El Valle del Renacimiento

4: El Interludio

Entras por una puerta roja al final del pasillo. Desde el otro lado, empiezas a escuchar mis palabras.
—El basilisco es una criatura con cuerpo de serpiente y cabeza de gallo. Mide cerca de diez metros y pesa cerca de 500 kilos. Una criatura bastante bonita si te gustan las serpientes.
Empiezas a caminar hacia la puerta al final del pasillo, atraído por mi voz.
—No cuenta con plumas; en su lugar está cubierto por escamas retráctiles capaces de clavarse como espinas. Oh, claro, y le gusta comer humanos.
Llegas a la puerta y la abres, para encontrarme sentado en mi sofá rojizo. Estoy usando un traje sin corbata; en las manos tengo una hoja escrita en el idioma universal. Levanto la vista de la hoja y te miro de frente. En mis labios se forma una media sonrisa.
—Has llegado. No te molestes en intentar hablar aquí; no funciona.
Me giro hacia la hoja y vuelvo a mi lectura.
—Sus espinas inyectan un veneno capaz de paralizar a la víctima. Normalmente se come a las presas antes de que el veneno haga efecto por completo, pero si no te come, el veneno llegará a tu corazón y lo detendrá; una muerte que pocos han experimentado.
Dejo la hoja a un lado y vuelvo a mirarte.
—Una criatura interesante, ¿no crees? Tal vez lo veas pronto con tus propios ojos.
Con eso pongo la hoja entre las páginas del libro; el libro brilla un instante y la hoja desaparece.
—Ahora, Casio, la puerta está por ahí.
Me giro hacia la puerta por donde entraste. Te acercas, pero antes de salir, añado:
—Ese niño tuyo, Temístocles, es demasiado audaz para su propio bienestar. Que tengas una buena cacería.




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