Enero de 1994 — Quince años después
Los niños conocían su nombre.
Eso era lo que más perturbaba a Ruth.
Quince años habían pasado desde la muerte de Robert Neville, y todavía había noches en que los niños de la nueva ciudad se reunían en pequeños grupos para contarse historias sobre él.
No conocían su rostro.
No conocían su voz.
No sabían cómo se reía.
No sabían que fumaba en pipa, que escuchaba música clásica, que se irritaba cuando no comprendía algo, que podía pasarse días enteros intentando resolver un problema microscópico hasta olvidar que existía el mundo exterior.
Para ellos Robert Neville era otra cosa.
Una sombra.
Una amenaza.
Una criatura del pasado.
El Hombre del Día.
Así lo llamaban algunos.
Otros decían simplemente:
Neville.
Y bastaba.
—Si no duermes, Neville vendrá a buscarte.
Ruth había oído a una madre decirlo una vez en una plaza.
No había podido seguir caminando.
Se había quedado inmóvil, en mitad de la acera, escuchando la risa nerviosa del niño.
Aquella noche no durmió.
Porque había comprendido que Robert había tenido razón.
Se había convertido en leyenda.
Pero no en la leyenda que él hubiera elegido.
La ciudad ya no se parecía al lugar que Neville había conocido.
Habían reparado calles.
Reconstruido edificios.
Restablecido electricidad en varios sectores.
Había hospitales.
Escuelas.
Un consejo civil.
Patrullas.
Tribunales.
Laboratorios.
La sangre desfibrinada y los inhibidores que en otro tiempo se distribuían en pequeñas píldoras rudimentarias habían evolucionado durante años de investigación.
Ahora los tratamientos eran más estables.
Más seguros.
Los niños nacidos después de la epidemia recibían controles desde el nacimiento.
La infección seguía existiendo.
El bacilo también.
Pero ya no gobernaba cada minuto de sus vidas.
La sociedad había aprendido a vivir con él.
Eso era precisamente lo que Ruth le había dicho a Neville.
Seguiremos vivos.
Y habían vivido.
Con dificultad.
Con violencia.
Con errores.
Pero habían vivido.
Ruth tenía cuarenta y tantos años.
El cabello rojizo mostraba ya algunas hebras grises cerca de las sienes.
Lo llevaba corto.
No por moda.
Por costumbre.
Seguía trabajando para el gobierno, aunque hacía años que había abandonado las unidades operativas.
Ahora dirigía una pequeña sección del Archivo Histórico y Médico.
Un título burocrático para algo que Ruth consideraba mucho más importante.
Su trabajo consistía en recordar.
Y, sobre todo, impedir que los demás olvidaran de forma conveniente.
Aquella mañana caminó por el corredor central del antiguo edificio municipal.
Las paredes eran nuevas.
El suelo también.
Pero en ciertos lugares todavía podían verse marcas del mundo anterior.
Una columna ennegrecida.
Un fragmento de azulejo antiguo.
El contorno de una puerta que ya no existía.
Ruth prefería que permanecieran.
Otros querían reconstruirlo todo.
Borrar.
Pintar.
Sustituir.
Ella siempre se había opuesto.
—Si borramos todas las cicatrices.
Había dicho una vez ante el consejo.
—Dentro de cincuenta años nuestros hijos creerán que nunca estuvimos heridos.
Aquella frase había terminado grabada en una placa.
Ruth odiaba la placa.
Le parecía precisamente la clase de cosa que Robert habría considerado ridícula.
Entró en el archivo.
Una joven funcionaria levantó la cabeza.
—Buenos días, directora.
—Buenos días.
—Han llegado los documentos del sector occidental.
—Déjalos sobre mi mesa.
La muchacha asintió.
Ruth continuó hacia una puerta al fondo.
No había ningún letrero.
Sacó una llave.
Entró.
Cerró.
La habitación era pequeña.
Sin ventanas.
Había estanterías metálicas.
Cajas.
Fotografías.
Cintas.
Libros.
Y, en el centro, dentro de una vitrina sencilla, algunos objetos.
Una pipa.
Un reloj detenido.
Un cuaderno.
Un par de gafas de laboratorio.
Una fotografía deteriorada de una mujer y una niña.
Ruth se acercó.
Robert Neville.
Lo que quedaba de él.
O, al menos, lo que podía guardarse en una vitrina.
Después de su muerte, habían querido quemarlo inmediatamente.
Ruth todavía recordaba la discusión.
Había ocurrido menos de una hora después de la ejecución.
Neville no había llegado vivo hasta el lugar donde pensaban matarlo.
Las píldoras que Ruth le había dado hicieron su trabajo.
Cuando los funcionarios entraron en la celda, Robert Neville estaba tendido junto a la pared.
Los ojos cerrados.
Una mano abierta sobre el suelo.
La otra todavía cerca del pecho.
No respiraba.
El médico se arrodilló.
Comprobó el pulso.
Después levantó la vista.
—Ha muerto.
Ruth estaba detrás.
No dijo nada.
Algunos de los hombres que habían esperado durante horas para presenciar la ejecución protestaron.
Querían sacar el cuerpo.
Querían mostrarlo.
Había personas fuera que exigían verlo muerto.
Algunos querían colgarlo.
Otros querían quemarlo públicamente.
Unos cuantos pedían que su cabeza fuera exhibida.
Ruth los había escuchado desde el corredor.
Había sentido náuseas.
Un oficial se volvió hacia ella.
—La gente necesita saber que ha terminado.
Ruth miró el cuerpo.
Neville parecía mucho más pequeño muerto.
Aquello la había sorprendido.
Durante el tiempo que lo conoció siempre le había parecido enorme.
Incluso sentado.
Incluso cuando estaba herido.