Los gritos de los vampiros.
Golpes contra madera.
Cristales.
Pasos.
Alguna puerta caída bajo la presión de cuerpos.
Pero aquello era distinto.
Motores.
Varios.
Potentes.
Coordinados.
Neville cerró lentamente el libro.
El rugido aumentó.
Se levantó.
Caminó hacia la puerta.
Abrió la mirilla.
Al principio sólo vio la calle habitual.
Oscuridad.
Sombras moviéndose.
Los rostros pálidos de los vampiros.
Ben Cortman no estaba a la vista.
Neville entrecerró los ojos.
Entonces aparecieron las luces.
Dos haces blancos doblaron la esquina.
Después otros.
Faros.
Neville sintió un golpe en el pecho.
Los rayos barrieron las fachadas.
Ventanas.
Árboles.
Pavimento.
Durante un instante iluminaron de lleno a los vampiros.
Las criaturas reaccionaron de inmediato.
Se volvieron.
Los ojos oscuros se abrieron.
Algunos levantaron las manos para protegerse del resplandor.
Otros retrocedieron.
Los motores rugieron.
Coches oscuros entraron en la calle.
No uno.
Varios.
Neville dejó escapar aire lentamente.
—Han venido.
Lo dijo sin darse cuenta.
Durante meses había sabido que aquello ocurriría.
Ruth se lo había advertido.
Creceremos.
Vendrán por ti.
Había tenido tiempo.
Meses.
Tiempo suficiente para abandonar la casa.
Cargar provisiones.
Subir a las montañas.
Desaparecer.
No lo había hecho.
Y ahora estaban allí.
Neville se apartó bruscamente de la mirilla.
La espalda quedó contra la pared.
El corazón latía con rapidez.
Por un instante los antiguos reflejos regresaron.
Armas.
Defensa.
La cómoda.
Dos pistolas.
El rifle automático sobre la mesa de trabajo.
Municiones.
Ventanas.
Puertas.
Podía atrancar más.
Bloquear el corredor.
Preparar posiciones.
Había defendido aquella casa durante años.
Podía convertirla otra vez en una fortaleza.
Su mirada fue hacia el pasillo.
—No.
La palabra salió seca.
No.
Aquello lo había decidido hacía meses.
Después de la carta de Ruth.
Después de comprender lo que estaba ocurriendo.
No lucharía.
Había pensado en ello muchas noches.
Había imaginado exactamente ese momento.
Ellos vendrían.
Él saldría.
Se entregaría.
No intentaría matar a más.
No era su mundo.
Ya no.
Neville cerró los ojos.
Respiró.
—No voy a luchar.
Volvió a la mirilla.
La calle se había convertido en otra cosa.
Los faros cruzaban la oscuridad.
Uno barría el césped.
Otro una fachada.
Otro seguía a un hombre que corría.
Figuras vestidas de oscuro bajaban de los vehículos.
Llevaban rifles.
Linternas.
Hachas.
Picas largas.
Palos.
Se movían con rapidez.
Con disciplina.
No parecían improvisar.
Neville observó.
Un vampiro corrió hacia una casa.
Un hombre lo persiguió.
Otro le cerró el paso.
Un disparo.
El sonido atravesó incluso las paredes aisladas.
El vampiro cayó.
Otro intentó escapar.
Tres hombres lo alcanzaron.
Neville frunció el ceño.
Había esperado otra cosa.
Captura.
Tal vez ejecuciones organizadas.
No aquello.
Otro disparo.
Después tres más.
Dos vampiros rodaron por el pavimento.
Cuatro hombres cayeron sobre ellos.
Los sujetaron.
Brazos extendidos.
Piernas inmovilizadas.
Neville contuvo la respiración.
Dos figuras levantaron picas.
Las puntas metálicas brillaron bajo los faros.
Después descendieron.
Una.
Dos.
Los vampiros gritaron.
El sonido fue brutal.
Neville sintió que el estómago se le cerraba.
La sangre comenzó a correr.
Oscura.
Negra bajo ciertas luces.
Roja cuando un faro la atravesaba.
—Dios.
Neville se apartó un poco.
No pudo dejar de mirar.
Había siete vampiros en la calle.
Seis hombres.
Una mujer.
Los recién llegados los rodearon.
No gritaban órdenes.
No parecían necesitarlas.
Cada uno sabía qué hacer.
Sujetaban.
Inmovilizaban.
Clavaban.
La mujer intentó morder a uno.
La golpearon.
Cayó.
Dos hombres la sujetaron.
Otro hundió la pica.
Neville apretó la mandíbula.
La noche se llenó de aullidos.
Uno.
Luego otro.
Después ninguno.
Neville sintió una presión en el pecho.
¿Ésta era la nueva sociedad?
¿Aquello era lo que Ruth había querido proteger?
Había imaginado grupos organizados.
Leyes.
Ciencia.
Tratamientos.
Una transición.
No una carnicería.
—¿Por qué de noche?
Murmuró.
Eso era lo que más le molestaba.
Si querían matar a los muertos, podían hacerlo durante el día.
Mientras dormían.
Sin resistencia.
Sin lucha.
Sin gritos.
Neville lo había hecho durante años.
Y de pronto la comparación le produjo incomodidad.
También él había entrado en casas.
También él había clavado estacas.
También él había matado cuerpos indefensos.
¿En qué se diferenciaba?
La respuesta apareció demasiado rápido.