Ser calificada como «el diamante indiscutible de la temporada» suena, en la teoría, como un honor reservado para las heroínas de los cuentos que las nodrizas susurran junto al fuego. En la práctica, sin embargo, significa únicamente que debo mantener la espalda ridículamente recta desde las siete de la mañana, respirar con una contención milimétrica para no reventar las varillas del corsé y soportar que cada bocado de mi tostada sea evaluado como si estuviera ejecutando una pieza para la mismísima reina. La mañana en la residencia de los Kensington amaneció con ese tono dorado y suave que suele augurar jornadas insoportablemente perfectas. La luz se filtraba a través de las altas cortinas de encaje del comedor principal, haciendo relucir la vajilla de porcelana china y los cubiertos de plata que la servidumbre pulía con una devoción casi religiosa. En la cabecera de la mesa, mi padre, Julio, sostenía el periódico matutino con la solemnidad de un juez dictando sentencia, aunque yo sabía perfectamente que escondía un folleto de carreras de caballos entre las páginas de las noticias internacionales. A su derecha, mi madre, Daiana, supervisaba el despliegue del desayuno con los ojos entornados, buscando la menor imperfección en la simetría de las mermeladas.
-Loreine, querida
Comenzó mi madre, dejando su taza de té con un tintineo sutil que resonó en todo el salón.
-la modista juró que el encaje de Bruselas para el vestido de esta noche llegó directamente de la capital. Cuando la marquesa de Sterling te vea entrar al salón de baile, estoy segura de que romperá su abanico de la pura envidia. ¡Eres la gracia personificada! Tan pura, tan distinguida... ¡Ah, si el resto de tus hermanos poseyera tan solo una décima parte de tu finura natural!
A mi izquierda, el sonido de una tos ahogada quebró la solemnidad del momento.
Jack, mi hermano mayor —quien a sus veinticuatro años se consideraba un filósofo de la vida simplemente por haber sobrevivido a tres noches seguidas de cartas en el club de caballeros—, bajó su taza de café con una lentitud dramática. Sus ojos marrones brillaban con esa chispa de malicia inocultable que anunciaba la tormenta.
-perdónanos, madre
Dijo Jack, llevándose una mano al pecho en un gesto de devastación teatral.
-olvidaba por completo que el resto de los mortales que habitamos esta mesa fuimos moldeados con barro ordinario, mientras que Loreine fue esculpida directamente en mármol por los ángeles en persona
Olive, que estaba sentada a su lado untando mantequilla en un panecillo con la precisión de un cirujano, no tardó ni un segundo en unirse al ataque. Olive tenía veintidós años, una lengua más afilada que una daga de acero toledano y una devoción absoluta por desmontar mi reputación en cada oportunidad que se le presentara.
-oh, Jack, no seas injusto con nuestra madre. Es evidente que Loreine no camina, ella flota a dos pulgadas del suelo sobre un manto de suspiros y pétalos de rosa. De hecho, me han dicho que cuando estornuda, en lugar de gérmenes, expulsa aroma de lavanda y notas musicales en clave de sol.
-¡Es completamente cierto! Ayer mismo la vi parpadear. ¡Parpadeó dos veces consecutivas! Estuve a punto de llamar al médico del pueblo, temiendo que el esfuerzo de mover los párpados estropeara la simetría perfecta de sus pómulos celestialmente tocados
En el extremo opuesto de la mesa, los dos miembros más jóvenes del clan Kensington, Mía y Sanders, sofocaron una risotada. Sanders, de diez años, estuvo a punto de escupir su leche de almendras, mientras que Mía, de doce, pateó a su hermano por debajo de la mesa para obligarlo a guardar compostura, aunque ella misma temblaba de la risa.
-¡Niños!
Exclamó mi madre, golpeando la mesa con el nudillo, aunque la advertencia iba claramente dirigida a los dos mayores.
-Jack, Olive, les exijo compostura. Su hermana no tiene la culpa de que la naturaleza haya decidido bendecirla con una compostura que ustedes parecen haberse empeñado en desmantelar desde el día en que aprendieron a caminar. Miren cómo sostiene la cuchara. ¡Miren! Ni un solo movimiento brusco. Es arte puro
-es una estatua, madre
Corrigió Olive.
-una bellísima y costosa estatua que amenaza con hacer que las familias más ricas del condado nos dejen sin hijas solteras por pura desesperación
Yo no me inmuté. Mantuve la mirada fija en mi plato, cortando una pequeña rodaja de fresa con una calma exasperante. Conocía este baile tan bien como el vals que tendría que ejecutar esa misma noche. Mis padres me ponían en un pedestal de cristal; mis hermanos disfrutaban tirando piedras para ver si lograban sacarle una grieta. Lo que ninguno de ellos terminaba de comprender era que el cristal de mi pedestal era bastante más duro de lo que parecía. Tragué la fruta con absoluta elegancia, tomé la servilleta de lino, me limpié la comisura de los labios con dos toques quirúrgicos y finalmente alcé la mirada para fijarla en Jack.
-es fascinante que hables de mi respiración y de mis párpados con tanto detalle, Jack
Dije, usando ese tono dulce, pausado y aterciopelado que tanto desesperaba a mi hermano.
-especialmente considerando que anoche, cuando regresaste a las tres de la mañana intentando no hacer ruido, tropezaste con el perchero del recibidor, le pediste disculpas en voz alta al jarrón de la entrada creyendo que era el padre de la señorita Miller y luego intentaste dormirte con una bota puesta y la otra en la mano
El tenedor de Jack se congeló a mitad de camino hacia su boca. Olive ahogó un jadeo, pasando en un segundo de la burla a la traición.
-¿El jarrón de la entrada? ¿Le pediste disculpas al jarrón de la dinastía Ming?
Preguntó Olive, girándose hacia Jack con los ojos abiertos como platos.
-¡Eso es una difamación infundada!
Se defendió Jack, mientras sus mejillas se teñían de un rojo encendido que rivalizaba con las cortinas del salón.