El vals de las sombras

Capítulo 3

​Si la preparación para un baile ordinario en la casa Kensington se asemeja a una campaña militar de mediana escala, la víspera del evento más importante de la temporada es, sin rodeos, una guerra civil con encajes y enaguas. A las seis de la tarde, el segundo piso de nuestra residencia era una caldera de gritos, carreras desenfrenadas y el aroma sofocante a agua de rosas mezclado con almidón caliente. Mi doncella, una muchacha paciente llamada Betsy, tiraba de las cintas de mi corsé con una determinación que rayaba en la crueldad médica.

​-un poco más de aire, si no te importa

Logré articular, apoyando las manos contra la madera de mi tocador mientras sentía cómo mis costillas se reconfiguraban en una forma geométrica desconocida para la anatomía humana.

​-lo siento, señorita Loreine

Resopló Betsy, apretando los dientes mientras apoyaba la rodilla contra mi espalda para hacer palanca.

-pero su madre me dio instrucciones estrictas. Me dijo: «si la señorita Loreine puede respirar con total comodidad, es que el corsé está demasiado flojo»

​-mi madre confunde la elegancia con la asfixia progresiva

Protesté, mientras la nota de papel gris ceniza con el sello de cera negra guardada en el cajón de mi tocador parecía quemar la madera desde el interior.

​Antes de que ella pudiera dar el tirón final, un estruendo ensordecedor retumbó en el pasillo principal. Sonó como si una vajilla entera de porcelana hubiera sido arrojada por las escaleras, seguida inmediatamente por el grito desgarrador de un hombre al que le acaban de arruinar la existencia.

​-¡MÍAAAAA! ¡SANDERS! ¡LOS VOY A ENVIAR A UN INTERNADO EN LAS ISLAS ESCOCESAS!

​Me ajusté la bata de seda y salí al pasillo justo a tiempo para presenciar el inicio del apocalipsis familiar. ​En el centro del pasillo, mi hermano Jack permanecía inmóvil, con los brazos extendidos en forma de cruz y una expresión de horror puro. Su flamante frac de terciopelo verde botella lucía ahora una enorme, brillante y pegajosa mancha de mermelada de mora que cubría desde el hombro derecho hasta la solapa izquierda, acompañada por una generosa capa de plumas de gallina adheridas al estropicio. A tres metros de él, Mía y Sanders sostenían un bote de cristal vacío y una almohada rota, luciendo la cara más culpable que dos seres humanos de doce y diez años pudieran ensayar.

​-¡Fue un accidente!

Chilló Mía, dando un paso atrás mientras apretaba la almohada desplumada contra su pecho.

-¡Sanders dijo que si lanzábamos la mermelada con la catapulta de madera desde la ventana del desván, caería limpiamente en el tazón de la merienda!

​-¡Y habría caído si Jack no hubiera salido de su habitación en ese preciso segundo como un fantasma verde!

Se defendió Sanders con vehemencia táctica.

​-¡¿Un fantasma verde?! ¡Es terciopelo francés, pedazo de bárbaros! ¡Lleva tres meses de confección! ¡Pagué por esto con mis ganancias del póquer!

Rugió Jack, con la voz subiendo dos octavas mientras examinaba el desastre de su solapa.

​-¿Ganancias del póquer?

Resonó una voz grave e imperiosa desde el piso inferior. Mi padre, apareció en el descanso de la escalera sosteniendo su reloj de bolsillo. Detrás de él, mi madre, subía los escalones con el abanico desplegado y la cara roja de pura consternación.

​-¡Jack Kensington!

Exclamó mi madre, llevándose la mano al corazón al ver el traje.

-¡Dime que eso no es mermelada en el terciopelo! ¡Dime que es una ilusión óptica!

​-¡No es una ilusión, madre, es una masacre perpetrada por tus hijos menores!

Gritó Jack, abalanzándose sobre los niños. ​Mía y Sanders soltaron un chillido al unísono y salieron disparados por el pasillo. La persecución fue digna de un teatro de variedades. Sanders se deslizó por la barandilla de la escalera mientras Jack tropezaba con la cola de la bata de Olive, quien acababa de salir de su habitación con los rulos todavía puestos y una mascarilla de barro verde en el rostro.

​-¡Ayyy! ¡Mi pie, pedazo de bestia!

Chillo Olive, dándole un golpe a Jack en la cabeza con su abanico de plumas.

​-¡Atrapen a los niños!

Ordenaba mi padre, intentando mantener la dignidad mientras esquivaba una pluma flotante que amenazaba con entrar en su nariz.

-¡Daiana, haz algo!

​-¡Se nos hace tarde!

Dramatizaba mi madre, al borde del desmayo sobre el hombro del mayordomo, quien sostenía una bandeja con sales con la frialdad de un soldado curtido en batalla.

-¡La marquesa de Sterling nunca nos perdonará si llegamos tarde! ¡Loreine, por el amor de Dios, dime que tu vestido está a salvo!

​Me apoyé contra el marco de mi puerta, observando a mi hermano mayor persiguiendo a los pequeños mientras Olive intentaba limpiarse el barro de la cara y mi padre amenazaba con desheredarlos a todos.

​-mi vestido está impecable, madre

Dije con una sonrisa serena, cruzando los brazos.

-aunque sugiero que Jack vaya al baile luciendo la mermelada. Podría decir que es la última moda de París: 'Le Francais a la Mora'. Seguro que la marquesa lo encuentra fascinante

​-¡Te odio, Loreine!

Me gritó Jack desde el piso de abajo, mientras intentaba acorralar a Sanders detrás del jarrón de la entrada.

​-¡Y yo te adoro, hermano querido!

Le devolví con un beso volado. Dos horas, un frasco entero de quitamanchas, tres tazas de té de tilo y una cantidad ingente de gritos después, el carruaje de la familia finalmente se detuvo ante los imponentes portones de la mansión Sterling. ​La propiedad era un espectáculo de riqueza ostentosa. Cientos de faroles de cristal iluminaban el camino de entrada, arrojando destellos dorados sobre la grava pulida donde se alineaban docenas de carruajes de gala. Los sirvientes con librea dorada abrían las puertas con reverencias sincronizadas, mientras el sonido de un conjunto de cuerdas flotaba desde el gran salón hacia la noche fresca. ​Descendí del carruaje ayudada por mi padre. Mi vestido de seda pastel en tono azul suave caía con una elegancia impecable hasta el suelo, y el escote imperio resaltaba la delicadeza de mi cuello. Jack, que había tenido que vestir un frac secundario de color azul marino que le quedaba ligeramente estrecho en los hombros, caminaba a mi lado refunfuñando entre dientes, aunque mantenía la postura erguida que la etiqueta exigía.



#4522 en Novela romántica
#993 en Fantasía

En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.