El vals de las sombras

Capítulo 2

​Existe una paradoja insoportable en la vida de cualquier joven declarada «el diamante de la temporada»: cuanto más intentas pasar desapercibida, más parece el universo empeñarse en montar un espectáculo de ópera a tu alrededor. A las once de la mañana, la calle principal de nuestro pintoresco pueblo bullía con la actividad propia de un día previo al gran baile mensual. El aire olía a pan recién horneado, tierra húmeda, flores cortadas y una cantidad insalubre de pretensión aristocrática. Yo solo necesitaba tres cosas simples: un carrete de hilo de seda color marfil para ajustar un dobladillo rebelde, una bolsa de confites de menta para Mía y un par de minutos de paz mental lejos del escrutinio de mi madre y los comentarios ácidos de Jack y Olive. Para lograr semejante proeza, elegí lo que consideré el atuendo más discreto de mi armario: un vestido de paseo sencillo en tono azul pastel, una sencilla cofia de paja con cintas de raso y una cesta de mimbre colgada del brazo. Ni joyas ostentosas, ni plumas, ni acompañamiento de sirvientes con librea. ​Ingenua de mí. Apenas crucé la verja de hierro fundido de nuestra propiedad y puse un pie en la acera de piedra, el mundo a mi alrededor pareció congelarse por un milisegundo dramático. Un barrendero detuvo su escoba a mitad del camino; una anciana suspendió su regadera sobre una maceta de geranios; y el cochero de un elegante carruaje negro frenó a sus dos caballos de un tirón tan seco que los animales relincharon en tono menor. Y entonces, como si un director invisible hubiera dado la señal desde las nubes, comenzó. El señor Higgins, el panadero del pueblo —un hombre bonachón de unos cincuenta años con la cara permanentemente manchada de harina—, salió disparado por la puerta de su establecimiento sosteniendo una bandeja de hojaldres calientes como si llevara las joyas de la corona.

​(Cantado con voz de tenor atronador)

-¡Abran paso, señores, despejen la vía! ¡Que la luz de la mañana por la acera camina! No es un ángel del cielo, ni una diosa de alta cuna, ¡Es la señorita Loreine, deslumbrante como ninguna!

-señor Higgins, por favor, solo voy a la mercería...

Murmuré, apresurando el paso y sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. Pero el panadero no estaba solo. Como si la melodía fuera contagiosa, el florista de la esquina, el joven Barnaby, saltó sobre un huacal de madera y comenzó a desojar margaritas al aire mientras se unía al coro improvisado.

​(Cantado a dúo con el panadero)

-¡Miren qué elegancia! ¡Qué porte tan divino! ¡Bendito sea el polvo que toca en su camino! Las rosas se marchitan de pura timidez, ¡Al ver tanta belleza por segunda o tercera vez!

​Para mi absoluto horror, un grupo de cuatro caballeros de la baja nobleza local —jóvenes que solían merodear por la plaza con monóculos innecesarios y trajes demasiado ajustados— aparecieron de la nada, alineándose en una fila perfecta sobre la acera como si hubieran ensayado el número durante semanas. Se quitaron los sombreros de copa al unísono, haciendo una reverencia tan exagerada que el de la izquierda casi golpea su nariz contra el borde de una farola.

​(Coro de pretendientes, marchando a paso cadencioso)

-oh, Loreine, brillante diamante de seda, ¿Habrá algún mortal que a tu altura se conceda? Sus ojos son luceros, su sonrisa un manantial, ¡Y su andar tiene un ritmo casi, casi celestial!

​-¡Por el amor de Dios, bajen la voz!

Supliqué en un susurro desesperado, apretando la cesta contra mi pecho mientras intentaba esquivar al grupo. ​A mi derecha, un anciano aristócrata que caminaba con bastón se detuvo en seco, se llevó la mano al corazón con dramatismo shakesperiano y comenzó a cantar una estrofa en un soprano tembloroso pero ridículamente alto. A mi izquierda, las damas de la sociedad que salían de la boutique de sombreros se unieron al espectáculo, aunque sus voces contenían esa nota agudísima de envidia apenas disimulada.

​(Las damas del pueblo, abanicándose con furia)

-dicen que es perfecta, sin una sola falla, ¡Hasta el viento se frena cuando por aquí ella se halla! Mírenle la postura, no se dobla ni un milímetro, ¡Parece que midiera su gracia por centímetro!

​La calle principal era ahora un escenario caótico. Un vendedor de manzanas comenzó a hacer malabares con la fruta al ritmo del estribillo; dos perros callejeros empezaron a ladrar en lo que juraría era un compás de tres por cuatro; y los niños que jugaban a la rata ciega cerca de la fuente abandonaron su juego para hacer una fila de honor detrás de mí, imitando mi caminata con exagerada delicadeza. Desesperada por escapar de aquel circo ambulante, decidí cortar camino a través del mercado de hortalizas. Error fatal. Al intentar esquivar al joven Barnaby, que se había arrojado al suelo para ofrecerme un ramo de violetas como si fuera un caballero medieval, me tropecé con el borde de una caja de madera. Perder la compostura no era una opción —mi madre se habría desmayado a tres millas de distancia de solo presentirlo—, de modo que transformé el tropiezo en una pirueta rápida y bastante acrobática. ​El problema fue que, en el proceso, mi cesta golpeó la esquina de la mesa del verdulero. ​Una montaña de naranjas de Sevilla salió despedida por el aire como proyectiles dorados.

​-¡Cuidado!

​Grité. Pero la multitud, lejos de detener la canción, integró el desastre al número musical con una precisión pasmosa. Un pretencioso barón que intentaba atrapar una fruta para mostrase heroico ante mí resbaló con una cáscara y cayó de espaldas dentro de un barril de encurtidos con un SPLASH ensordecedor. Dos comerciantes saltaron para atrapar las naranjas en el aire, coordinando sus movimientos al ritmo de la música como si fueran bailarines de la corte real.

​(El pueblo entero, en un crescendos orquestal majestuoso)

-¡Es la Reina de la Calle, la flor del condado! ¡El hombre que la consiga será bienaventurado! No hay encaje ni seda que le haga competencia, ¡Alabada sea Loreine y su sublime presencia!



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En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

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