El vals de las sombras

Capítulo 6

Desde la terraza de mármol de nuestra mansión, el agua verdosa parecía una cinta de seda líquida sobre la que se deslizaban los primeros gondoleros con sus largos remos. Cualquier persona sensata habría estado pensando en la fragilidad de la economía veneciana o en el protocolo de la próxima recepción aristocrática. Yo, sin embargo, llevaba cuarenta y cinco minutos sosteniendo la misma cucharilla de plata sobre mi taza de té de jazmín, absolutamente petrificada en el tiempo. En mi mente solo existía el tacto de una mano firme pero cautelosa rodeando la mía, la melodía sorda de un vals inventado bajo la luna y el destello irreal de esas chispas de luz azul cobalto que habían bailado sobre los nudillos de Lord Dimitri.

-está muerta

Sentenció una voz a mi derecha con una gravedad teatral abrumadora. Parpadeé lentamente, solo para encontrarme con la cara de Jack, quien me examinaba con un monóculo de latón que le había quitado a mi padre la nariz arrugada como si fuera un médico frente a un espécimen botánico exótico.

-definitivamente hay un diagnóstico

Coincidió Olive desde el otro lado de la mesa, sirviéndose una porción de focaccia dulce.

-observa la mirada fija en el tazón de azúcar, el labio inferior ligeramente entreabierto y ese suspiro patético que acaba de soltar hace tres segundos. Jack, trátala con cuidado, me temo que hemos perdido a nuestra hermana.

-¡Oh, que los cielos nos amparen! No me digas que el diamante de Venecia ha sido abatido por la plaga más ruin y destructiva que conoce la humanidad

Jack se llevó una mano al pecho, dando un paso atrás con un tambaleo dramático que hizo peligrar las jarras de porcelana sobre la mesa.

-así es, hermano mío... Loreine... se ha... enamorado

-¡Jamás!

Rugió Jack, cayendo de rodillas junto a mi silla y tomando mi mano libre para besarla con devoción exagerada.

-dinos que no es cierto, Loreine. Dinos que ese corazón de piedra no ha sido ablandado por los encantos de algún pálido aristócrata con aires de tragedia novelesca, ¡Dinos que sigues siendo la criatura fría e insensible que todos aprendimos a amar y temer!

Mía y Sanders, instalados en el banco corrido del ventanal con sus tazones de leche, estallaron en risitas descontroladas. Sanders incluso imitó el gesto de Jack llevándose las manos a la cabeza con expresión de agonía. Dejé la cucharilla sobre el plato con un clinc seco y deliberado, para mirarlos a ambos, acomodando los pliegues de mi bata de seda antes de emitir una sola palabra.

-es fascinante cómo ambos logran construir una ópera completa a partir de un simple cansancio matutino

-¡Ha hablado!

Exclamó Olive, señalándome con un tenedor.

-¿Y se puede saber quién es el desafortunado galán que ha causado semejante catástrofe en tu cerebro, querida hermana?

Preguntó Jack, poniéndose en pie y apoyándose sobre mi mesa con una sonrisa maliciosa.

-¿Acaso fue el joven barón que casi se ahoga en su propio sudor durante la segunda cuadrilla? ¿O el poeta que te comparó con un rábano fresco en mitad del salón?

-fue el Conde

Soltó Sanders desde el ventanal, sin levantar la vista de su pan con mermelada. El comedor se quedó en un silencio repentino y absoluto. Olive congeló la mano sobre la tetera. Jack lentamente borró la sonrisa de su rostro, mientras que sus ojos se fijaban en los míos con una mezcla de diversión retenida y una punzada de auténtica sorpresa.

-¿El Conde Dimitri?

Repetió Olive, bajando la voz por primera vez en la mañana.

-cuando todos la buscaban, la vi alejarse con el Conde en los jardines

Continuó Sanders con la inocencia despiadada que solo un hermano de diez años posee.

-¡Sanders! ¡Se suponía que era un secreto para chantajearla después!

