Un murmullo confuso flotaba en el aire.
Al principio Robert Neville creyó que formaba parte de un sueño.
No distinguía voces.
Ni palabras.
Era sólo un rumor continuo, grave, distante, formado por cientos de sonidos superpuestos que llegaban hasta él como el rumor del mar desde el interior de una cueva.
Intentó abrir los ojos.
No pudo.
Algo pesado parecía mantenerle los párpados cerrados.
Respiró.
El pecho respondió con una llamarada.
Neville tosió débilmente.
La tos se convirtió inmediatamente en una mueca de dolor.
—Ah...
Movió la cabeza sobre la almohada.
Despacio.
Incluso aquel movimiento resultaba insoportable.
El murmullo aumentó.
O quizá era él quien empezaba a oír mejor.
Había voces.
Muchas.
Pasos.
Algún grito.
Todo mezclado.
Neville llevó lentamente las manos hacia el pecho.
Los dedos encontraron una manta.
Después tela.
Luego una venda gruesa.
Se detuvo.
El contacto despertó otra oleada de dolor.
Era como si alguien hubiera abierto su cuerpo y depositado carbones encendidos dentro.
No.
No encima.
Dentro.
El fuego nacía en algún lugar bajo el esternón y se extendía hacia los costados.
Neville apretó los dientes.
Un gemido escapó.
Esta vez no pudo contenerlo.
Abrió finalmente los ojos.
El techo era de yeso.
Blanco.
Agrietado en una esquina.
Neville lo contempló durante varios segundos sin parpadear.
No lo reconocía.
Eso fue lo primero que comprendió.
No era su techo.
No era su dormitorio.
No era su casa.
El dolor disminuyó ligeramente.
Después regresó.
Subía.
Bajaba.
Oleadas.
Neville respiró de forma superficial.
Si llenaba demasiado los pulmones, una punzada fría atravesaba el pecho.
Cerró los ojos.
«No te relajes.»
No sabía por qué apareció aquel pensamiento.
Quizá porque tenía la sensación de que si dejaba de luchar contra el dolor se hundiría.
Y algo dentro de él todavía se negaba a hacerlo.
Durante varios minutos permaneció así.
Resistiendo.
Una respiración.
Otra.
Dolor.
Pausa.
Dolor.
Otra vez.
Como una máquina vieja intentando arrancar.
Un engranaje.
Después otro.
Una interrupción.
Un nuevo esfuerzo.
Poco a poco la conciencia regresó.
Y con ella las preguntas.
«¿Dónde estoy?»
Neville volvió a abrir los ojos.
El techo seguía allí.
Intentó levantar un poco la cabeza.
Error.
Una descarga atravesó el pecho y la nuca.
Neville dejó caer la cabeza inmediatamente.
Jadeó.
Miró hacia abajo como pudo.
Una gran venda cubría su torso.
En el centro había una mancha.
Roja.
Húmeda.
La sangre había penetrado las capas.
Neville la observó.
No sintió sorpresa.
Sólo reconocimiento.
—Estoy herido.
La voz fue apenas un susurro.
Se corrigió mentalmente.
«Malherido.»
Eso era evidente.
La boca estaba completamente seca.
La lengua parecía demasiado grande.
La garganta ardía.
Intentó tragar.
No pudo.
«¿Dónde estoy?»
Otra vez.
«¿Dónde...?»
Entonces recordó.
La calle.
Los coches.
Los faros.
Ben Cortman cayendo del tejado.
Las picas.
La puerta.
Los hachazos.
La cerradura saltando.
Hombres entrando.
La pistola.
El disparo.
El impacto en el pecho.
Botas.
Manos.
Ser arrastrado.
Neville cerró los ojos.
Ya sabía dónde estaba antes incluso de mirar a un lado.
Cuando finalmente lo hizo, vio la pequeña ventana.
Barrotes.
Luz gris.
Neville se quedó observándola.
El murmullo venía de afuera.
No era un sueño.
No era una de esas noches de whisky en que despertaba sin saber cómo había llegado al suelo.
Aquello había ocurrido.
Habían venido.
Lo habían sacado de su casa.
Lo habían capturado.
Y ahora estaba allí.
Prisionero.
Dejó caer la cabeza sobre la almohada.
El techo volvió a ocupar todo su campo de visión.
Tres años.
Tres años fortificando aquella casa.
Tres años convirtiéndola en refugio.
Laboratorio.
Tumba.
Santuario.
Tres años creyendo que podía definir el mundo desde detrás de sus paredes.
Y terminaba así.
En una cama desconocida.
Con una bala en el cuerpo.
Esperando algo que todavía no podía nombrar.
Neville miró nuevamente la venda.
La mancha parecía un ojo rojo.
Cerró los párpados.
«Voy a morir.»
El pensamiento no llegó acompañado de miedo.
Eso lo sorprendió.
Había vivido rodeado por la muerte.
La había observado.
Provocado.
Estudiado.
Clasificado.
Había visto cuerpos rígidos.
Cuerpos dormidos.
Cuerpos que volvían a levantarse.
Cadáveres convertidos en polvo.
Personas desangrándose.
Había caminado junto a la muerte durante años como un equilibrista sobre una cuerda.
Y aun así...
Su propia muerte seguía siendo incomprensible.
Neville podía imaginar el cuerpo muerto de otro hombre.
Incluso el suyo como concepto.
Pero no podía imaginar la ausencia de sí mismo.
No pensar.
No sentir.
No estar.
La mente intentaba mirar más allá y encontraba una pared.
Neville exhaló.
—Curioso.
La palabra apenas se oyó.
Seguía pensando como si tuviera tiempo.
La puerta se abrió.
Neville no pudo volver la cabeza.
Sólo escuchó.
Bisagras.
Pasos.
Una persona entrando.
La puerta cerrándose.
Las pisadas se aproximaron.
Neville intentó mirar hacia un lado.