En la entrada de la cueva hay cuatro hombres; están sentados esperando algo con calma, pero incluso así tienen las lanzas cerca. Caliope y Temístocles están jugando a un lado; están entretenidos con un trompo de madera. Temístocles lo tira, ella toca una flauta de hueso. Parecen tranquilos, pero Temístocles está callado, con la mirada fija en su trompo; tan fija que, si las miradas pudieran perforar ese trompo, tendría un agujero en el centro exacto. Caliope está demasiado quieta, casi rígida; ella solo toca esa flauta cuando no puede sonreír. Tiene los ojos cerrados, un gesto medido para dos propósitos: parecer profundamente concentrada y dificultar la salida de las lágrimas.
Mis ojos vuelven a Néstor, acostado entre mis brazos. Está rojo; la fiebre debe haber subido otra vez. Afortunadamente no ha vuelto a toser sangre. Su pecho aún está manchado de ella, mi bata de piel de ciervo también está manchada, pero no he logrado limpiar del todo a Néstor, no sin agua. Le acerco el odre con agua; con esta fiebre necesita tomar mucha agua.
Mientras bebe del odre, empieza a toser y se lo quito. Sus ojos se abren solo un poco y una voz débil sale de sus labios húmedos.
—Pa... Pa...
Me inclino un poco para que me vea bien.
—Sí, estoy aquí, estoy contigo.
Sus ojos se cierran un momento, un parpadeo demasiado largo para mi gusto.
—¿Me voy a morir?
Se me contrae el estómago mientras la boca se me seca y la lengua se me pega al paladar.
—¡No! ¡Eso es mentira! ¡¿Quién te enseñó a decir mentiras?!
Mi arrebato hace que los otros dos me presten atención, pero no es mi prioridad ahora. Una sonrisa débil se le planta a Néstor en la cara.
—Jaja... Te quiero, pa. Dile a Temis que se puede quedar con mis juguetes.
Temístocles se acerca y agarra bruscamente a Néstor.
—No los quiero, y no digas tonterías ahora; no digas esas cosas.
Caliope quita a Néstor de manos de Temístocles, afortunadamente con más delicadeza, y pone la sonrisa más brillante y viva que le he visto en veinte años.
—¡Jovencito! ¡Deja de asustar así a tu hermano mayor y a tu padre! ¡Tu pobre padre ya no está en edad para estos sustos!
Al hablar, está jadeando; puedo ver el sudor correr por todo su cuerpo, como si estuviera en un horno.
—Mami, dame un último abrazo. Porfa.
No respiro.
Ella lo abraza con fuerza, ahora sin darle importancia a las lágrimas que le salen entre sollozos. Puedo ver cómo el cuerpo de Néstor se pone flácido entre los brazos de Caliope.
Los abrazo a ambos con fuerza; Temístocles lo hace un segundo después. Nos quedamos así un tiempo. Pero solo me doy cuenta del paso del tiempo cuando siento el frío en mi espalda, donde antes estaba el calor de Temístocles.
Después de otro momento, Caliope me deja a Néstor en brazos y se va, mientras oculta las lágrimas.
Yo me quedo con Néstor en brazos, hasta que la luz de la luna es tapada. Oigo pasos que se acercan. No me giro.
Una mano se acerca con calma y escucho una voz anciana; no entiendo las palabras, pero el significado me queda claro.
—Déjame ver.
Giro el cuello con dificultad, pero lo miro; es un anciano con bastón.
—No está muerto.
El anciano se agacha, mira a Néstor y sacude la cabeza.
—Lo siento.
Yo niego con la cabeza tratando de negar lo que dice.
—No está muerto.
–––
La gota que rompió el silencio. {Caliope}
Ya ha pasado tiempo desde la muerte de mi hijo, pero no me siento mejor; para mí se siente como si hubiera sido ayer. Casio lo está tomando peor que yo: pasa casi todo el día encerrado en un rincón de la cueva, creo que se culpa por no haber podido ayudar. No sale por voluntad propia; sale porque Temístocles lo viene a buscar, porque estamos en un periodo de prueba, porque hay mucho que hacer. Pero esas salidas le están haciendo bien; puedo ver que está volviendo a sonreír genuinamente. Temístocles... No estoy segura de cómo lo tomó; no habla de eso, no llora desconsolado como su padre, pero al mismo tiempo parece tener algo guardado. Yo lo estoy tomando bien; aún no he llorado.
Ah, también tenemos mucho que hacer. Casio y Temístocles están yendo a la escuela para aprender muchas cosas: el idioma, combate, caza... Aún me preocupa ese asunto de cazar, pero realmente no estamos en posición de cuestionar nuestros trabajos. Yo me mantengo ocupada; Yara, la hija del jefe, me está ayudando a aprender el idioma mientras me introduce con las mujeres de la tribu. Ella se ofreció a hacerlo; gracias a eso, yo no tengo que ir a la escuela y, en cambio, recibo tutorías. Pero hoy Yara se está demorando en llegar.
La cueva está sola; Casio y Temístocles se fueron a la escuela hace un momento. Normalmente Yara llega antes de que ellos se vayan, pero hoy se está demorando. La piedra bajo mis rodillas está áspera, fría. El olor del musgo es fuerte, pero el sonido de esa gotera que cae es estremecedor; en el silencio de esta maldita cueva, esa gota suena como un gran tambor.
Mi corazón suena incluso más fuerte dentro de mi pecho, mientras mi respiración se agita en el silencio. Yara aún no llega, y hace mucho calor.
Me levanto con demasiada rapidez y tomo el cuenco de barro que uso para recoger la gotera; me lo bebo de un trago frenético. El agua escurre por mis labios antes de derramarse en mi cara. Pero el calor no cesa; un hipo se me escapa entre los labios, luego otro, y me siento muy mal, como si estuviera por morir. Las lágrimas caen de mis ojos antes de que me dé cuenta. No sé en qué momento comienzo a llorar y sollozar como si una presa se hubiera roto.
—¡No!
Me dejo caer al piso, y me retuerzo entre lágrimas y un llanto que no cesa. Solo me detengo cuando alguien me sostiene entre sus manos. Sé que es Yara, pero no me importa; ya es demasiado tarde para que llegue.
Me agarra entre sus brazos y lloro en su pecho. Ella no habla, simplemente me sostiene. Simplemente está.
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Editado: 18.10.2026