El vals de las sombras

Capítulo 10

El sol de la tarde en Venecia solía teñir las fachadas de los palacios con un tono dorado suave y sereno, pero esa tarde el aire pesaba con una densidad sofocante. La pequeña rama de jazmín que había deslizado en el bolsillo de mi vestido seguía exhalando su perfume embriagador, recordándome a cada segundo que el Conde de Blackwood creía poder enviarme flores de contrabando mientras se ocultaba en la sombra de los canales. Pero Dimitri había calculado mal. No conocía la terquedad del «diamante de la sociedad» al que intentaba torear. Tras averiguar con discreción entre los gondoleros del muelle privado qué floristería exclusiva importaba orquídeas azules y jazmín silvestre de los invernaderos exteriores, no tardé ni una hora en dirigirme hacia el pequeño puente de piedra que cruzaba el Rio di San Polo. Me cubrí con un manto de seda azul oscuro con capucha para eludir las miradas curiosas del mercado y esperé con la paciencia de un cazador. No tuve que aguardar mucho. La puerta de madera tallada de la floristería imperial se abrió con un tintineo sutil de campanas. De su interior emergió una figura alta, sobria y de hombros anchos, cubierta con una capa de paño negro que contrastaba salvajemente con el colorido escaparate de tulipanes y rosas. El Conde avanzó dos pasos por el pequeño muelle de piedra, ajustándose las solapas del cuello como si quisiera desvanecerse entre las paredes góticas del callejón.

-para ser un hombre que desprecia la atención pública, tiene usted una afición muy costosa por las orquídeas anónimas, Lord Dimitri

Dije, dando un paso al frente desde la sombra del arco de piedra y bloqueándole el paso con una calma helada. Dimitri se congeló en el acto. Por un milisegundo, la sorpresa desnuda se dibujó en sus facciones. Sus ojos oscuros se dilataron, fijos en mi rostro descubierto. Se llevó la mano al pecho instintivamente, como si el impacto de encontrarme allí le hubiera robado el aliento por completo.

-señorita Kensington...

Articuló con una voz rasposa, intentando recuperar la distancia y la máscara de frialdad en cuestión de segundos.

-no debería estar aquí. Un callejón sin escolta no es lugar para una dama de su posición

-y un centro de mesa de cristal cobalto sin tarjeta no es la forma en que un caballero educado envía sus respetos

Repliqué, dando un paso firme hacia él sobre la piedra húmeda.

-deje de fingir, Dimitri. Deje de pretender que nuestras reuniones son «coincidencias» de la suerte, que los mapas caen por azar en las librerías o que envía arreglos florales exóticos por simple generosidad botánica

El Conde apretó la mandíbula con tanta fuerza que el pulso le latía visiblemente en la sien. Dio un paso atrás, pegando la espalda contra la pared de ladrillo de la floristería, acorralado no por las sombras, sino por la aplastante verdad de mis palabras.

-fue un error

Murmuró, mirando hacia el canal con un ahogamiento en la voz que delataba un conflicto desgarrador.

-el arreglo... no debió llegar a su palacio. Fue un impulso estúpido. Un desliz que no volverá a repetirse, lo siento mucho

-¿Un desliz?

Sonreí con amargura, acortando la distancia entre los dos hasta quedar a menos de un metro de su cuerpo.

-bailó conmigo bajo la luna en los rosedales, hizo volar una librería entera para sostener mi mano, se echó a reír en el césped del parque como un muchacho libre... y ahora pretende convencerme de que todo ha sido un espejismo de mi imaginación

-¡Porque no tiene futuro, Loreine!

Estalló Dimitri, y su voz resonó en el callejón con un ecos grave y doloroso.

-¿No lo entiende? Deseo con cada fibra de mi ser estar cerca de usted. Deseo escuchar su risa, mirarla a los ojos y olvidar por un segundo el infierno que llevo a cuestas. Pero en cuanto me acerco... el peligro la ronda. Las sombras la buscan. Si no la alejo de mí ahora mismo, terminaré destruyendo la única luz que ha iluminado mi existencia en años

La confesión cayó entre los dos con el peso de una sentencia divina. El deseo ardiente de tenerme cerca luchaba salvajemente contra el terror ciego de causarme daño, atrapándolo en una jaula de culpabilidad y tortura interna. Y fue en ese preciso instante cuando el cielo sobre Venecia decidió quebrarse. No hubo transición. El cielo, que hasta hacía unos segundos lucía un tono azul despejado con destellos dorados de atardecer, se volvió gris y violento en un abrir y cerrar de ojos. Nubes densas y casi negras se arremolinaron sobre la cuenca del Gran Canal a una velocidad antinatural, tapando el sol como si una mano invisible hubiera apagado una vela.

¡BOOOOOOM!

Un trueno atronador, seco y ensordecedor retumbó en el firmamento, haciendo vibrar los cristales de la floristería y las piedras bajo nuestras botas. Un viento helado azotó el callejón, levantando nuestras capas y haciendo que el agua del canal se picara en pequeñas olas furiosas. Un peatón que cruzaba el puente lejano echó a correr asustado mirando al cielo.

-¡Pero qué demonios...!

Murmuró el hombre, buscando refugio. Yo no miré al cielo. No aparte los ojos de Dimitri ni un solo segundo. Y lo que vi me dejó sin aliento. El conflicto emocional del Conde, la tormenta de frustración, amor y terror que devoraba su pecho, estaba desatando la naturaleza misma. Las pupilas de Lord Dimitri brillaban con un fuego azul cobalto intenso y salvaje. Cada vez que su mirada se clavaba en las nubes o en el agua, un relámpago de luz blanca y azul cruzaba el cielo iluminando los tejados de la ciudad. Los truenos eran el eco de sus latidos. Los relámpagos respondían en tiempo real al pestañeo y al dolor de su mirada. El aire en el callejón se volvió cargado de electricidad estática. Los pequeños rizos de mi cabello comenzaron a elevarse levemente por la energía flotante, y las pequeñas flores del escaparate parecieron marchitarse y abrirse en un pulso rítmico.



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En el texto hay: fantasia, comedia, romance

Editado: 15.10.2026

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