El vals de las sombras

Capítulo 4

​Bailar tres cuadrillas consecutivas con tres caballeros distintos en el salón de los Sterling era un test de resistencia física y paciencia espiritual. El primero fue el señor Ashford, cuyo concepto de la danza consistía en pisarme los dobladillos con la precisión de un soldado en marcha militar mientras me explicaba, con una vehemencia desgarradora, la digestión de sus sabuesos de caza. El segundo, el vizconde de Billington, intentaba fascinarme recitando versos poéticos de su propia autoría que rimaban «sonrisa de marfil» con «perejil». Y el tercero, un joven barón de mejillas excesivamente rosadas, transpiraba con tal abundancia que el encaje de sus puños amenazaba con gotear directamente sobre mis guantes de cabritilla blanca.

​-y dígame, señorita Loreine

Comentó el barón, secándose la frente con un pañuelo ya saturado mientras la orquesta atacaba los acordes finales de la última pieza.

-¿No encuentra usted que el aire del salón está absolutamente delicioso esta noche?

​-casi tan delicioso como sofocante, señor

Respondí, congelando la sonrisa en mis labios con la soltura de un diplomático veterano.

-si me disculpa, debo reunirme con mi madre cerca de la galería de refrescos

​Aprovechando el tumulto de aplausos y el cambio de parejas en la pista, me escurrí entre los grupos de mamás vigilantes y caballeros entrados en años. Busqué a mi madre con la mirada; afortunadamente, estaba profundamente ocupada acorralando a la duquesa de Somerset para explicarle por qué mi trenza lateral era una manifestación divina de la estética clásica. Jack y Olive, por su parte, se encontraban cerca de la mesa de bocadillos, compitiendo en secreto por ver quién lograba comerse más tartaletas de limón antes de que el mayordomo los descubriera. ​Era mi oportunidad. ​Ajustándome el abanico en la muñeca, deslicé el cuerpo con extrema sutileza detrás de una de las pesadas cortinas de terciopelo borgoña que flanqueaban las puertas francesas del salón secundario. Con un movimiento rápido y silencioso, me deslicé hacia el exterior. El contraste fue instantáneo y salvaje. El aire de la noche cayó sobre mí como una manta de agua helada, limpiando mis pulmones de la sofocante mezcla de perfume de nardos, sudor aristocrático y cera derretida. Dejé escapar un largo suspirante de alivio, cerrando los ojos mientras la brisa despeinaba levemente los pequeños rizos que caían sobre mi nuca. ​Los famosos jardines de la propiedad: un laberinto geométrico de setos altos, estatuas de mármol de estilo greco-romano y rosales importados. Una densa capa de bruma nocturna, baja y plateada, descendía desde los colinas cercanas, arrastrándose sobre el césped y cubriendo los senderos de piedra como un mar de encaje blanco. ​Descendí las escaleras de mármol con pisadas suaves. El crujido de la grava bajo la suela de mis zapatillas de seda era el único sonido que acompañaba el lejano y amortiguado eco de los violines que llegaba desde el interior de la mansión. Me interné en el laberinto de rosales sin dudarlo. Las paredes de vegetación medían más de dos metros de altura, bloqueando la luz de los faroles de la terraza y dejando únicamente el resplandor frío de una luna llena enorme que flotaba en el cielo sin nubes. ​El ambiente era casi irreal. La bruma se volvía más espesa a cada paso, arremolinándose alrededor de mis tobillos como si tuviera vida propia. El aroma a rosas mojadas por el rocío y a tierra húmeda envolvía el lugar, mezclándose sutilmente con una fragancia que reconocí de inmediato: jazmín nocturno y el matiz metálico de la electricidad antes de una tormenta. Giré en una esquina del laberinto, buscando la glorieta de hierro donde solía haber un banco de piedra. Y entonces, chocar contra él no fue solo inevitable; fue repentino. ​Mi hombro tropezó contra una superficie sólida y rígida como el roble. Mi pie resbaló en la grava húmeda y estuve a punto de caer de espaldas sobre el rosal, de no ser por una mano dura, firme y helada que me sujetó de la muñeca con la rapidez de un rayo.

​-cuidado

Dijo una voz. La voz era baja, grave y áspera, resonando en el pecho del hombre con una vibración que pareció hacer vibrar el aire brumoso a nuestro alrededor. ​Recuperé el equilibrio tambaleándome ligeramente. Al alzar la vista, me encontré a escasos centímetros del pecho de terciopelo negro que había estado observando al otro lado del salón de baile. El Conde Dimitri. ​De cerca, su presencia era infinitamente más imponente de lo que la distancia insinuaba. La luz plateada de la luna recortaba los ángulos afilados de su rostro: pómulos altos, una mandíbula marcada que parecía esculpida a golpes de cincel y unos labios finos apretados en una línea de absoluta desaprobación. Su tez, increíblemente pálida, contrastaba con su cabello oscuro, que el viento nocturno desordenaba levemente sobre su frente. Pero lo que me obligó a contener el aliento fueron sus ojos. No eran simplemente oscuros; eran de un tono grisazulado tan profundo que en la penumbra parecían absorver la poca luz que nos rodeaba, cercados por pestañas densas que acentuaban una mirada cargada de un cansancio antiguo y peligroso. Su mano seguía sujetando mi muñeca. A pesar del guante de seda, el contacto resultaba extrañamente frío, casi como tocar el mármol de las estatuas del jardín.

​-me parece, señorita

Dijo Dimitri, soltando mi muñeca de golpe como si la tela de mi vestido le hubiera quemado los dedos.

-que los salones de baile están diseñados para que las damas se mantengan dentro de ellos, en lugar de vagar a ciegas por los jardines en mitad de la noche

​Su tono era helado, distante, cortado con un filo de cortesía formal que no lograba disfrazar su abierta molestia. Dio un paso atrás, cruzando los brazos a la espalda y erguéndose en toda su estatura, estableciendo una distancia física que era casi un muro.​Lejos de amedrentarme o disculparme, sentí que una chispa de curiosidad e indignación contenida prendía en mi pecho. Ajusté la posición de mi abanico, enderecé la espalda hasta alcanzar la postura impecable que mi madre tanto alababa y lo miré directamente a los ojos.



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En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

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