Sostener la mirada de un hombre que parece sacado de un poema gótico mientras se abraza un tratado de botánica es una prueba de fuego para los nervios de cualquier dama. El Conde Dimitri dio otro paso hacia mí, en él había una rigidez evidente, una lucha tan encarnizada por parecer un caballero común y corriente. Avanzó con los hombros tensos e intentó relajar los brazos colocándose una mano tras la espalda, pero al hacerlo golpeó torpemente una pila inestable de mapas cartográficos que descansaba sobre una banqueta.
¡CRASH!
Los rollos de pergamino salieron disparados en todas direcciones, rebotando contra el suelo de madera y desplegándose a nuestros pies. El Conde se congeló en el acto. La palidez de su rostro se tiñó de un oscurísimo rubor a la altura de los pómulos. Durante un segundo entero, el temible Conde de Blackwood pareció un muchacho de quince años atrapado robando fruta del huerto vecino.
-el... el suelo estaba inclinado
Articuló con la voz repentinamente dos octavas más alta de lo habitual, antes de carraspear con gravedad para recuperar su tono grave. Tuve que apretar levemente mis labios para no estallar en una carcajada.
-por supuesto
Dije, manteniendo la voz más educada y serena que pude convocar.
-es bien sabido que los mapas antiguos poseen una tendencia natural a la rebelión cuando se ven expuestos a desniveles de medio milímetro
Él apretó los labios, consciente de mi burla disimulada. Decidido a reparar el desastre y demostrar su caballerosidad, se inclinó rápidamente para recoger los pergaminos —otro error estratégico— y al agacharse con excesiva brusquedad, la solapa de su abrigo enganchó el borde de una estantería baja, haciendo temblar una hilera entera. Uno de los libros cayó directamente sobre su cabeza, rebotó en su hombro y terminó dentro del cesto de la basura. El Conde permaneció agachado, inmóvil, con la mano aún extendida hacia un mapa y una expresión de confusión tan pura que perdí por completo la batalla contra mi compostura. Una risita suave, cristalina e incontrolable se me escapó entre los labios. Dimitri alzó la mirada lentamente desde el suelo. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y amenazantes, me observaron con una mezcla de humillación y una vulnerabilidad tan desconcertante que la risa se me atascó en la garganta, transformándose en una sonrisa cálida.
-si su intención era aterrorizarme con su aura oscura, mi Lord
Comenté, dando un paso hacia él y agachándome con elegancia para ayudarlo a recoger los pergaminos.
-me temo que su táctica necesita algunos ajustes
Dimitri soltó un suspiro pesado, una exhalación que pareció arrastrar años de frustración acumulada.
-no suelo... frecuentar establecimientos con tanto mobiliario reduciendo el espacio
Murmuró, recogiendo tres mapas con una torpeza casi adorable.
-las interacciones sociales ordinarias parecen requerir una coordinación motora que no he practicado en los últimos cinco años.
-¿Se refiere a la coordinación de no derribar la historia sobre su cabeza? Es una habilidad sobrevalorada. Conozco a la mitad de los aristócratas de aquí y le aseguro que la mayoría tropieza con sus propios pies sin necesidad de mapas
Dimitri se puso en pie, y yo lo seguí. Al enderezarse por completo, su porte imponente volvió a dominar el estrecho pasillo. Era ridículamente alto para el techo bajo de la librería, y la amplitud de sus hombros hacía que la estancia se sintiera de pronto comprimida. Trató de recuperar la compostura, ajustándose el abrigo y pasándose los dedos por el cabello oscuro —desordenándolo aún más en el proceso—. Adoptó entonces una postura que pretendía ser casual, apoyando una mano en el borde de la estantería. Lamentablemente, apoyó la mano sobre un pequeño letrero de madera que decía «Sección de Poesía Religiosa: No Tocar». El letrero cedió con un crujido seco, y el Conde tuvo que dar un salto atrás para evitar que le cayera encima.
-esta tienda es un peligro público
Sentenció con absoluta firmeza, cruzándose de brazos para evitar volver a tocar absolutamente nada.
-la tienda está impecable
Sonreí, colocando los mapas de nuevo sobre la banqueta.
-es usted quien parece haber decidido entablar un duelo a muerte contra el mobiliario
-no vine aquí a batirme contra las estanterías, señorita Kensington
Dijo, y esta vez su tono recuperó esa vibración profunda, íntima y aterciopelada que hacía que el pulso me diera un vuelco.
-vine porque... sospechaba que encontraría a cierta dama obstinada intentando buscar explicaciones lógicas a lo que no las tiene
La mención a nuestro vals de la noche anterior —y a las chispas de su mano— flotó en el aire entre los dos. La atmósfera de comedia torpe fue de inmediato sustituida por una tensión electrizante que hizo que el espacio entre las estanterías de madera se sintiera sofocante. Traté de mantener la calma, aferrándome al libro de botánica que aún sostenía.
-no buscaba explicaciones. Buscaba... un tratado sobre la flora de las islas exteriores. Aunque debo admitir que hay ciertos fenómenos... peculiares que han captado mi atención recientemente
-peculiares es una palabra demasiado amable
Murmuró Dimitri, dando medio paso hacia mí y guiando su mirada hacia el estante superior a mi espalda.
-si busca tratados sobre flora, el volumen que sostiene es solo el tomo preliminar. El análisis completo de las especies raras de la laguna está allí arriba
Levanté la vista. En el estante más alto, casi pegado a las vigas del techo, descansaba un tomo enorme con lomo de cuero verde y letras doradas desgastadas.
-está demasiado alto
-permítame
Dijo Dimitri. Avanzó un paso más. Pretendía ser un gesto caballeroso y sencillo. Pero, en su afán por no volver a tropezar con nada, calculó mal el espacio del pasillo. Al alzar el brazo, su cuerpo se inclinó hacia adelante. En lugar de mantener una distancia prudente, terminó acorralándome suavemente contra la estantería posterior. Su pecho de paño oscuro quedó a escasas dos pulgadas del mío. Al intentar estirar la mano para tomar el libro, sus dedos rozaron los míos, que aún buscaban el borde del estante. Un chispazo invisible, un calor tibio y vibrante recorrió mi piel. Instintivamente, eché la cabeza hacia atrás para mirarlo. Dimitri se congeló en esa posición. Su mano quedó atrapada sobre la mía en el lomo del libro, y su rostro se situó a tan solo unos centímetros del mío. Podía ver cada detalle de sus facciones con una claridad cegadora: las pequeñas pestañas oscuras que enmarcaban sus ojos, la sombra de la barba de dos días en su mandíbula esculpida, y cómo sus pupilas se dilataban hasta consumir casi por completo el iris grisazulado. Su respiración, cálida y entrecortada, chocó contra mis labios, logrando que tiempo se detuviera en aquel preciso momento. Mi corazón comenzó a martillar contra mis costillas con un ritmo salvaje y descontrolado.