El vals de las sombras

Capítulo 9

Mi madre, Daiana, había decidido organizar una recepción privada de té. O, mejor dicho por mis hermanos y por mí, una subasta de pretendientes en la que yo era el lote principal. Tres jóvenes nobles de las familias más acaudaladas del condado se alineaban en los sofás de seda, sosteniendo sus tazas de porcelana con el dedo meñique rígidamente extendido. A mi derecha se encontraba el conde Paolo de Lucca —un muchacho cuyo único talento conocido era hablar durante horas sin hacer una sola pausa sobre la genealogía de sus falcones de caza—, a la izquierda, el joven barón Matteo —quien llevaba un chaleco de terciopelo amarillo tan ajustado que apenas le permitía inhalar el aire necesario para halagar el bordado de mi abanico— y en el centro, el vizconde Giorgio —un caballero con un peinado tan excesivamente engominado que temía que si se inclinaba demasiado cerca de un candelabro, la estancia entera estallaría en llamas—.

​-y como le decía, señorita Loreine

Monologaba el conde Paolo, inclinándose con una sonrisa que pretendía ser irresistible.

-la pureza de la línea de mis halcones es comparable únicamente con la simetría de las fachadas góticas de este palacio. Mi abuelo solía decir que un buen falcón reconoce a una dama de alcurnia a tres millas de distancia

​-qué... fascinante, conde Paolo

Respondí, congelando la sonrisa en mis labios mientras daba un sorbo a mi té de manzanilla, que ya estaba completamente frío. Mi madre, sentada en un sillón a unos metros, nos observaba con la satisfacción de un general que ve a sus tropas avanzar sin resistencia. Mi padre, fingía leer un catálogo de antigüedades en la esquina, aunque yo sabía que contaba en secreto los minutos que faltaban para escapar a su estudio. Lo que mi madre no había previsto era que la resistencia no vendría de mí, sino de la retaguardia: ocultos tras el biombo de madera tallada que separaba el salón del pasillo de los sirvientes, mis hermanos habían desplegado una operación de sabotaje de proporciones épicas. El primer golpe lo ejecutó Olive. Aprovechando que el vizconde Giorgio tomaba aire para recitar un poema sobre la blancura de mis manos, mi hermana mayor se deslizó sigilosamente detrás del sofá del caballero. Con un movimiento sutil y milimétrico, utilizó una larga vara de latón para empujar suavemente la parte posterior del cojín del vizconde.

-sus manos son como la nieve sobre las cumbres de los Alpes...

Declamaba Giorgio, poniendo los ojos en blanco.

​¡CLAC!

​El resorte oculto del sofá antiguo, convenientemente manipulado por Jack unos minutos antes, cedió. El vizconde Giorgio salió disparado unos centímetros hacia adelante, perdiendo el equilibrio y hundiendo la cara directamente en la bandeja de cannoli rellenos de crema de pistacho que descansaba sobre la mesa baja. Un silencio sepulcral cayó sobre el salón. El vizconde se levantó lentamente, con la nariz cubierta de crema blanca y un trozo de masa crujiente pegado al pómulo izquierdo.

​-¡Oh, por los santos!

Exclamó mi madre, poniéndose en pie de un salto con el abanico desplegado.

-¡Señor vizconde! ¿Se encuentra bien?

​-ha... ha sido una fluctuación en la estructura del mueble

Se justificó Giorgio, intentando limpiarse con un pañuelo de encaje mientras la crema amenazaba con gotear sobre su impecable chaleco. Escuché una tos ahogada que pertenecía inequívocamente a Jack, quien se encontraba al parecer detrás del biombo. Antes de que mi madre pudiera llamar a los sirvientes, le tocó el turno al barón Matteo. El joven del chaleco amarillo decidió ignorar el incidente de la crema y concentrarse en impresionarme con su voz de barítono.

​-señorita Loreine

Comenzó Matteo, tomando su taza de té con elegancia.

-no debemos permitir que estos pequeños percances arruinen una velada tan... ¡Aaaachís!

​Un estornudo atronador sacudió al barón. Y luego otro. Y otro más.

​-¡Aachís! ¡Por todos los santos! ¡Aaaachís!

​Mía y Sanders, ocultos bajo la mesa auxiliar del té, habían estado abanicando suavemente una pequeña bolsa de pimienta negra pulverizada en dirección a los tobillos del barón. La brisa marina que entraba por el balcón había hecho el resto del trabajo. El barón Matteo estornudó con tal violencia que el té de su taza salió despedido en un arco perfecto, impactando de pleno en el peinado engominado del vizconde Giorgio, que aún intentaba limpiarse la crema del rostro.

​-¡Mi cabello!

Chilló el vizconde.

​-¡Mis... aachís... pulmones!

Respondía el barón, sacando un pañuelo tras otro. El conde Paolo, que observaba el espectáculo con absoluto desdén, intentó sacar partido de la situación erguéndose con altivez.

​-es evidente que la juventud de hoy no tolera la etiqueta

Declaró Paolo, mirándome con superioridad.

-señorita Loreine, si me concede el honor de acompañarla al balcón, podremos hablar de mis halcones sin estas interrupciones vulga...

​No llegó a terminar la frase. Jack, disfrazado con la vestimenta de uno de los lacayos de la casa, cruzó junto a él trayendo una bandeja con jarras de agua fresca. Con un movimiento de cadera que habría parecido un tropiezo accidental ante cualquier juez, tropezó con la alfombra persa. Tres litros de agua helada cayeron en cascada directamente sobre las piernas del conde Paolo.

​-¡Madre mía!

Gritó el conde, dando un salto en el aire mientras el agua helada traspasaba sus pantalones de montar. El salón de pronto se convirtió en un manicomio en cuestión de tres minutos. Mi madre corría de un lado a otro ofreciendo toallas y disculpas desbordantes, mi padre intentaba no reírse a carcajadas detrás del periódico, el vizconde Giorgio intentaba quitarse la crema del pelo con té caliente, el barón Matteo no podía parar de estornudar, y el conde Paolo tiritaba como un marinero náufrago. Me llevé la mano a la boca para ocultar la enorme sonrisa que amenazaba con traicionarme. Al mirar hacia la puerta de la galería, vi a Jack, Olive, Mía y Sanders asomados en fila por detrás del marco de madera. Jack me guiñó un ojo con complicidad, Olive celebró con un gesto silencioso de victoria y los pequeños se chocaron las manos con sigilo. A pesar de sus burlas constantes, mis hermanos acababan de salvarme de una tarde de aburrimiento mortal.



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En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

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