El vacío inmenso del alma

Capítulo 1: Accidente

Todos te dicen que, cuando llegue el momento, es algo por lo que tienes que pasar; eres mujer y el cuerpo ya lo reconoce. Mi nombre es Luz y quiero contarte un poco de lo que viví desde mi punto de vista.

Ese día vi mi calendario: ya faltaba poco. Estaba gestando de casi 39 semanas y solo quedaban días. Recordé que en mis controles todo iba bien; mi bebé estaba fuerte y hermosa, mi niña, mi princesa. De pronto, vino a mi mente mi primer embarazo y todo lo que pasé con mi hijo varón, mi guerrero. Recuerdo que ese embarazo tampoco fue nada fácil; mi hijo casi muere en la semana veinte.

Les cuento: saliendo de trabajar, yo tenía mi cartera en el hombro y caminaba por la vereda como si nada, de lo más tranquila. Ese día no esperé el autobús porque quería caminar; la noche era bonita. Ya llevaba trabajando para esas personas mucho tiempo; eran seres maravillosos que me dieron muchas oportunidades de trabajo cuando volví, y eso siempre se los agradeceré. Ellos también me ayudaron mucho ese fatídico día.

Dispuesta a caminar a casa, me sentía muy tranquila; no pensé que algo malo pasaría. Abrigué mi barriga, que ya era notoria, y de repente lo escuché. Un auto blanco venía hacia mí desde el otro lado de la calle. Se me aproximó tanto que no me dio tiempo de reaccionar. De la ventana de atrás salió un hombre, estiró la mano y cogió mi cartera. La tiró con fuerza y me arrastró hacia la pista. El tirón fue tan violento que me hizo dar dos vueltas en el aire antes de caer de azote contra el suelo. En ese momento, mi mente se puso en blanco; perdí ligeramente el sentido, pero no me desmayé.

Con el cuerpo adolorido y un dolor punzante en el vientre, sentía que la espalda no se podía ni mover y mi cadera estaba totalmente inmóvil. Levanté la cabeza y lo vi: ese auto blanco, aquel que se me había acercado, se alejaba dejándome tirada en el suelo. Aún podía ver mi bolso mientras alguien lo jalaba hacia adentro por la ventana.

Sus luces eran fuertes y me cegaron por un momento. Cuando el auto volvió a su carril, vi que de frente venía un autobús directamente hacia mí. Gracias a que iba lento, con pocos pasajeros y ya estaba cerca de su paradero final, el chofer pudo darse cuenta de que yo estaba allí tirada, en media pista. Pasó por mi lado, pero algo que me hizo sentir muy mal —en medio del dolor de ese momento— fue lo que el conductor del autobús dijo:

—¡Para qué toma, ves!

Llevaba la puerta abierta, así que pude oírlo perfectamente justo cuando pasó muy cerca de mí. Esas palabras me dolieron en el alma. Necesitaba ayuda, pero no podía pronunciar palabra; mi cuerpo estaba tan lastimado que intentar hablar también dolía mucho. Cuando reaccioné y volví en mí, al notar que seguía allí, el dolor y las punzadas me llegaron de golpe. Comencé a llorar.

Lloré con tal fuerza que llamé la atención de un joven que estaba cerca. Era apenas un colegial de unos catorce o quince años.
Se me acercó, me extendió la mano y solo dijo: «¿Le ayudo a levantarse?». Pero no pude. Me agarré la barriga con fuerza; sentí cómo mi bebé se endurecía más y más, como si su espacio comenzara a quedarle chico. El pequeño estaba inmóvil: ni una patada, ni un pequeño movimiento. Eso me asustó aún más y solo me puse a llorar. Mi mente solo repetía: «Mi bebé, no... mi bebé no».
A lo lejos estaba un compañero que también ya había salido de trabajar. Me vio y corrió hacia mí. Cuando ya estaba cerca, mi conciencia se iba; yo solo lloraba y pensaba en mi hijo. Lo vi sacar su teléfono y hacer una llamada.
Detrás de él vinieron dos compañeras más, una de ellas embarazada casi del mismo tiempo que yo. Mientras me veían, sus ojos se ponían tristes. Sentí que me faltaba el aire; sentía que me iba, pero me contenía con fuerza. Solo podía repetirme: «Ni lo pienses, tu bebé te necesita. Ni lo pienses, tienes que estar bien». Pero el dolor era insoportable y ya no tenía fuerzas ni para llorar; solo quería estar a salvo.

Mientras venían en mi ayuda, mi jefe de ese momento trajo su vehículo de trabajo y me ayudaron a subir. Nos dirigíamos al hospital. Sentí que el viaje se hacía eterno. Mis amigas lloraban mientras me acompañaban; yo tenía que mantenerme en calma, pero las lágrimas no se detenían. A mitad de camino, una patrulla de serenazgo nos alcanzó para guiarnos hacia la emergencia.
Cuando llegué al hospital sentí un poco de alivio, pero la pesadilla no había terminado: mi bebé aún no se movía.




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