El Último Viaje

1. El día en que todo se detuvo

No soy bueno contando historias. Creo que nunca lo fui realmente. Hoy, sin embargo, estoy frente a mi vieja computadora intentando expresar con palabras aquello que viví hace un tiempo atrás y que hasta el día de hoy no he podido contar.

Quizá para ustedes —aunque honestamente no sé cuántos lean esto— suene poco realista o demasiado fantasioso lo que relataré a continuación. Es más, no les voy a mentir, hasta para mí por momentos lo parece. Pero les prometo que ocurrió. No tengo por qué mentirles, no ganaría nada con ello.

Todo comenzó un viernes de junio de hace ya varios años. En ese entonces yo tenía unos veintitantos y era estudiante universitario. Uno del montón, de esos que pasan desapercibidos pero aprueban. Estudiaba medicina. Y me encantaba. Quería salvar a cada persona enferma que se me pusiera enfrente. Tenía mucha esperanza con lograr cosas que hoy reconozco utópicas. Pero en fin, eso no viene al caso.

Ese viernes recuerdo que me desperté empapado en sudor y con mucho dolor de cabeza. Tenía el cuerpo caliente pero sentía frío.

—Tengo fiebre —dije en voz baja, tocándome la frente.

Cerré los ojos un momento. Era muy temprano. Llovía torrencialmente.

Me incorporé con mucha dificultad, con la ayuda de los codos. Veía lucecitas de colores, como flashes, y estaba mareado. Sentía náuseas y me costaba respirar. Intenté mantener la cordura y me autoconvencí de que con algún analgésico barato se me pasaría. Debía de ser un virus de esos cotidianos que circulan por los hospitales todo el tiempo. Al fin y al cabo estaba rotando por pediatría y los niños siempre están con los mocos colgando.

Abrí con mucha dificultad el cajón de la mesa de luz y saqué un blíster de paracetamol. Las manos me temblaban. Me costaba mantener la mirada fija.

Tomé dos comprimidos. Un gramo. Dejé el resto de la medicación a un lado y me volví a recostar. Me tapé hasta el cuello. Estaba cada vez más agitado y las náuseas se habían vuelto insoportables. La presión en el pecho estaba creciendo y mi razón estaba cada vez más nublada por el dolor y la confusión.

Entonces, como si fuese el final de una película, todo se fundió a negro.

***

Mi mamá siempre me decía que el cielo era un sitio hermoso, lleno de flores de colores, de aromas hipnotizantes y de melodías dulces. Me decía, también, antes de fallecer en aquella cama de hospital, llena de tubos, monitores y pitidos indeseables, que no me pusiera triste, que cuando llegara a ir, cuando fuera mi turno, nos reuniríamos todos alrededor de un manzano y seríamos eternamente felices.

Pero no.

Había mucha oscuridad. Y frío. Y ecos de voces apenadas. Era un lugar enorme, casi como una habitación cuadrada sin fin. No lograba dimensionar con claridad dónde estaban las paredes. Parecía eterno. Y triste.

Supe enseguida que no era un sueño. Podía verme las piernas, tapadas con un jean azul oscuro remangado hasta las rodillas. Me descubrí descalzo. Me ardía el contacto de mis pies con el suelo helado. Podía reconocer mis manos.

No era un sueño. De eso estaba seguro.

Era otro lugar.

Era el umbral después de la muerte.

***

Bienvenidos a mi nueva novela.

Ojalá les guste.



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En el texto hay: muerte sobrenatural joven

Editado: 27.10.2026

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