Existen dos verdades incuestionables: la primera es que el parque de los Giardini Reali —junto a la cuenca de San Marco— es el lugar predilecto de la aristocracia para exhibir sus mejores galas matutinas... y la segunda... es que Lord Dimitri, no estaba diseñado genéticamente para pasear animales de compañía. A las cuatro de la tarde, el clima prometía un paseo de absoluta serenidad. A mi lado, Jack caminaba con la ligereza de quien ha sobrevivido a sus deslices de la mañana, mientras Olive saludaba con fingida devoción a tres marquesas que nos observaban desde un banco de piedra.
-míralos, Loreine
Murmuró Olive detrás de su abanico, atenta al desfile de carruajes y paseantes.
-todos esperando que el 'diamante' tropiece para tener de qué hablar en el té de las cinco. Si supieran que esta mañana casi haces volar una librería entera...
-no fui yo quien hizo volar la librería
Rectifiqué en un susurro impecable, manteniendo la cabeza erguida.
-fue una corriente de aire marina. Y el Conde solo intentaba ser... servicial
-¿Servicial? Ese hombre no sabe deletrear la palabra 'servicial'. De hecho, estoy convencido de que si intentara acariciar a un gato, el pobre animal se convertiría en estatua de sal
Jack soltó una carcajada seca. Apenas las palabras salieron de su boca, un rugido grave, estruendoso y profundamente canino resonó desde la arboleda central de los jardines. Era el ladrido de una bestia legendaria. Antes de que alguien pudiera reaccionar, la multitud de la avenida principal se abrió como el Mar Rojo, y un gigantesco lebrel irlandés apareció al galope por el sendero de grava, arrastrando tras de sí una correa de cuero grueso que flameaba como un látigo. Y colgado del otro extremo de la correa, intentando frenar sin éxito con las suelas de sus botas de montar contra la grava del parque, venía el Conde Dimitri.
-¡Abran paso!
Intentó ordenar Dimitri con su voz de mando habitual, pero el tono autoritario perdió toda su eficacia cuando el animal divisó el estanque de los cisnes y decidió acelerar el paso. El espectáculo era majestuoso en su absoluto caos: Dimitri, el hombre más temido de Venecia, el señor de las sombras y el recluso misterioso, vestía una chaqueta de paseo impecable que ahora estaba cubierta de briznas de hierba seca. Su cabello oscuro volaba sin control y sus brazos hacían un esfuerzo sobrehumano por no soltar al animal.
-¡Por todos los cielos! ¡Es un monstruo! ¡Y el perro tampoco está mal!
Exclamó Jack, dando un salto atrás y jalando a Olive de la falda.
-¡Lord Dimitri!
Exclamé, olvidando de golpe todas las normas del protocolo y dando un paso al frente. El sabueso, al escuchar mi voz —o quizás al divisar la forma de mi sombrilla de encaje—, cambió de trayectoria bruscamente. En lugar de dirigirse al estanque, enfiló directamente hacia mí con la alegría desbordante de un cañón fuera de control. El Conde Dimitri abrió los ojos de par en par al reconocerme entre la multitud.
-¡Loreine, no se mueva!
Rugió, clavando los talones en la tierra con tal fuerza que levantó una nube de polvo dorado. El perro llegó hasta mi posición, frenó en seco a escasos centímetros de mi vestido y apoyó sus enormes patas delanteras sobre mis hombros, tirándome la sombrilla al suelo y lamiéndome la barbilla con una devoción desmedida. Dimitri llegó un segundo después, tropezando con las piernas del propio animal y cayendo de rodillas sobre la hierba a mi lado, sosteniendo la correa con ambas manos mientras intentaba apartar al sabueso de mi rostro.
-¡Barnaby, abajo! ¡Abajo, bestia insensata!
Gritaba el Conde, con el rostro encendido de rubor y el aliento entrecortado. El caos alrededor era absoluto. Varias baronesas lanzaban grititos de horror, Olive se cubría la boca para no estallar en carcajadas, Jack nos miraba con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción infinita, y el perro, lejos de obedecer, decidió que mi bata de seda verde era el lugar perfecto para descansar su enorme y húmeda cabeza. Quedamos los dos allí, sobre el césped del parque real, rodeados de flores aplastadas, con un perro gigante entre nosotros y la alta sociedad contemplándonos como si fuéramos una función de circo improvisada. Miré a Dimitri. Tenía un mechón de pelaje canino pegado a la solapa, un hilo de hierba en el hombro y la corbata de seda ligeramente torcida hacia la izquierda. Su expresión era un poema de absoluta derrota social. Dejé escapar una carcajada limpia, alta y sonora que resonó por todo el jardín, rompiendo la tensión del aire. Dimitri me miró, confundido, mientras que yo le rascaba las orejas al animal que acababa de arruinar mi paseo. Y entonces, ocurrió el verdadero milagro. La rigidez de la mandíbula de Dimitri comenzó a ceder. Un pequeño hoyuelo se dibujó en su mejilla derecha, sus labios se curvaron hacia arriba y, por primera vez, el Conde de Blackwood se echó a reír. Fue una risa profunda, cálida, que brotó desde el fondo de su pecho con la fuerza de un torrente liberado. Una risa contagiosa que hizo que sus ojos oscuros se iluminaran con chispas de luz dorada, transformando su rostro huraño en el de un hombre increíblemente atractivo y lleno de vida.
(Y en mitad de aquella risa compartida sobre la hierba, la música del parque volvió a cobrar vida, no como un murmullo de chismes, sino como un vals brillante de comedia y romance)
Loreine: (Cantado entre risas, rascando al sabueso detrás de las orejas) È questo il grande Signore che terrorizza Venezia? Il signore della paura che non accenna mai un sorriso? Un cane gigantesco ha infranto la sua armatura di ghiaccio e ha costretto il grande Conte a inginocchiarsi al suolo!
Dimitri: (Cantado con una voz brillante, limpia y ligera, mirándome con devoción) Ammetto la sconfitta — non ho alcuna difesa — contro questa bestia grigia e la dama più ostinata sotto la luna. Credevo di essere un gentiluomo dai modi raffinati, eppure eccomi qui sul prato, con le mie promesse ridotte a brandelli!