Lo reprendió Mía, dándole un codazo en las costillas. Me pasé los dedos por el puente de la nariz, sintiendo cómo el calor, efectivamente, amenazaba con traicionarme otra vez.

-no hay ningún secreto

Declaré con firmeza, mirando a Jack y Olive directamente.

-me crucé con Lord Dimitri en los jardines. Tuvimos una breve, distante y perfectamente educada conversación de protocolo. Nada más

Jack me examinó durante tres segundos interminables. Luego, una sonrisa lenta, amplia y absolutamente despiadada se dibujó en sus labios.

-una 'perfectamente educada conversación de protocolo'

Imitó Jack con una voz aflautada, cruzándose de brazos.

-claro que sí. Y por eso mismo llevas casi una hora removiendo un té que ya está más frío que el agua de la laguna en pleno invierno. Loreine, por favor, sabes mentirle a nuestra madre y a la sociedad, pero a nosotros no puedes engañarnos. Te ha dejado desarmada

-no me ha dejado nada

Rebatí, poniéndome de pie abruptamente.

-y si me disculpan, no pienso pasar la mañana entera escuchando las elucubraciones infantiles de dos personas que no tienen nada mejor que hacer con sus vidas

-¡Va a huir! ¡La gran Loreine Kensington se bate en retirada ante las verdades del amor!

Anunció Olive con entusiasmo melodramático.

-voy a la librería

Espeté, acomodándome el chal sobre los hombros con elegancia ensayada.

-ecesito un tratado de botánica o algo que contenga suficiente lógica como para desintoxicarme de la estupidez que domina esta mesa

-tráeme un libro de cuentos de hadas

Pidió Jack con un guiño sarcástico mientras me dirigía hacia la puerta.

-uno que trate sobre princesas obstinadas que terminan arrastradas por condes oscuros hacia castillos embrujados

Ignoré las risas que resonaron a mis espaldas mientras cruzaba el umbral del salón. Sin embargo, al bajar las escaleras de mármol hacia la salida, tuve que apretar los puños contra la seda de mi vestido para evitar que mis propios dedos delataran el temblor de mi pulso. Salir a las calles de Venecia a media mañana era, por lo general, una experiencia abrumadora. Pero hoy, el bullicio de la ciudad me parecía un ruido de fondo lejano, casi bienvenido. Mi objetivo era una librería pequeña y antigua, escondida en un rincón casi olvidado cerca del Ponte di Rialto, regentada por un viejo erudito que rara vez prestaba atención a quién cruzaba su puerta mientras no le desordenaran los manuscritos. Señalé con la cabeza al librero, que apenas me devolvió el saludo desde detrás de una montaña de mapas náuticos, y me adentré en el pasillo posterior, donde la luz de los canales se filtraba débilmente a través de un ventanal con vidrios emplomados. Deslicé los dedos sobre los lomos de cuero de la sección de filosofía y ciencias naturales, buscando cualquier cosa que me devolviera la cordura. Necesitaba explicaciones. Necesitaba lógica. Las chispas azules y las sombras que había visto en la mano de Dimitri no podían ser reales. Tenía que haber sido una ilusión óptica causada por la luz de la luna, una mala jugada de la niebla o el cansancio acumulado tras una noche de bailes. Hojeé las páginas sin ver realmente las ilustraciones de plantas y raíces. En mi mente, la voz grave de Dimitri volvía a resonar una y otra vez: «No me asusta la noche, me asusta tu luz...» ¿Por qué hablaba como si estuviera condenado? ¿Por qué la gente le temía tanto? Mi madre hablaba de maldiciones y artes oscuras como si fueran cuentos para asustar a los niños, pero la mirada de pánico que vi en sus ojos cuando sus dedos dejaron ir los míos no era la de un hombre villano. Era la mirada de alguien que sabía que era peligroso y prefería morir de soledad antes que causar daño a la persona que tenía enfrente.



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En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

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